ANTE EL FUTURO DE LA VIDA RELIGIOSA

Estas reflexiones no pretenden hacer predicciones, ni siquiera pronósticos. Nacen, sí, de unos presentimientos, pero más todavía de la conciencia de una tarea. El futuro es en buena medida, y en casi todos los campos, impredecible, sobre todo a largo plazo. No nos toca tanto saber lo que será mañana, sino vivir nuestro hoy de manera esperanzada y transformadora. Para la inmensa mayoría de nosotros, no son, ciertamente, tiempos de grandes proyectos de creación de futuro, sino más bien, de aceptación lúcida y confiada de nuestra disminución y empobrecimiento. Pero “aceptación lúcida y confiada” no significa resignación, y menos aún obstinación conservadora. “Aceptación lúcida y confiada” significa creer que Dios está haciendo algo nuevo con nuestra pobreza, incluso con nuestra pérdida. Y significa gozarse en ello. Y significa esperar y promover aquel futuro que el Espíritu está queriendo abrir al presente de nuestra Vida Religiosa, aunque ello conlleve muchos despojos.

“El futuro que el Espíritu está queriendo abrir”. Pero ¿no acabo de decir que justamente no podemos predecir el futuro? No lo podemos predecir, pero sí lo podemos presentir, vislumbrar, a corto y medio plazo. Sobre todo, podemos desearlo e impulsarlo. O, al contrario, entorpecerlo y quizá impedirlo. El futuro lo vamos haciendo y a la vez lo recibimos como dado. No depende nunca sólo de nosotros, pero tampoco llegará a ser nunca sin nosotros. O vivimos anticipando el futuro presentido y deseado, o vivimos empeñados en que el futuro sea repetición del presente y del pasado. La fidelidad al Espíritu requiere clarividencia e imaginación, esperanza y compromiso. Clarividencia para percibir los signos del Espíritu, imaginación para interpretarlos, esperanza para acogerlos, compromiso para empujarlos.

Pues bien, hay signos claros de que nos hallamos inmersos en un proceso irreversible de profundos cambios de la religión y de la Vida Religiosa a corto plazo y medio plazo (los plazos largos son mucho más indeterminados). Y mis reflexiones se apoyan en esos signos de cambio, pero no se centran en ellos, sino en las actitudes vitales a las que esos signos de futuro nos invitan. Unas actitudes mentales y cordiales adecuadas para vivir con hondura y sentido nuestro presente tan incierto, tan abierto. Y unas actitudes adecuadas para promover un futuro que merezca la pena. Señalo cinco actitudes fundamentales:

1. Aprender a vivir en la intemperie y en la perplejidad

Hay quienes afirman que, en nuestra sociedad postindustrial, dominada por la información, está transformándose el modelo de cristianismo que ha sido predominante durante 2.000 años; o que está transformándose incluso el modelo de religión que ha prevalecido en los últimos 6.000 u 8.000 años, cuando el paso a la cultura agraria y urbana dio lugar a una determinada institucionalización de la religión que ha perdurado básicamente hasta nuestros días (con los correctivos que trajo consigo la industrialización)[1]. Quizá sea exagerado. No debemos creernos el quicio de la historia de la Iglesia y de la Vida Religiosa, pero seguramente es verdad que estamos protagonizando – sin saberlo – un gran cambio cultural, que inevitablemente traerá consigo grandes transformaciones de la religiosidad en general y, en particular, verdaderas metamorfosis de lo que llamamos “Vida Religiosa”. En todo caso, parece claro que vivimos en una época de transición. Hay un modelo que ya no está vigente, pero todavía no tenemos a disposición el modelo que buscamos. Son tiempos en que “todo es posible y nada es cierto”[2].

En una cultura caracterizada por la modernidad desarrollada, la economía postindustrial, el pluralismo radical, la complejidad creciente, la movilidad acelerada, la globalización progresiva…, los creyentes vivimos cada vez más a la intemperie: no son tiempos irreligiosos, pero sí de radical crisis de todas las instituciones religiosas. Y esto nos descoloca. La Iglesia actual vive descolocada en la cultura, y muchos creyentes viven un poco descolados en la propia Iglesia.

Los “religiosos” y “religiosas” vivimos en unas circunstancias de especial intemperie: la identidad (diferencial) que se nos ha propuesto tradicionalmente desde la teología y el Derecho Canónico está en crisis, y vivir sin saber “definirse” con respecto a los demás puede resultar incómodo. Desde el Vaticano II, la teología de la Vida Religiosa se ha estado preguntando sobre lo específico y peculiar de la Vida Religiosa, y lo ha ido identificando de diversas maneras[3]. Tras años de tanteo, todos los intentos han naufragado y hoy ya nadie sabe decir en qué consiste lo “específico” de la Vida Religiosa: no puede definirse como “estado de perfección”, ni como “signo más profético”, ni como “profecía más escatológica”, ni como “seguimiento más radical”, ni como vida “más liminal” o fronteriza… Hemos perdido – y con razón – todos los privilegios teológicos que nos sustentaban. Ya no podemos determinar nuestra identidad por lo que nos distingue.

Esta situación nos hace sentirnos perplejos. Pues bien, nuestro destino en estos tiempos frágiles de transición y de incertidumbre es aprender a vivir la espiritualidad del éxodo y la intemperie. “Nuestra actitud de base es la de padecer la incertidumbre, perseverar en la inseguridad”[4]. Es sano que aprendamos a soportar la perplejidad, sin ponernos a la defensiva y sin incurrir en la resignación y la amargura. Es sano aprender a vivir en la intemperie, la incertidumbre, sin escepticismo ni desesperación. Es sano estar dispuesto a desaprender muchas cosas, a dejar caer lo que no tiene futuro, a no aferrarnos al pasado. Es sano vivir abiertos y dispuestos al futuro de Dios en el mundo, en la Iglesia, en la Vida Religiosa. Es sano, sobre todo, reaprender la sencillez de la confianza simple, la esperanza desnuda.

2. Acoger lo nuevo, promover lo nuevo

La historia de la Vida Religiosa está marcada por el signo de la novedad, de la inquietud renovadora: el movimiento eremítico fue una innovación en una cristiandad conformada al Imperio romano-cristiano; el movimiento monástico fue una innovación en el occidente cristiano a finales de la Edad Antigua y comienzos de la Edad Media; las órdenes mendicantes, con su movilidad por el mundo al estilo del movimiento carismático e itinerante de Jesús, fueron una innovación a fines de la Edad Media; innumerables congregaciones masculinas y especialmente femeninas fundadas en los siglos XVIII y XIX y dedicadas a obras sociales fueron una innovación radical de la Vida Religiosa tradicional; y los institutos seculares en los siglos XIX y XX ahondaron esa brecha abierta, si bien no lograron romper los moldes de la Vida Religiosa convencional, sino que el Derecho Canónico, simplemente, les dispuso un lugar aparte.

Se puede pensar que el marco teológico y canónico sobre el que se ha sustentado durante siglos la Vida Religiosa se irá quebrando, fragmentando, relativizando, en la línea anunciada ya por los institutos seculares. La figura todavía dominante de Vida Religiosa corresponde a un modelo medieval: su teología (basada en los tres votos) es medieval, su legitimación jurídico-canónica es medieval, la eclesiología que la sustenta es medieval. Pienso que todo eso está llamado a cambiar profundamente. No podemos decir qué dirá en el futuro la teología sobre la Vida Religiosa, cómo la situará el Derecho Canónico, qué lugar ocupará en la Iglesia, pero sí podemos prever unos cambios de fondo que ya están en curso. Y es preciso estar abiertos a novedades drásticas. “Mirad, voy a hacer algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis?” (Is 43,19).

Es verdad que en la Vida Religiosa siempre han existido, como hoy, grandes diferencias (¿qué tienen en común unos cartujos que viven en un monasterio y unos religiosos que viven en un colegio o en una clínica, unas carmelitas descalzas y unas religiosas que viven en un piso de barrio y trabajan con los marginados?). No obstante, durante siglos ha habido un marco que ha englobado a todas esas formas: en una Iglesia tripartita formada por clérigos, laicos y religiosos, todos los religiosos han formado como una especie de cuerpo o de estado común (considerado por lo demás como “estado de mayor perfección”, concepción todavía presente en el Concilio Vaticano II). Creo que en la Iglesia de mañana no se hablará de clérigos, laicos y religiosos. Los carismas y los ministerios son múltiples y flexibles, y el Derecho Canónico deberá adaptarse a la flexibilidad y a la complejidad creciente de la realidad. En esa línea parecen apuntar desde su origen los institutos seculares, y estimo que en un futuro a medio plazo se desarrollará esa línea en un grado insospechado. Creo que el marco teológico y canónico englobante de la Vida Religiosa como un bloque se irá fracturando, de acuerdo con las diversas formas de vivir la vida en común, la misión y los votos. Por otra parte, los votos no tienen por qué ser justamente tres (ni necesariamente los tres, ni solamente los tres), ni tienen por qué ser para toda la vida… Los votos no habrán de ser moldes rígidos, sino formas de libertad y de proximidad. Y presumiblemente el voto del celibato será el que sufra mayores transformaciones. Todas las estructuras deberán ser más móviles, más provisionales, más plurales. Y la formación habrá de preparar para esa movilidad, para la promoción de la vida en su espontaneidad y hondura, en lugar de fomentar un cierto estancamiento de los espíritus y de las formas.

Pero acoger lo nuevo significa mucho más que esperarlo con mayor o menor resignación. Acoger lo nuevo requiere promoverlo. Prestarse a la labor de renovación del Espíritu en nuestro tiempo. Estamos llamados a ser “creativos, no sólo reproductivos”[5]. La Vida Religiosa siempre ha sido imaginativa e inventora, y eso es lo que también hoy está llamada a ser, aunque la imaginación conlleve muchas pérdidas. Joan Chittister – auténtica best-seller entre religiosas y religiosos – expresa con ardor y fuerza esta necesidad de renovar, no sólo unas formas, sino unos fondos, el fuego en las cenizas: “Lo que la vida religiosa necesita claramente en este momento de abatimiento no es resignación ante la muerte, sino vida y vitalidad. Necesita un nuevo objetivo. Necesita fe para emprender nuevos caminos con entusiasmo renovado y sin temor. A fin de cuentas, ¿qué se puede perder cuando ya se ha perdido todo? En el preciso momento en que el mundo espera, e incluso requiere su declive, la vida religiosa debe negarse a ser algo distinto de ella misma. La vida religiosa, más que prudencia, conformidad o ese conservadurismo que pretende preservar las cosas del pasado en lugar de su sabiduría, requiere audacia (…). Pertenecer a una antigua institución no es excusa para no tener ideas jóvenes y no hacer cosas nuevas. Al contrario, es precisamente la edad de la institución la que lo exige”[6].

¿Pero nos quedan fuerzas para crear?

3. La falta de vocaciones: ¿drama o signo?

Estamos viviendo una reducción drástica de las vocaciones. Es un hecho y, según todos los indicios, seguirá siéndolo a corto y medio plazo. Un hecho doloroso: tendremos que cerrar muchas de nuestras casas, tendremos que dejar muchas de nuestras obras, quizá veremos desaparecer congregaciones u órdenes. Y ahí se nos irá muriendo algo muy nuestro. La falta de vocaciones trae consigo irremediablemente la muerte de una parte de lo que hemos sido y somos. Y morir puede resultar doloroso. Pero no lo hagamos más doloroso de lo que es por querer retener la vida, como si la vida se pudiese retener. No suframos demasiado porque falten vocaciones.

Creo que es preciso desdramatizar radicalmente esta escasez o esta ausencia de nuevas vocaciones: el reino de Dios, el sueño de Dios de un mundo más feliz, no depende de que nuestras casas, obras y congregaciones persistan. Pero es necesario ir aun más allá, y atrevernos a mirar la escasez misma de vocaciones como signo del reino. ¿No será una voz del Espíritu, una señal del Espíritu creador, el Espíritu de Pentecostés lleno de imaginación y de novedad?

El futuro del Espíritu es vida, y la vida es una novedad permanente. La vida se sobrepone a la muerte cuando sabemos aceptar la muerte de todo lo que no es vivo, vital, vivificador. Es preciso aprender a morir para aprender a vivir: no querer aferrarse a la vida que se va, no querer retener el tiempo, no anclarse en nuestro propio pasado. El futuro es la novedad de Dios, la imaginación del Espíritu.

Nos hemos flagelado y nos seguimos flagelando demasiado por la falta de vocaciones. Llevamos años en un ejercicio bastante desencaminado y patológico de búsqueda de responsables de esta situación. A menudo cargamos las culpas sobre nosotros mismos: “No tenemos vocaciones porque los agentes no trabajan bien, o porque no tenemos liberados suficientes, o porque carecemos de una buena estrategia pastoral, o porque no vivimos nuestra vocación con fidelidad, o porque vivimos demasiado cómodamente…” Otras veces apuntamos los tiros hacia fuera: “No tenemos vocaciones porque la cultura actual es hedonista, o porque a los jóvenes les falta generosidad, o porque no quieren comprometerse para siempre, o porque viven una fe superficial, o porque no han descubierto la dimensión de seguimiento de Jesús…” Es hora de dejar de lado este tipo de ejercicios y de diagnósticos llenos de frustración, de amargura y de cierto sadomasoquismo.

En casi todos nuestros documentos congregacionales se marca como prioridad la Pastoral Vocacional. Dudo mucho de que el planteamiento sea correcto. Ninguno de nuestros fundadores hizo Pastoral Vocacional, y este hecho debiera hacernos pensar muy en serio. ¿Por qué gastar tantas energías en Pastoral Vocacional? ¿Por qué no dedicar nuestras fuerzas a ser más felices, a fomentar la vida, a promover el bien, a crear bienestar, a aliviar el dolor, a curar lo enfermo aunque estemos heridos? Es decir, ¿por qué no dedicarnos sobre todo a vivir? Si tienen que venir vocaciones, vendrán. Y si no vienen, ¿no será en buena parte que no han de venir? Suena brutal y provocador, y seguramente habría que matizar, pero lo digo así porque tengo la sensación de que muchas de nuestras preocupaciones por la falta de vocaciones no son ni evangélicamente ni humanamente ni institucionalmente sanas, y no responden al futuro que se anuncia y que debemos promover. Desde mi visión de lo que el Espíritu está diciéndonos hoy y está queriendo construir en el mundo de hoy, más inquietante que la escasez de vocaciones en nuestro entorno cultural me resulta la proliferación de vocaciones en ciertos conventos y congregaciones: ¿muchas de esas vocaciones no vienen del pasado y para el pasado de la Iglesia y de la Vida Religiosa? Y muy a menudo, ¿no se les forma para un pasado obsoleto o para un presente sin futuro? Con frecuencia, ¿no se les enmascara la realidad cultural y eclesial de hoy y de mañana? ¿Se les prepara para el choque con la realidad que la mayoría de esas vocaciones deberán sufrir más pronto que tarde?

Creo que nos encaminamos – y debemos encaminarnos – hacia una Iglesia sin estamentos y sin esquemas jurídicos y teológicos rígidos; una Iglesia no constituida por clérigos y laicos y religiosos; una Iglesia en la que la institución, la teología y la espiritualidad no estén regidas sólo por varones célibes; una Iglesia muy flexible y plural; una Iglesia sin fronteras hacia dentro y hacia fuera; una Iglesia que destierre la distinción entre lo sagrado y lo profano, lo religioso y lo secular; una Iglesia que ayude a descubrir a Dios en el corazón del mundo y a mirar el mundo en el corazón de Dios; una Iglesia amigada profundamente y críticamente con la cultura actual; una Iglesia muy hermana y compañera de las mujeres y de los hombres de hoy; una Iglesia mucho más reconciliada con el cuerpo y el sexo; una Iglesia con menos teología ascética y más teología de la vida.

En una Iglesia así, la Vida Religiosa se transformará radicalmente, o tal vez habrá muchas “vidas religiosas” sin un marco jurídico específico y común. La denominación de “vida consagrada” – contrapuesta a una vida supuestamente profana, “no sagrada” – ya está en franco declive. Lo lógico es que corra la misma suerte el nombre de “Vida Religiosa”, que sugiere que se trata de una “vida especialmente religiosa” o que se opone a una “vida secular” o más mundana…

¿Por qué no habríamos de considerar la falta de vocaciones como un signo y una gracia, aunque sea una gracia costosa para nuestro instinto de supervivencia? ¿Por qué no leer en la escasez de vocaciones los indicios de un futuro nuevo? ¿Por qué no mirarla como una llamada a esperar y a promover una nueva manera de ser Iglesia, una nueva manera de ser sacramento del reino en nuestro tiempo?

4. Lo que importa es vivir

Lo que importa, por fin, es vivir. Vivir el presente mirando al futuro y mirar al futuro viviendo el presente. No importa si tenemos vocaciones o no, sino si vivimos con hondura, con sentido, con gozo (y para ello no se requiere en absoluto que nuestras instituciones tengan futuro). Importa si contribuimos a que la gente, alguna gente en torno a nosotros, sea más feliz, más humana. Importa si somos un pequeño, aunque sea un pequeñísimo, eslabón en la gran red mundial de fraternidad y sororidad.

E importa si haciendo todo ello somos felices. Lo primero que nos pide Dios es que gustemos la vida, que seamos felices, que vivamos en paz. Y no es preciso que seamos intachables, sino que nos sepamos amados en nuestra finitud y pobreza. Me parece de suma importancia. No sé si no estamos moralizando otra vez demasiado nuestra vida, de tanto insistir en lo que hacemos mal, lo que no hacemos, lo que deberíamos hacer. No hemos de aspirar a una fidelidad ardua y voluntarista, sino a la fidelidad de la confianza, a la actitud de pobreza confiada, sanamente despreocupada de sí.

Lo que importa es vivir con hondura. Pero vivir con hondura no es intensificar la acción hacia fuera, ni multiplicar la reflexión hacia dentro. ¿No se percibe un cierto estrés en nuestras instituciones? Proyectos, programas, cursillos, exhortaciones, circulares, reuniones y reuniones, papeles y papeles… Inflación de las formas mirándonos al ombligo. Por supuesto, no es buena la desidia, el desánimo, la desesperanza, y de todo eso hay mucho. Y es preciso reanimar, reavivar la brasa o la llama: el espíritu, la oración, la generosidad. Pero me pregunto si no padecemos un exceso de exhortación, apremio, urgencia… Para la inmensa mayoría de nuestras hermanas y hermanos, que sobrepasan ya los 65 e incluso los 70 años, ¿no es más importante infundir ánimo, transmitir confianza, ayudarles a reconciliarse con los tiempos y con su propio tiempo, o con su edad anciana o con su muerte próxima?

No importa que disminuyamos, no importa que no sintamos muchos arrestos. La vida que envejece no es vida mermada, sino vida madura. Y la vida que muere tampoco es vida que desaparece, sino vida que se transforma; no es vida que se niega, sino vida que se ofrece y que, como toda vida que se ofrece, es fecunda.

Seremos pocos, y seremos mayores, y no es realista el hacer grandes proyectos de renovación. Muchos llamamientos a “reavivar el fuego” resultan tal vez demasiado apremiantes, hasta agobiantes. Lo realista es aceptar nuestra pobreza, y también contar con nuestra pérdida. Pero realismo no significa desaliento. En nuestra situación de precariedad, es posible vivir con dignidad, en simplicidad, en gozo También es posible morir en confianza, y ésa es quizá la máxima fecundidad evangélica. Si vivimos en ese realismo confiado, podemos, aun siendo pocos y mayores y sin hacer nada especial, constituir “pequeñas células de búsqueda y esperanza vivas”[7]. Y ése será nuestro máximo servicio al mundo de hoy y al reino de Dios. Y ésa sería la mejor forma de reavivar “el fuego de estas cenizas”.

Estas reflexiones provocarán en muchos una cuestión enojosa: si la Vida Religiosa tiene un futuro tan incierto y precario, a los que hoy nos encontramos dentro ¿nos merece la pena seguir? No sería bueno ahogar el interrogante, sobre todo si nace de las entrañas. Y no sería bueno asustarnos por ella, o adoptar ante ella una actitud demasiado defensiva. Se requiere una buena dosis de honradez y sencillez, ante todo para consigo mismo. Ante el interrogante señalado, caben opciones muy diversas: muchos seguirán donde están porque, en medio de todas sus ambigüedades y oscuridades, tienen la sensación profunda de que lo que viven merece la pena y no les preocupa tanto dónde y cómo seguir viviéndolo, y optan por seguir donde están en paz y en solidaridad con las hermanas y hermanos que les han acompañado hasta aquí, y sabiendo que el quedarse no es en sí ni mejor ni peor que el irse; algunos se sentirán inclinados a “dejarlo” o a “irse” (muchos ya lo han hecho), o porque no encuentran motivaciones positivas para seguir dentro o porque prefieren vivir fuera la vocación que realmente viven; muchos quizá seguirán dentro por falta de decisión o de arrojo para dejarlo (y también esta opción puede ser digna, a condición de que sea adoptada con lucidez y confianza). Lo esencial no es la opción adoptada, sino la motivación y el grado de autenticidad espiritual con el que se la adopta. Y “autenticidad” no quiere decir de ninguna forma falta de ambigüedades e incoherencias, sino ser consciente de ellas y asumirlas con la mayor sencillez y confianza en Dios que a uno le resulta posible.

5. En la pasión de Dios

Al final Dios. Y al comienzo Dios. Más propiamente: la pasión de Dios[8]. Y la pasión de Dios significa dos cosas: la pasión con la que Dios nos ama apasionadamente y la pasión con la que amamos a Dios. Esa doble y única pasión de Dios ha estado siempre en la raíz y el origen de todos los movimientos que luego se han englobado bajo la denominación genérica de Vida Religiosa: el movimiento eremítico, el movimiento monástico, el movimiento de las órdenes mendicantes, el movimiento de innumerables congregaciones de vida activa, el movimiento de los institutos seculares. Siempre la pasión de Dios en la fuente y el fondo. También mañana, la pasión de Dios estará necesariamente en la raíz vital de todos aquellos que quieran seguir a Jesús y vivir el evangelio, es decir en la raíz de todos los cristianos. Y, evidentemente, también en la raíz de aquellos cristianos que se sientan llamados a vivir su seguimiento de mil maneras especiales, con el nombre de “religiosos” o sin ese nombre o con muchos nombres diversos.

Vivimos en unos tiempos en que la fe en Dios está perdiendo perfiles, mejor, está perdiendo pasión, apasionamiento. “Religión sí, Dios no”, es la consigna repetida. El misterio vivo de Dios se está difuminando. Pero no partamos demasiado rápidamente en cruzada contra el movimiento religioso que se está extendiendo e imponiendo en nuestros días. Tomémonos un tiempo amplio y sereno para mirar de cerca y comprender que una gran metamorfosis religiosa está en curso, y que la misma imagen de Dios está implicada en esa metamorfosis. La purificación, el ahondamiento de la fe en Dios requiere que no nos encerremos en ninguna imagen de Dios, por arraigada que esté, por indiscutible que nos parezca. Con todo, la pérdida de la pasión por Dios sería una pérdida fatal. Nuestra vida quedaría vacía de sustancia, carente de cimiento.

Por supuesto, la pasión de Dios es inseparable de la pasión del mundo: la pasión que el mundo padece y el amor apasionado y solidario al mundo sufriente. La pasión del mundo y la pasión de Dios son insperables, porque la pasión del mundo es la pasión de Dios. La pasión por Dios, para serlo, debe conllevar la pasión por el mundo de hoy: Por el Dios del mundo en el mundo de Dios, según el logrado título del libro de A. Torres Queiruga sobre la esencia de la vida religiosa[9]. “La vida espiritual no es otra cosa sino una gran sensibilidad por la presencia de Dios en nosotros y en toda la creación, pero también el compromiso a ayudarla a que se abra camino en contra de algún espíritu perverso y en contra de todos los falsos ídolos”[10].

Sin embargo, no digo que la “pasión por el Dios del mundo” haya de ser la aportación específica de los “religiosos” al mundo de hoy y de mañana[11]. Pienso que, a estas alturas, hemos de renunciar a todo discurso sobre la específico de la Vida Religiosa. La pasión por el Dios que padece con el mundo y la pasión por el mundo sufriente amado por Dios es el doble y único amor, la doble y única pasión que – vivida sea en monasterios, conventos o pisos; sea en comunidad, en familia o solos; sea en partidos y sindicatos, ONGs o movimientos sociales… – constituye lo propio de todo cristiano que quiera seguir a Jesús, es decir, ser profeta del Reino desde la cordialidad de Dios.

Vivir en la pasión de Dios por el mundo y compartir la pasión del mundo en la esperanza de su liberación; acoger la ternura de Dios por cada una de sus criaturas y sentir como propio el dolor, el grito y el anhelo de todas las criaturas: ése es nuestro futuro, pero ése ha de ser también nuestro presente con todas sus pérdidas y perplejidades, en unos tiempos apasionantes y arduos, repletos de grandes mudanzas y de grandes incertidumbres, pero también de estimulantes asomos.

(Lumen 50 [2001], p. 201-213]

  1. Cf. M. Corbí, Religión sin religión, PPC, Madrid 1996. También J. Martín Velasco, Metamorfosis de lo sagrado, Sal Terrae, Santander 1999 y otras obras de este autor, así como de J.M. Mardones.
  2. H. Schalück, “Todo es posible, nada es cierto”, en Selecciones de Franciscanismo 84 (1999), pp. 369-384.
  3. Cf. F. Martínez Díez, Refundar la vida religiosa. Vida carismática y misión profética, Madrid 1994, pp. 48-53.
  4. J.M. Lecea, Nueve llamadas y una más a la Vida Religiosa europea, Cuadernos Confer 21, 2000, p. 49, citando a un provincial franciscano de Hungría.
  5. H. Schalück, l.c., p. 370.
  6. El fuego en estas cenizas. Espiritualidad dela vida religiosa hoy, Sal Terrae, Santander 1998, p. 87.
  7. H. Schalück, l.c., p. 376.
  8. Cf. J.B. Metz, Pasión de Dios. La existencia de órdenes religiosas hoy, Herder, Barcelona 1992.
  9. Sal Terrae, Santander 2000.
  10. H. Schalück, l.c., p. 372.
  11. En contra de lo que parece afirmar A. Torres Queiruga, o.c., pp. 33-41.


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