Creencias y doctrinas

Quiero volver a la Notificación publicada por los obispos españoles, señalando al teólogo Andrés Torres Queiruga como sospechoso de herejía. No tengo duda de que lo han hecho con la mejor voluntad, de acuerdo a su fe. Y han de ser respetados.

Pero el respeto debido es precisamente el que exige criticarlos. Y hacerlo justamente en nombre de la comunión eclesial al que ellos apelan. Quiero apuntar tres reflexiones que me parecen cruciales.

Primero: ¿Quién ha dado a los obispos legitimidad para erigirse en dueños de la fe y para identificarla con lo que ellos entienden por tal? Ciertamente, no Jesús. Jesús nunca pensó en “sucesores” de Pedros o de apóstoles. Por supuesto, la Iglesia, como comunidad humana que es, necesita algún órgano de dirección, pero el órgano de dirección no tiene más autoridad ni legitimidad que la que la comunidad le confiere. Mientras los obispos no sean elegidos por las comunidades –así fue en el principio–, no pueden ser auténticos portavoces de la fe de la Iglesia.

Segundo: Pero vayamos más allá de ese defecto eclesial de raíz, por decisivo que sea, y preguntémonos: ¿en qué consiste esa fe de la que ellos se sienten, indebidamente, únicos guardianes? Es “su” fe, que ellos identifican, también indebidamente, con la doctrina. No defienden la fe, sino la doctrina. Ahora bien, la “doctrina” es una simple creencia convertida en supuesta verdad. Ninguna creencia ni doctrina es una “revelación divina”, como si Dios fuera un ser celeste oculto que a veces revela ideas o se revela a sí mismo desde fuera. Dios es la Ternura y la Belleza, la Relación y la Bondad que fundan cuanto es. Es el Fondo y la Hondura de toda la realidad. Es el Ser, la Realidad, el Espíritu de cuanto es. Es el Misterio y la Presencia oculta y manifiesta en todos los seres. Llámale como quieras. Y no te precipites en decir: “Esto es bueno, esto es malo; esto es bello, esto es feo; esto es Dios, esto no es Dios”. Seamos humildes y cautos, respetemos el misterio. Pero cuando entre sombras vislumbramos destellos de belleza y de bondad que nos hacen más felices y mejores, entonces podemos decir: “Dios se revela”. Los cristianos miramos la bondad, la compasión, la humanidad feliz y liberadora de Jesús y decimos: “Eso es Dios”. Y todas las creencias y doctrinas de la tradición cristiana no quisieron decir más que eso, y a eso se han de orientar también hoy. La doctrina es buena si provoca aquella bondad libre y liberadora que una vez hizo decir: “Aquí está Dios”.

Tercero: ¿Qué tiene que ver la fe cristiana con las creencias y doctrinas de la tradición cristiana? No las identifiques. La fe no consiste en creer unos dogmas. La fe es esa confianza vital, esa seguridad libre y solidaria que llevó a Jesús a vivir como vivió. No lo olvidemos: Jesús no creyó en ningún dogma cristiano. Jesús tuvo, sí, unas creencias, que no tienen por qué ser las nuestras. Las creencias han de ser necesariamente razonables, y la “razonabilidad” de unos y de otros puede ser diferente. Las creencias y las doctrinas han de cambiar de acuerdo al “marco de credibilidad” de cada época. Y no importa lo que pienses y creas, sino que tus creencias y doctrinas te lleven a ser bueno y feliz, feliz y bueno. Así creyó Jesús.

Las creencias y las doctrinas son simples muletas, y a veces pasa Jesús por el camino y nos dice como al paralítico del evangelio: “Deja tu camilla, deja las creencias o reformula las doctrinas que ya no necesitas o que te impiden caminar. Levántate, respira y camina. El Espíritu respira y camina contigo”.

(Publicado el 17 de abril de 2012)



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