EL ESPIRITU COMO COMPAÑÏA DE DIOS

1. “Dulce huésped del alma”

La Pascua no significó para los discípulos el cumplimiento de lo esperado. Significó más bien un anticipo, una garantía. Nos lo dice particularmente el autor de los Hechos de los Apóstoles: tras la Pascua, los discípulos siguen preguntando: “¿Vas a restablecer ahora el reino de Israel?” (Hech 1,6). Palabras pascuales que siguen siendo interrogante, que denotan no sólo una expectativa, sino también una vacilación. Pentecostés les permitirá ir construyendo la historia cristiana en la confesión y la esperanza, en la confesión de la Pascua y la esperanza de la Parusía.

Nuestra situación es la de los discípulos cuando Jesús se va: huérfanos de Dios, huérfanos de Reino. Nos duele el silencio y la pasividad de Dios cuando tantos gritos reclaman su voz, su intervención. Nos duele la ausencia del Reino, tan proclamado y prometido. Pero esta ausencia padecida ¿no lleva ya en sí la huella de una presencia velada? Este silencio doloroso ¿no es el eco de una voz entrañable? La ida de Jesús, ¿no es la ida de quien entrega la vida, de quien muere porque ama?

Sí, y ésa es precisamente la razón por la que su muerte fue paso, Pascua hacia el Padre. Jesús murió no sólo porque le quitaron la vida, sino porque la dio; dio su vida por el Reino anunciado, y dio su vida en la confianza del Abbá. Murió olvidado de sí, acordándose sólo del Reino y del Padre. La fe pascual proclama que el Padre se acordó de Jesús y lo resucitó, de manera que el Crucificado Resucitado se ha convertido en Primogénito, en primicia del Reino. La memoria fiel de Dios ha identificado a Jesús Crucificado y Resucitado con el Reino. “Si Jesús, fascinado por el Padre, se olvida de sí mismo, Dios ‘recuerda’ al Jesús histórico, y el resultado de este recuerdo divino es la resurrección y la parusía: Dios mismo identifica con Jesús de Nazaret, el Crucificado” (E. Schillebeeckx).

De manera que Juan tiene razón al identificar Cruz y Gloria, Muerte y Pascua, ida y retorno de Jesús. Tiene razón al poner aquellas palabras en boca de Jesús en vísperas del gran silencio y de la gran ausencia: “No os dejaré huérfanos; volveré a estar con vosotros” (Jn 14,18); tiene razón al hacer decir a Jesús en la víspera de su muerte: “Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré” (Jn 16,7). Jesús crucificado vuelve en forma de Espíritu Santo, en forma de amor de Hijo entregado hasta el fin, entregado en la confianza sin fin del Padre.

Dios sigue acompañando la historia precisamente a través de esta ruptura de la muerte, precisamente a través de la soledad y la ausencia que crea. La misma soledad y ausencia son indicios -por negativos y dolorosos que sean estos indicios- de una compañía, una intimidad, una proximidad indeleble. “Ya no somos ni tú ni yo, sino una tercera persona que es ‘nosotros’”, dice Robert Kinkaid a Francesca en la novela Los puentes de Madison County. ¿Qué otra cosa es el Espíritu Santo sino el “nosotros” de Dios, a cuya compañía definitiva somos incorporados? El Espíritu Santo es el “nosotros” restablecido en Dios cuando el Amor entregado por Dios al mundo se hace en Jesús Amor que se entrega al Padre. El Espíritu Santo es la eterna compañía de Dios que nos es ofrecida y en la que somos eternamente y universalmente acogidos: todo ser humano, toda criatura, toda la Creación.

En toda soledad y abandono, podemos clamar con la confianza más sencilla: “Ven, dulce huésped del alma”. En nuestra vida muy poco pascual, en la Creación que gime con dolores de parto, la verdad última es, a pesar de todo, esa íntima compañía de Dios como Espíritu que acompaña nuestra soledad y gime con nosotros. “Vive en vosotros y está en vosotros” (Jn 14,17).

2. “Don en tus dones espléndido”

Si tuviésemos que ganarnos esa compañía, y si la tuviésemos que sostener, de ninguna manera sería “dulce”: estaríamos condenados al empeño desesperado por conseguirlo y al miedo desesperado de perderlo. Ahora bien, el Espíritu Santo es la compañía gratuita de Dios, es la gratuidad de Dios, es Dios mismo en cuanto gratuidad y don. El Espíritu es el “entregado” por antonomasia” desde que Jesús “entregó el Espíritu” (Jn 19,30); es “el amor derramado en nuestros corazones” (Rm 5,5,) en forma de sangre y agua (cf. 1 Jn 5,7-8), de cruz y de bautismo.

Del Espíritu se habla en lenguaje de súplica y de don gratuito: “Yo rogaré al Padre, para que os envíe otro Paráclito, para que esté siempre con vosotros” (Jn 14,16). “Si conocieras el don de Dios” (Jn 4,10). El dador es Dios y Dios mismo es el don. El don que no se compra, ni se merece, ni se recibe en trueque. La Cruz, la Pascua, la Ascensión, Pentecostés constituyen un único misterio: que Dios es Espíritu, que la gratuidad es la última verdad de Dios.

Dios ni siquiera exige que sus dones sean reconocidos, ni siquiera exige ser reconocido como don (ésta es una necesidad nuestra, no una exigencia de Dios). Dios es Espíritu, es decir, comunión y comunicación; comunión que no desdeña el “profanarse” y derramarse en el mundo, hacerse universal y anónimo (la religión es una necesidad para nosotros, no para Dios). Las religiones (empezando por la nuestra) se conciben y se organizan a menudo como si lo propio de Dios fuese recibir y tomar, exigir e incluso arrancar lo que le es debido, cuando lo propio de Dios es derramarse en puro desinterés.Dios en cuanto Espíritu, en cuanto “don espléndido”, es también nuestra última realidad, nuestro origen y nuestra esperanza: somos en cuanto destinatarios y sujetos de un regalo. De manera que el secreto de la existencia no es el esfuerzo voluntarista, sino la disposición a recibir gratuitamente y a dar gratuitamente. Esta misma sensación dolorosa de la ausencia de Dios (en la “duda de fe” y, más radicalmente aún, en un mundo inhumano) es una huella de la gratuidad de Dios y una llamada apremiante a inscribir en el mundo la huella de la gracia que es Dios.

Así podemos invocar y esperar el Espíritu como “dulce huésped”. ¿No nos dice ya la experiencia humana, la más digna de ser llamada humana, que “el merecimiento sólo está en los ojos de quien ama”? (A. Gala). El Espíritu Santo, don de Dios y acogida creyente, es la forma y la realidad plena de esta experiencia humana.

3. “Riega, sana, lava, doma, guía”

La compañía es lo único que puede transformar a la persona humana: no la imposición externa, no el poder avasallador, no el mandato rígido. “Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro”. No transforma el dogma, ni la moral, ni el culto, ni la institución, sino el Espíritu Santo, que es inseparablemente donación divina y experiencia humana de acogida. Esta es la razón por la que toda pastoral, toda evangelización, toda presencia en el mundo, en suma, la vida entera del creyente en la historia solidaria y única de la humanidad entre la Pascua y la Parusía ha de tener la forma de “Espíritu Santo”, ha de tener forma de compañía, cercanía, acogida.

El Espíritu Santo denuncia silenciosamente, desenmascara discretamente nuestros empeños por apresar y retener a Dios en la Ley y la fuerza: la engañosa necesidad de tenerlo todo bajo control y de sentirnos en orden, la ansiedad y la amargura de la perfección, la búsqueda y la complacencia en nuestros éxitos, el secreto gusto del poder, la falsa seguridad de sistemas e instituciones, los anhelos inconfesados o falsamente sublimados de conquista… Rigidez, herida, mancha, rebeldía, hielo, extravío: nombres e imágenes de nuestro pecado radical, tanto más radical cuanto que adopta a menudo formas y legitimaciones religiosas. Un pecado que nos desborda y excede. “Cuando él venga, pondrá de manifiesto el error del mundo” (Jn 16,8), el error que consiste en cerrarse a la lógica del don y que adquiere especial actualidad y gravedad en los que nos decimos creyentes.

Pero el Espíritu es “manifestación del pecado salvado” (Juan Pablo II), es desenmascaramiento del pecado en cuanto perdonado y transformado en raíz. “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). El Espíritu riega, sana, lava, infunde calor, doma, guía. El Espíritu es así esa mano discreta de Dios presente en la historia, que ha ido “acostumbrándose a habitar en el género humano y a alojarse en los hombres y a habitar en el barro plasmado por Dios, obrando en ellos la obra del Padre y renovándolos de o viejo para la novedad de Cristo” (San Ireneo). El Espíritu es el testimonio permanente de que la gracia es en el ser humano y en la creación entera más original que el pecado, de que tiene más futuro el perdón y la gratuidad que el interés y la venganza.

El Espíritu es la credibilidad de Dios, porque sólo es creíble el poder de un Dios “débil” y la grandeza de un Dios “menor”. Sólo es creíble un Dios que es Amor, cuya misma ausencia no es sino la forma del Amor que se entrega y se “pierde”. El Espíritu es esa pedagogía de Dios que nos conduce a reconocer lo inútil de nuestros empeños religiosos, lo vano de nuestros programas de evangelización, y que así va afianzándonos en la fe del Amor que nos acompaña universalmente.

El Espíritu es, en suma, la compañía que Dios ofrece a la historia entera como puro don y gratuidad. El nos impide desesperar del ser humano, de toda criatura, de toda la historia. El nos impide inhibirnos de nuestra tarea, nuestra vocación: en este tiempo entre la Pascua y la Parusía hacer visible y palpable la presencia de Dios; ser sacramentos del Dios Espíritu, siendo compañía cercana, callada, indiscriminada, ser portadores de una “esperanza vicaria para todas las criaturas afligidas” (J. Moltmann), ser testimonio de que la gracia de ser hijos y hermanos es mayor que la “tristeza de ser hombres”.

(Frontera – Hegian 10 [1995], p. 67-73)



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