EL FUTURO DE JESÚS Y EL FUTURO DE NUESTRO MUNDO

Reflexiones sobre la esperanza

Quiero presentar unas reflexiones sobre la esperanza a partir de la memoria de Jesús. En efecto, “la vida sólo se puede entender mirando al pasado, pero sólo se puede vivir mirando al futuro” (S. Kierkegaard). Pero hoy nos preguntamos con más escepticismo que en otras épocas: ¿hay realmente un pasado en el que podamos reconocernos? ¿Hay un futuro hacia el que merezca caminar?

No soplan vientos favorables para el optimismo. Nuestros ojos apenas perciben en el pasado razones para esperar un futuro mejor. Parece imponerse una difusa sensación de incertidumbre y de miedo, un miedo que no llega a ser apocalíptico, pero sí encoge el ánimo y las energías.

Miramos al pasado, y vemos una larga sucesión de guerras de vencedores y vencidos. Miramos el futuro y observamos oscuras señales premonitorias, y amenazas muy reales de desastre en marcha: choque de civilizaciones, conflagración económica generalizada, colapso ecológico, círculos infernales de terrorismo y antiterrorismo…

Hace unos siglos eran más optimistas, y hace sólo 40 años éramos más confiados. Baste señalar dos testimonios. F. Fukuyama, el ideólogo neoconservador que había predicado la llegada mesiánica del fin de la historia con el triunfo definitivo del modelo neoliberal, se ha retractado en cierta medida y confiesa ahora que la evolución del neoconservadurismo le resulta “inasumible” eso sí, por los medios adoptados, no por los principios y objetivos perseguidos, a la vez que reconoce abiertamente el fracaso de la política internacional norteamericana y propone que los EEUU desmilitaricen su lucha contra el terrorismo[1]. Esta decepción es preferible a su triunfalismo de hace pocos años, pero sigue sin apostar por un futuro ético. Otro ejemplo bien distinto: A. Pérez Reverte, observador y narrador lúcido de guerras en directo hasta hace unos años, se debate ahora entre la resignación y el cinismo, y parece inclinarse a la vieja tesis de que la guerra es el sumo principio que rige a la humanidad y a todos los seres vivos, dando por sentado que en alguna guerra todos habremos de sucumbir alguna vez[2].

Nunca hemos sabido tanto, nunca hemos tenido tanto, nunca hemos podido tanto. Y, sin embargo, tal vez nunca hemos estado tan desorientados. Las razones para el desaliento se multiplican.

¿Y qué hacemos nosotros, cristianos desconcertados del siglo XXI? No somos mejores que nadie. Compartimos todas las dudas, todos los temores, todos los desalientos. Compartimos toda la desorientación, todas las preguntas. Reconocemos todas las incoherencias, y nuestra íntima fragilidad. Pero no queremos sucumbir al desaliento, no queremos sofocar la promesa de la vida, no queremos reprimir la llamada de la vida, no queremos descuidar el cuidado de la vida. No queremos desistir. Y por ello, a pesar de nosotros mismos, o mejor, por nosotros mismos y por el bien de nuestra humanidad y de todos los seres, miramos a Jesús. Queremos mirar a su pasado, y a la promesa de futuro que su vida trazó, al futuro que su vida anticipó, al futuro de Dios que esperó para él y para nosotros.

Voy a señalar algunas dimensiones y aspectos fundamentales de nuestra esperanza a la luz de Jesús.

1. El futuro que Jesús anunció

Jesús vivió una época de sudor y lágrimas. La identidad étnica, cultural y religiosa de Israel se estaba fracturando de día en día. La tierra de los padres se hallaba sometida al imperio de Roma, impío y extranjero. A la muerte de Herodes el Grande, por los años en que nació Jesús, hubo un movimiento bastante generalizado de levantamientos contra Roma, ahogados en sangre uno tras otro. Galilea estaba regida por Herodes Antipas, rey vasallo de Roma. Hinchado de pretensiones, subió los impuestos hasta límites insoportables. Muchos pequeños labradores se verían obligados a vender sus parcelas. La propiedad de la tierra se iba concentrando en unas pocas manos de terratenientes ávidos: romanos, herodianos y grandes sacerdotes. La economía tradicional basada en la solidaridad familiar estaba siendo sustituida por la economía de la producción y del beneficio. La miseria aumentaba de manera drástica, agudizada por la superpoblación. Los caminos se llenaban de enfermos y de mendigos.

Y Dios, el Dios de los padres, el Dios liberador del Éxodo y de los profetas, parecía distante y callado como una esfinge. Dios parecía haber olvidado a su pueblo o desertado de él.

Pero entonces, inesperadamente, apareció Jesús anunciando una buena noticia sorprendente: “Dios va a intervenir en vuestro favor. Dios está con vosotros. Dios está con vosotros, los pobres, los enfermos, los despreciados. Y sabed que Dios es el rey, no el emperador Augusto, ni Herodes Antipas. Alegraos todos los pobres, porque el reinado de Dios está muy cerca, tan cerca como la primavera cuando las yemas de la higuera se empiezan a hinchar”. Y percibió una fuerza curativa brotándole de las manos y de los labios. El Espíritu de Dios le decía muy adentro que era el tiempo del fin o, mejor, el comienzo del tiempo pleno. Y aunque seguramente utilizó el lenguaje apocalíptico común de su época, no anunció propiamente el fin del mundo, sino su renovación definitiva. Enseñó que la ley religiosa está hecha para la vida, y no la vida para la ley; que a Dios le importa la misericordia, no la pureza ni el cumplimiento; que Dios mora en sus criaturas, tanto o más que en los templos; que Dios es Abbá, padre-madre querida que hace vivir y cuida la vida. Y se rodeó de hombres y de mujeres de mala fama, hasta hacerse llamar amigo de “publicanos y pecadores”, de ladrones y prostitutas. Y disfrutaba comiendo y bebiendo alegremente, lo mismo en casa de piadosos fariseos que de recaudadores despreciados, y anticipaba la alegría de Dios en un mundo nuevo. Y contaba maravillosas parábolas: la de la semilla y la de la levadura, la de un pobre llamado Lázaro y la de un samaritano misericordioso, la de un patrono que pagaba según su propia generosidad y según la necesidad de los trabajadores, no según el rendimiento de éstos; contaba la alegría de una madre al encontrar su moneda y la alegría de un padre que corre al encuentro de su hijo perdido y se le echa al cuello y organiza una fiesta sin pedir explicaciones.

Jesús anunciaba un mundo nuevo. Y no lo hacía con discursos doctos acerca de la esperanza y de sus razones. Practicaba la esperanza. Suscitaba esperanza allí donde pasaba. No era necesario que diese complicadas explicaciones sobre el más allá y el cómo y el cuándo del reino de Dios. Mientras comía, curaba y contaba, la vida y el mundo ya se estaban renovando: ya era el reino de Dios. Y mientras recorría los campos, las aldeas y las casas, fue extendiéndose una alegre ola de esperanza y de consuelo.

Y no es que Jesús fuese un iluso. No era un optimismo fácil el que le inspiraba. Conocía bien la debilidad, la mezquindad, la herida profunda del corazón humano. Conocía bien la historia de esperanzas y desengaños de su pueblo. Sabía de sobra que los justos nunca triunfan, que el poder opresor parece regir el curso de los pueblos. Contaba con que la mayor parte de la semilla se pierde y la cizaña amenaza el fruto de aquella pequeña parte que logra crecer. Y empezó pronto a padecer en propia carne la crisis de la esperanza. Su alegre mensaje de liberación suscitaba una creciente oposición en muchos círculos judíos. La “primavera galilea”, si la hubo, duró muy poquitos meses. No tardó en tener que meditar sobre la suerte adversa de los profetas. La muerte de Juan Bautista era reciente, y constituía una advertencia sombría. La sombra del fracaso y de la muerte violenta era cada vez más próxima.

Pero Jesús no se echó atrás. Asumió el fracaso en la esperanza. Abrió paso a la esperanza a través del propio fracaso. Subió a Jerusalén, donde esperaba que Dios iba a intervenir.

Pero Dios no acababa de intervenir. La eventualidad de la muerte violenta se volvió inminente. Y empezó a comprender su destino a la luz de los mártires pasados de Israel, y a la luz del último mártir, su maestro Juan el Bautista. Pero una fe más fuerte que la muerte le aseguraba muy adentro de que Dios no abandona jamás a nadie, y de que está siempre sobre todo con el perseguido y el mártir, de que Dios había estado con Juan el Bautista y de que estaría con él en el peor momento.

Animado por esta fe celebró una cena de despedida con su grupo más cercano de discípulas y discípulos. Y les dijo: “Mi fin es próximo, pero no será el final. El fin será la gran ocasión del comienzo. Será el comienzo del reinado liberador de Dios. Yo estoy dispuesto a entregar mi vida como este pan que os entrego para que así suceda. Así sucederá, amigos. No temáis. Volveremos a comer y a beber vino alegremente en el banquete del reino de Dios”.

2. En la cruz, ¿siguió Jesús esperando?

Ya sabemos lo que pasó: la historia esperanzada y esperanzadora de Jesús también la suya, sobre todo la suya quedó bruscamente interrumpida de manera cruel y prematura. El Sanedrín judío le denunció. El gobernador romano Pilato le condenó, le torturó y le crucificó. La ley implacable de la historia se cumplía una vez más.

Y no podemos menos de preguntarnos: ¿Qué fue de la esperanza de Jesús en esa hora, en la hora angustiosa de Getsemaní, en la hora terrible de la cruz? ¿Sintió tal vez que había fracasado definitivamente, que su esperanza había sido un trágico error, que Dios le había abandonado? ¿Existía Dios? No son preguntas de mera curiosidad histórica. Son preguntas que brotan de la herida abierta en nuestra esperanza en busca de asidero. ¿Pudo derrumbarse al final la esperanza de Jesús? Esta pregunta no es impía. Es la realidad la que tantas veces resulta demasiado atroz. La vida y la muerte desesperadas de tantas mujeres y hombres antes y después de Jesús, la violencia y la opresión de cientos de millones, el océano de dolor de la creación y de las criaturas: ésa es la realidad insondable que miramos de frente en la cruz de Jesús.

No tenemos por qué eliminar de la cruz su lado más sombrío y doloroso: la angustia, la duda, el sentimiento de abandono de Dios, e incluso la desesperación. Los evangelios de Mateo y Marcos no se prohibieron a sí mismos poner en labios de Jesús aquellas palabras aparentemente blasfemas: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34; Mt 27,46). Esas palabras, hayan sido o no pronunciadas por Jesús, pueden ser leídas como expresión de la radical desesperación humana y, más al fondo, de la radical solidaridad de Dios con todos los desesperados.

¿Dejaría Jesús de ser el guía de nuestra fe, el ancla de nuestra esperanza, en el caso de que hubiese sufrido el abandono de Dios y el derrumbamiento de su esperanza? Al contrario. En el aparente abandono de Jesús por Dios miramos los cristianos la compañía doliente de Dios hasta el fin. En el grito de Jesús reconocemos todos los gritos y gemidos de todas las criaturas. E incluso en la desesperación de Jesús podríamos confesar la forma más radical de la solidaridad y de la cercanía de Dios con todos los desesperados. Creemos en Jesús porque él ha compartido hasta el fin el destino de muchos fracasados, asesinados y desesperados. Creemos en Jesús porque él ha apurado hasta las heces el cáliz de la cruz. En su cruz confesamos la absoluta solidaridad de Dios con todas nuestras heridas.

3. La Pascua: un futuro nuevo en la muerte de Jesús

Como muchos judíos, Jesús creía que Dios resucitaba o exaltaba a los mártires perseguidos incluso antes de la resurrección esperada para los últimos tiempos. Así lo creía y esperaba también para sí. Preveía su muerte con temor, pero también con la esperanza de ser exaltado/resucitado por Dios. Tal vez contaba con que el reino de Dios, la liberación de Israel y de todos los oprimidos, irrumpiera con ocasión de su muerte.

Pero el reino de Dios no irrumpió. ¿Qué fue entonces de la esperanza de los discípulos? El duelo, la conmoción y la decepción debieron de ser enormes. “Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel. Y sin embargo, ya hace tres días que ocurrió esto” (Lc 24,21). A pesar de todo, su fe no sucumbió del todo, o no sucumbió definitivamente.

En efecto, muchas cuestiones son discutidas y discutibles en torno a la Pascua. Pero lo indiscutiblemente cierto es que un tiempo después de su muerte atroz, un grupo de discípulos y discípulas empezaron a proclamar que Jesús vivía, que Dios lo había resucitado o exaltado o glorificado, diversas imágenes que expresan el mismo acontecimiento. Empezaron a proclamar que Dios lo había constituido Hijo de Dios o Mesías liberador, o que lo había nombrado Hijo del hombre, misteriosa figura terrestre o celeste que habría de establecer la justicia universal y definitiva en la tierra. Es más, anunciaron que Jesús resucitado/exaltado era el primer nacido de una nueva humanidad, la primicia de un mundo nuevo. Jesús no estaba solo en su resurrección. La vida solidaria de Jesús le había conducido a la muerte en cruz, pero la cruz se abría como Pascua solidaria de la vida en el misterio de comunión universal que es Dios.

¿Por qué sucedió esta transformación de la Cruz en Pascua? ¿Qué es lo que les llevó a reunirse una vez dispersados o a no dispersarse nunca del todo? Ciertamente, como muchos judíos y como el mismo Jesús, también ellos compartían la fe en que Dios no abandonaba a nadie en la tumba, pues era Dios de vivos y no de muertos (Mc 12,27); creían que, inmediatamente después de la muerte, la persona pasa a vivir en la plenitud de Dios, como lo había sugerido Jesús en la parábola de Lázaro y del rico (Lc 16,19-31), o como lo había esperado para sí y para el otro crucificado con él (Lc 22,43); y esperaban una resurrección quasi-física y general de todos los muertos en el llamado “fin del mundo”. Es más: como muchos judíos y como el mismo Jesús, también ellos compartían la esperanza en que Dios resucitaba o exaltaba a los mártires antes del “fin del mundo”. Y, precisamente, aplicaron a Jesús esta última creencia: la resurrección/exaltación del mártir.

Pero ¿por qué lo hicieron? ¿Qué fue lo que les llevó a esta fe pascual? No fue un sepulcro vacío, ni unas apariciones físicas del resucitado. No fueron unas intervenciones prodigiosas de Dios en el curso de la historia lo que provocó la confesión pascual. ¿Qué fue entonces? Fue, fundamentalmente, la convicción de que Jesús era mártir del reino de Dios, el mártir por excelencia. El mensaje y las acciones de Jesús habían suscitado en ellos una honda vivencia de la presencia del reino de Dios en Jesús, les habían movido a reconocer en él a Dios reinando ya como dicha y liberación de sus criaturas. Mientras recorrían con él los caminos de Galilea, se habían sentido tocados, atraídos, transformados. Lo habían reconocido como el profeta enviado de los últimos tiempos. En sus palabras de esperanza y de misericordia habían percibido la palabra definitiva de gracia que Dios estaba pronunciando sobre su pueblo. En sus curaciones y en su comensalía abierta habían palpado gozosamente el inicio del reinado liberador de Dios sobre Israel y sobre todos los pueblos. Y habían adherido a él.

Pues bien, por la acción del Espíritu de Dios, esa vivencia perduró o revivió después de la muerte en cruz. Ésa es como insiste Müller la “clave explicativa del nacimiento de la fe pascual”[3]. Es decir, la fe en Jesús, que era fe en el Dios de la compasión y de la vida, fue más fuerte que los poderes que lo crucificaron. Reconocieron que la vida de Jesús, la esperanza anunciada por Jesús, la bondad y la solidaridad de Dios encarnadas en su vida eran más fuertes que el poder, la injusticia y la cruz. En la cruz no se acababa todo. Con la cruz no acababa la vida joven y esperanzada, la palabra liberadora, la acción sanadora, la profecía esperanzadora de Jesús. No acababa ahí su camino y el nuestro. La cruz no era el fin. La cruz no será el fin.

La cruz no fue el fin para el amor afligido y clarividente de María de Magdala, ni para el corazón frágil y sincero de Pedro. Ni para los discípulos de Emaús y Juan y Tomás y Pablo y tantos y tantas entonces y luego hasta hoy. Todos ellos, como todos nosotros, conocieron la decepción, la duda, la franca desesperanza. Pero un aliento misteroso les removió. El aliento presente en el corazón humano y en el corazón de cada criatura desde el primer día de la creación. El aliento de la vida. El aliento de Dios. El aliento que animó a Jesús en medio de todos sus desalientos, incluso en el supremo desaliento de Getsemaní y de la Cruz. El Espíritu de Dios que renueva todas las cosas. Del fondo más negro de la tumba de Jesús, de todas las tumbas, de todas las cruces, de todos los gritos, de todos los infiernos, se levanta un ángel blanco y ligero diciendo sencillamente: “No está aquí. Ha resucitado. Os precede en Galilea. Os acompaña en vuestros caminos. Os acompaña en vuestras desesperanzas. No temáis. A pesar de todo, por favor, no temáis. En nombre de Dios os lo digo”.

Silenciosa y realmente y no necesariamente por la intervención de sucesos prodigiosos, fueron captando en profundidad que Dios no había abandonado al justo y mártir Jesús, que la fidelidad del Dios de la vida era más fuerte que todos los poderes mortales del Sanedrín y del imperio, que Dios había dado razón a la compasión y a la esperanza solidaria de Jesús.

Son secretos del corazón humano y de su esperanza contra toda esperanza. Fue el secreto de Jesús. Y, con todos los desfallecimientos, es también nuestro secreto. El espíritu secreto del Dios de la vida débil y poderosa. El corazón humano, infinitamente propenso a engañarse, es también infinitamente propenso a esperar contra toda esperanza. El Espíritu de Dios le habita como Espíritu que gime y anhela. El Espíritu de Dios que padece en nosotros y en nosotros espera. El Espíritu de Dios que nos mantiene con los ojos abiertos al futuro de Dios en la finitud de nuestro tiempo. Así sucedió en aquellos discípulos y discípulas. El Espíritu de Dios que había movido a Jesús movió también a las discípulas y discípulos a reconocer la presencia glorificada de Jesús, no sólo a pesar de la muerte, sino precisamente en su muerte de mártir, en su muerte de soledad y de abandono, como presencia inaugural del mundo nuevo.

Reconocieron, pues, de nuevo presente a Jesús. Y siguieron creyendo en Dios y en Jesús. No creyeron propiamente “porque Jesús había resucitado”, sino más bien “que Jesús había resucitado” o, mejor, que “Dios lo había resucitado, exaltado, glorificado”. No creyeron por el milagro de la resurrección, sino que creyeron la resurrección por el gran milagro de la vida compasiva de Jesús hasta su martirio en la cruz. Y la memoria de Jesús era lo que más les movía a creer en el Dios de la vida. Y siguieron esperando.

La historia de Jesús no había acabado, no se había convertido en pasado sellado como un sepulcro, sino en germen de un tiempo nuevo, de la tierra nueva y del nuevo cielo. El reino de Dios, cuyo tiempo final se había inaugurado en las curaciones y en la comensalía de Jesús, se concentraba ahora plenamente en Jesús muerto y exaltado, como el árbol se concentra en la semilla enterrada, como la cosecha entera se contiene en la primera gavilla.

4. Jesús, un Mesías futuro, un Mesías en camino

Paradójicamente, la muerte de Jesús fue comprendida por sus discípulos como fin del tiempo viejo y comienzo del tiempo nuevo. El mundo viejo de la opresión y de la muerte se había acabado, y comenzaba ya el nuevo mundo mesiánico de la libertad y de la justicia comenzaba. Ésa era su certeza. Sin embargo, esa certeza fundamental no podía ocultar una realidad no menos cierta: tras la muerte de Jesús, nada había cambiado aparentemente. El tiempo seguía su curso implacable. El Sanedrín vigilaba, y el imperio seguía oprimiendo. La dura realidad seguía poniendo a prueba la fe y la esperanza.

En efecto, si Jesús crucificado había sido instituido por Dios en Mesías, ¿cómo es que el reinado de Dios no se manifestaba? ¿Cómo es que no se realizaban las esperanzas mesiánicas? La esperanza de los discípulos “resolvió” esta pregunta crucial recurriendo a una categoría que fue decisiva para ellos y lo sigue siendo para nosotros: la esperanza en el retorno del Jesús constituido Hijo del hombre. Jesús era el mártir resucitado/exaltado y constituido por Dios en Mesías, pero un Mesías en reserva, un Hijo del hombre venidero. Pensaron que Dios lo retenía junto a sí, antes de volver a enviarlo para realizar el juicio definitiva y la definitiva liberación. Los Hechos de los Apóstoles ponen en boca de Pedro en Pentecostés unas palabras que expresan bien esta creencia: “Llegarán así tiempos de consuelo de parte del Señor, que os enviará de nuevo a Jesús, el Mesías que os estaba destinado. El cielo debe retenerlo hasta que lleguen los tiempos en que todo sea restaurado” (Hch 3,20-21).

Y una gran certidumbre les embargaba: la plena presencia del reino no tardaría en manifestarse en la parusía o plena manifestación de Jesús crucificado como Mesías. Las esperanzas mesiánicas no iban a tardar en hacerse realidad. Los tiempos del consuelo estaban muy próximos. Tan próximos que Pablo estaba convencido de que sucedería en vida suya; en el año 50-51, treinta años después de la muerte de Jesús, escribe a la comunidad de Tesalónica: “Sabéis muy bien que el día del Señor vendrá como un ladrón en plena noche” (1 Tes 5,2; año 50-51); “Vosotros no vivís en tinieblas… Todos vosotros sois hijos de la luz, hijos del día” (1 Tes 5,4-5). En el año 55 sigue insistiendo a los cristianos de Corinto en que viven un “momento excepcional” (1 Cor 7,26), en que “el tiempo se acaba” (1 Cor 7,29). En el año 58 escribe a la comunidad de Roma: “Ya es hora de que despertéis del sueño, pues nuestra salvación está ahora más cerca de nosotros que cuando empezamos a creer. La noche está muy avanzada y el día se acerca” (Rom 13,11-12).

La esperanza del reino predicado por Jesús adoptaba ahora la forma de esperanza de una parusía inminente. Su anhelo era vivo. Y los discípulos y discípulas reunidas para el culto instaban a Jesús a que viniera, volviera, se manifestara ya: Marana tha! Ven, Señor! (1 Cor 16,22; Ap 22,20; Did 10,6). Al suplicar ¡Marana tha!, expresaban su dolor por la situación presente del mundo y el anhelo de su transformación. En ese dolor y en esa esperanza confesaban a Jesús como Mesías futuro, o como Mesías en futuro. Jesús era “el que ha de venir”. Era Hijo del hombre, Señor, Mesías, Hijo de Dios en cuanto venidero[4].

Han pasado 2.000 años, y ¿qué ha cambiado en el mundo? Este doloroso interrogante nos coloca también a nosotros en la misma disyuntiva que a la primera comunidad: o bien desistimos como los discípulos de Emaús, o bien seguimos esperando la plena realización del camino emprendido por Jesús: el camino mesiánico. Esperando, es decir, recorriendo su mismo camino. Pues el camino de Jesús no ha terminado todavía. Él mismo es un “mesías en camino”, un “mesías en devenir”, una “persona mesiánica en devenir”[5]. Jesús está “en camino de ser el que será”[6]. El mismo acontecimiento pascual no es un hecho acabado, un hecho del pasado, sino un acontecer presente e inacabado. Escribe Moltmann: “Hay que hablar de un proceso de resurrección cuando se habla de la resurrección de Cristo. Este proceso tiene su fundamento en Cristo, su dinámica en el Espíritu y su futuro en la nueva creación de todas las cosas. La ‘resurrección’ no significa un factum, sino un fieri: el tránsito de la muerte a la vida”[7]. Su camino mesiánico no ha terminado todavía y nosotros lo seguimos recorriendo con él.

Está bien que confesemos a Jesús, le amemos y adoremos. Está bien que dejemos a nuestro corazón que descanse en él reconociendo en él sus sueños realizados. Pero eso sería engañoso si desviara nuestros ojos del dolor del mundo y nuestras manos del herido del camino. Confesamos a Jesús como Cristo esperando y procurando la consumación de su camino mesiánico.

Confesar a Jesús como Cristo en camino significa esperar y anticipar el día del consuelo en que todas las lágrimas serán enjugadas. Todavía existen muchas lágrimas por enjugar. El grito de todas las criaturas (y, por lo tanto, el grito de Jesús) “no ha encontrado aún una respuesta personal ni cósmica: sus lágrimas no se han enjugado aún y su pregunta de teodicea sigue abierta”[8]. Por lo tanto, la fe en la resurrección ha de ser también para nosotros confesión del futuro de Jesús. El mesianismo de Jesús está aún pendiente, y lo seguirá estando mientras todas las esperanzas mesiánicas no se hayan cumplido aún. “Mientras él no venga, seguirá el grito a Dios y seguirán las lágrimas”[9].

5. El futuro de los muertos

La fe en la resurrección/exaltación de Jesús conlleva y presupone la fe o la esperanza en la resurrección de todos los muertos. No esperamos solamente para los vivos del futuro mesiánico. Esperamos también para todos los muertos del pasado y del futuro, para todos los crucificados y para todos los muertos de la historia que habrán sucumbido en el camino.

En su famoso texto, escrito poco antes de suicidarse, W. Benjamin describe al Ángel de la Historia con las alas desplegadas que avanza de espaldas, mirando hacia atrás, empujado por un poderoso viento llamado “progreso”. Corre sin cesar hacia el futuro, pero lleva los ojos vueltos al pasado, y no ve en el pasado sino un campo de ruinas y cadáveres. El llamado progreso, nos dice Benjamin, no es más que una acumulación de destrucción y muerte. ¿Quién restaurará ese pasado? ¿Quién se acuerda de los muertos? Y aun cuando nos acordemos, ¿de qué sirve la memoria? ¿Quién hará justicia a los muertos, a todos los muertos?

Si nadie hiciera justicia a los injustamente condenados, y si los muertos se quedaran muertos del todo para siempre, si la muerte fuera su fin y no hubiera una memoria que los rehabilite y reavive, ello significaría también el fin de la fe en Dios: ¿cómo seguir creyendo en Dios, si el crucificado y todos los crucificados quedan definitivamente olvidados y abandonados a su suerte?

La fe cristiana vuelve a pronunciar de nuevo una palabra de esperanza desde el corazón del ser humano, desde la memoria de Jesús, desde el corazón mismo de Dios: ninguna víctima ha caído en el olvido, ningún condenado quedará en el infierno, ningún muerto se hundirá en la nada. Lo que los discípulos proclamaron acerca de Jesús lo proclamamos y lo esperamos para todos. Jesús es la primicia, la primera gavilla, el primogénito de entre todo los muertos que vivirán con él y como él más allá de la muerte. No significa que Jesús sea cronológicamente el “primero” en haber sido resucitado o glorificado por Dios, y que nadie lo haya sido hasta el año 30 de nuestra era. Significa que Jesús es para nosotros, cristianos, aquel en quien la vida de Dios se nos ha manifestado plenamente como amor solidario más fuerte que la cruz.

Así habría que entender, a mi modo de ver, la frase tan citada de Pablo: “Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe carece de sentido… y por supuesto también habremos de dar por perdidos a los que han muerto” (1 Cor 15,17-18). No creemos en la vida y en la muerte de Jesús porque haya resucitado, sino más bien al contrario: creemos en el Dios de la vida y de resurrección por la vida solidaria y sanadora, por la vida esperanzada y esperanzadora de Jesús hasta la muerte de cruz. Ni siquiera esperamos que todos resucitarán porque Jesús ha resucitado, sino que más bien creemos que todos los muertos viven al igual que Jesús, y que todos las víctimas son rehabilitadas por Dios al igual que Jesús.

Pero aquí puede planteársenos una cuestión que ha hecho y aún sigue haciendo correr ríos de tinta: ¿en qué tiempo hemos de conjugar el verbo resucitar para los que han muerto y siguen muriendo: en futuro o en presente? ¿Hemos de decir que los muertos han “resucitado” ya o que “resucitarán” solamente al final de los tiempos? No creo que exista una respuesta clara y unívoca a esta cuestión. Cabe hacer tres observaciones. 1) Hay que decir, en primer lugar, que “el fin” del tiempo o del espacio un concepto complejo y problemático no se refiere al término de la dimensión espacial-temporal del cosmos, sino más bien a una consumación o plenificación de la historia y del cosmos que no dejamos de esperar pero que no podemos imaginar. 2) En segundo lugar, es verdad que situándonos de algún modo “en el punto de vista del cosmos”, mientras todo el cosmos no llegue a su plena consumación y liberación en Dios, ningún muerto llegará a su plena realización liberada, pues el destino particular de cada criatura está ligado al destino universal del cosmos. 3) Sin embargo, y en tercer lugar, parece lógico afirmar que situándonos ahora “en el punto de vista del que muere”, tras la muerte del individuo particular, éste resucita o es exaltado “inmediatamente” por Dios, pues entra ya en la plenitud divina que trasciende todo parámetro temporal y espacial.

Así pues, ambas formulaciones el presente y el futuro: “están resucitados” y “resucitarán” son válidas: el verbo en futuro responde a nuestra perspectiva cósmica, el verbo en presente responde a la perspectiva de la plenitud divina en su eternidad. Si decimos que Jesús vive y es Mesías, hemos de decir también que todos los muertos viven. Pero al igual que esperamos que Jesús vivirá y será plenamente Cristo en su parusía, así también podemos decir que los muertos vivirán plenamente (“resucitarán”) cuando llegue el “fin del tiempo”, es decir, la plena liberación de todas las criaturas, de toda la creación.

Más allá de todas nuestras categorías e imágenes, la esperanza emerge desde el fondo de la tumba de Jesús, desde el fondo de su evangelio, desde el fondo de cada criatura, desde el fondo de Dios. Y la esperanza reza: Dios es el que resucitó al muerto Jesús, el que rehabilitó al injustamente condenado. Dios es el que resucita a todos los muertos, el que rehabilita a todos los injustamente condenados. El Espíritu que sopló en Jesús y que Jesús resucitado sigue soplando sobre nosotros es lo contrario del viento del progreso que empuja al ángel de la Historia de Benjamin. El Espíritu de la Pascua “es como la ‘tempestad divina’ de la nueva creación que sopla desde el futuro de Dios, sobre los cementerios de la historia y despierta y reúne hasta las últimas criaturas”[10].

Eso es lo que expresamos en el Credo cuando confesamos que Cristo “ha de venir a juzgar a vivos y muertos”. Pero ¿qué significa “juicio”? “La justicia divina no es un derecho que premia y castiga, sino una justicia que crea un derecho, endereza y redime (Is 1,27)”[11]. Lo que esperamos de Dios, lo que esperamos del Cristo Juez, no es la “justicia retributiva” que dará a cada uno su merecido, sino la justicia que rehabilita a la víctima y endereza también al verdugo. Esperamos del juicio de Dios o de Cristo que haga justicia a las víctimas, de modo que los verdugos no triunfen, pero del juicio de Dios o de Cristo esperamos también que transforme a los verdugos por la fuerza del amor, de modo que se instaure la paz perpetua y universal. Jesús vino a sanar lo enfermo y buscar lo perdido, transformó a Zaqueo haciéndose comensal suyo y murió perdonando a quienes le crucificaban. Cuando se manifieste plenamente en su parusía, cuando su camino y su mesianismo se realicen plenamente, entonces todo lo perdido será restaurado, todos los perdidos hallarán su casa. Entonces será el “día del Mesías”, en que comienza la paz.

Ésa es la justicia de Dios que esperamos. Ése es el Juicio final que esperamos. El Juicio final es la liberación universal: las víctimas serán liberadas de la injusticia que padecieron, y los verdugos serán liberados de la injusticia que cometieron. El Juicio de Dios hará que lleguemos a ser aquello que debimos ser, aquello que en el fondo quisimos ser, aquello que por lo que sea no llegamos a ser. El Juicio de Dios es la esperanza de que todos lleguen a alcanzar la plenitud dichosa de ser a la que estaban llamados por el amor creador de Dios. Todos aquellos cuyo anhelo de vida quedó frustrado por lo que fuere tienen puesta su esperanza en el Juicio de Dios. Todos aquellos “a quienes no les fue dado vivir y que no pudieron hacerlo: el hijo querido que murió al nacer; el niño que a la edad de cuatro años fue atropellado por un coche; el hermano discapacitado que nunca vivió conscientemente y no conoció a sus padres; el amigo que, a los dieciséis años, murió junto a ti destrozado por una bomba; la multitud de niños que prematuramente fallecen de hambre en África; la multitud de personas que sufren violencia y son asesinadas… ¿Dónde y cómo se colma su propia vida? ¿Podrá ésta, después de su muerte, ser de alguna manera curada, completada, vivida plenamente y consumada?”[12]. A pesar de toda su oscuridad, la esperanza dice “Sí”, y se abandona al juicio de Dios que todo lo ha de liberar y restaurar.

Así pues, nuestra esperanza no es únicamente para los justos. En ese caso, ¿quién podría esperar para sí? Creemos en el amor de Dios que acompaña al ser humano incluso en su extravío más profundo. Creemos que el empeño de Dios por acompañar es más fuerte que el empeño de cualquiera por “condenar” a otros y “condenarse”. “El Juicio es la faceta del Reino vuelta hacia la historia. En el juicio se condenarán y aniquilarán todos los pecados, toda la maldad y todo acto de violencia, toda la injusticia de este mundo asesino y sufriente, porque el veredicto de Dios efectúa lo que pronuncia. En el juicio de Dios, todos los pecadores, los malvados y los violentos, los asesinos y los hijos de Satanás, los diablos y los ángeles caídos, serán liberados y saldrán de su mortal corrupción y serán salvados mediante la transformación en su verdadera esencia, en la esencia en que fueron creados, porque Dios sigue siendo fiel a sí mismo, y no abandona ni deja que se pierda aquello que él había creado y afirmado una vez”[13]. Creemos que la compañía samaritana de Dios nos hará por fin libres, hijos e hijas, hermanas y hermanos.

6. El futuro del cosmos

Esperamos el descanso y la liberación plena para todas las criaturas, no únicamente para los seres humanos. Hay una profunda comunión de ser, de sufrimiento y de esperanza entre todos los seres. Los seres humanos pertenecemos a la tierra y al cosmos, somos tierra y cosmos. La historia de la tierra y del cosmos es nuestra historia. El dolor de las criaturas es nuestro dolor. Su esperanza es nuestra esperanza. No somos la meta de la naturaleza, sino que compartimos con toda la naturaleza una meta común: la existencia plenamente liberada[14]. La naturaleza, convertida en “vertedero de los derechos humanos”[15], está toda ella habitada por el Espíritu de Dios, y el Espíritu gime en ella con dolores de parto. Y el Cristo cósmico encarnado en Jesús es para los cristianos el fundamento y el horizonte de esta comunión universal. “Los sufrimientos de la naturaleza agonizante de la tierra son también ‘sufrimientos de Cristo’, y los ‘sufrimientos de Cristo’ deben percibirse, en relación con la naturaleza agonizante, como dolores de parto de una ‘tierra nueva’ donde ‘habite’ la justicia”[16].

Esperamos para el agua y el pez, para el aire y las aves, para el gusano y la seda, para la gacela y el león. Dios acompaña la vida y la pasión de cada criatura. No sólo debemos esperar y procurar la curación de la humanidad, sino también la curación de todas las criaturas, y ambas cosas están indisolublemente unidas, pues no puede haber salvación para la humanidad sin una “terapéutica de la naturaleza” (J. Moltmann).

No esperamos un fin del mundo que traiga consigo la destrucción de la Tierra, el Apocalipsis del cosmos. Amamos la tierra que somos y esperamos con ella. Amamos el cosmos, del que forma parte la tierra, y esperamos con él. Decimos sí a la Tierra para ahora y siempre. Decimos sí al Cosmos para el tiempo y la eternidad. “Si renunciáramos a la esperanza, aunque sólo fuera para una única criatura, entonces Dios no sería para nosotros Dios”[17].

Es difícil pensar esta esperanza. Pero ¿cómo pensar el mundo y la vida sin esta esperanza? ¿Cómo pensar sin esta esperanza el misterio y el dolor de cada criatura, de la más humilde a la más grandiosa? La desesperación es lo realmente imposible de pensar, como enseñó Th. W. Adorno. Ahora bien, somos responsables de esa esperanza, somos responsables de hacerla efectiva y real, como la hizo Jesús en su vida hasta la muerte. Y justamente, “la fe y la esperanza en la justicia de Dios son el aguijón para no rendirse y para combatir la injusticia y el sufrimiento donde y como se pueda”[18].

7. El futuro de Dios

La historia de Jesús es para nosotros la historia de Dios con nosotros. Y el futuro de Jesús en cuanto Mesías liberador es también el futuro de Dios para todas las criaturas. Pero aún más. Y la liberación de todas las criaturas es el futuro de Dios. La vida esperanzada y liberadora de Jesús nos hace esperar no solamente para todas las criaturas, sino también para Dios. En efecto, en Jesús se nos revela un Dios que no encuentra su alegría sino cuando el hijo perdido es hallado de nuevo y el herido del camino es curado y los muertos resucitan. En Jesús se nos revela un Dios que no descansa hasta que sus criaturas encuentran descanso.

Al igual que el cosmos es una creación en camino, y al igual que Jesús es un Mesías en camino, podemos decir que Dios es igualmente un Dios en camino hacia su propia divinidad plenamente manifestada y realizada. Es un “Dios en camino hacia su gloria y hacia la nueva creación del mundo en el Reino divino”[19]. Dios no es una esencia acabada, inmutable, autosuficiente e impasible. Es “el gran compañero, el sufridor que entiende” (A.N. Whitehead). Es la shekiná o “presencia” que mora y peregrina con su pueblo. Es el Dios crucificado con todos los crucificados. Es la entraña materna vulnerable y sufriente con todos los sufrientes.

Dios es bondad activa y creadora, eternamente dinámica, eternamente solidaria, eternamente compañera y compasiva. Dios es, sí. La bondad es. Pero, sobre todo, la bondad está en acción, y por eso podemos confiar. Dios es bondad absoluta, es ternura, compasión y compañía. Dios camina con nosotros, padece con nosotros y así sostiene nuestra esperanza desvalida y vulnerable. Por eso esperamos en Dios. Y esperar en Dios significa en primer lugar que Dios será finalmente Dios en todo y del todo. Podemos decir de alguna manera que Dios no es plenamente mientras no lo sea plenamente en todas las criaturas.

Pablo sugiere que la historia de Jesús como Mesías no llegará a su fin, o mejor, a su plenitud, hasta que le sean sometidos por Dios todos los poderes que someten y hieren y hacen morir. Y añade: “Y cuando le estén sometidas todas las cosas, entonces el mismo Hijo se someterá también al que le sometió todo, para que Dios sea todo en todas las cosas” (1 Cor 15,28). La sumisión a Dios ha de entenderse como acceso a la libertad, pues el señorío de Dios consiste en hacer ser y en hacer libre. Y cuando Dios libere todas las criaturas, entonces Jesús será plenamente Señor y Cristo. Y entonces, Dios será plenamente Dios.

Así pues, no solamente esperamos para el ser humano y para el cosmos. Esperamos también para Dios. No sólo existe la esperanza en Dios, sino también la esperanza de Dios. También Dios espera para todas sus criaturas y para sí. Y también nosotros esperamos para todas las criaturas y para Dios. Esperamos el descanso y la dicha plena de Dios. El reposo de la creación será también el reposo de Dios, y en el reposo de Dios descansarán todas las criaturas. El sábado de toda la creación será también el sábado eterno de Dios. El sábado eterno “no significa únicamente el final de la in-quietud creativa y de la in-quietud histórica de Dios, sino que significa también en sentido positivo la bienaventuranza y la paz eternas de Dios mismo”[20]. Será el día que “alumbra todas las noches de la historia del mundo”[21]. Aquel día Dios será todo en todas las cosas. Dios será plenamente Dios.

Claro está, esto es un modo de hablar, como todo lenguaje teológico. Pero puede ser un modo de hablar que nos abre el ánimo y nos impulsa a la acción, y eso debiera ser todo lenguaje teológico.

8. El futuro de la bondad

Esperar en Dios y esperar para Dios, esperar que al final Dios será todo en todas las cosas equivale a esperar que la bondad dichosa se realizará plenamente para todas las criaturas. Es lo que queremos esperar, vivir y actualizar. Es lo que esperamos, a pesar de todas las reservas y de todos los desalientos. Esperamos que la última palabra será de Dios, y Dios es sólo bien, Dios es sólo bondad. Las dimensiones excesivas del mal nos dejan a menudo doloridos y mudos, y nuestra esperanza se resiente profundamente. Pero las víctimas del mal y los testigos del bien nos impulsan a seguir esperando a pesar de todo, a hacer el bien y a ser buenos en nuestro desvalimiento.

Creer en Dios es creer más en el bien que en el mal, en la bondad que en la maldad. Creer en Dios es creer que el ser humano en su raíz última no es malo, sino bueno, si bien está herido y se encierra y se hace un daño infinito a sí mismo y a los demás.

Jesús creyó más en la bondad que en la maldad. Pasó la vida haciendo el bien, y anunció la victoria del bien que él llamaba “reino de Dios”. La cuestión para Jesús no era ser judío o pagano, cumplir las normas religiosas o descuidarlas, frecuentar la sinagoga y el Templo o desertarlos, ser creyente o increyente, rezar o no rezar, decir Dios o no decir. La cuestión para Jesús era hacer el bien o no hacerlo, ser bueno o no serlo. No curó a todos los enfermos, no salvó la vida a todos los amenazados, no pudo consolar a todos los afligidos. Ni pretendió hacerlo. Pero curó, consoló, liberó a cuantos pudo en la confianza de que Dios curaría y liberaría a todos. La esperanza en el Dios liberador de todos le llevó a liberar a quienes encontró en el camino. Y para ellos cambió la vida. Jesús se les convirtió en sacramento de Dios y del futuro.

Pero ¿acaso no fracasó Jesús? Murió por el bien que hizo y anunció contra todos los males, no contra los malos. Y murió creyendo más en la bondad que en la maldad: “Perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Por eso creemos en él, y confesamos que su vida de bondad esperanzadora no se malogró, sino que desembocó plenamente en Dios y se ha convertido en realización anticipada del mundo que anunció.

Su vida es nuestro programa. La cuestión hoy no es ser cristiano, musulmán o budista, progresista o conservador, agnóstico o creyente, practicante o no practicante. La cuestión es ser bueno y creer en la bondad. Creer que la bondad es la esencia del ser, de la existencia, y también de una vida feliz, y vivir de acuerdo a ello. Ser felices siendo buenos, y ser buenos siendo felices, pues sólo la bondad nos puede hacer felices, y sólo podemos ser realmente buenos si ellos nos hace felices, aunque la cruz no faltará. La bondad nos ha creado y es nuestra meta, y es nuestra tarea día a día. Dios es la bondad inconmensurable y simple, y es feliz solamente porque es bueno, no porque es omnipotente, o es omnipotente sólo porque es bueno, es decir, siendo vulnerable y frágil como toda bondad.

Creer en la bondad no nos lleva a un angelismo iluso. La bondad no nos exime del peso de la realidad nuestra y ajena, de la búsqueda y de la lucha nuestra de cada día. La bondad no resuelve todas las perplejidades, ni nos dispensa de instituir leyes y códigos de convivencia. La bondad no nos ahorra desavenencias, conflictos e incompatibilidades. La bondad no nos libra del sagrado deber de alzar la voz y de luchar cada día, y no nos librará de sufrir, más pronto que tarde, la suerte de los profetas. La bondad requiere de nosotros decir no a un sistema que nos lleva a gastar dos mil millones de dólares por día en armamento, a un mundo que divide el planeta entre un 17% frente al 83% con una diferencia creciente de porcentaje, a un mundo en que un ciudadano del norte pesa más para el medio ambiente rural que 20 del sur.

Pero el que cree en la bondad no desiste de lo humano ni del futuro de la bondad. El que cree en la bondad no erige la fuerza en norma suprema ni lo fía todo al mero juego de intereses. Si creemos en la bondad, no podemos afirmar con desdén y frialdad, como hace Pérez Reverte, que “el hombre es una bestia” y “un auténtico hijo de puta, sin paliativos”, a no ser que se diga y hemos decir que las bestias no son peores que nosotros y que las prostitutas son las primeras en el reino de Dios, por su dignidad y su bondad maltratadas. Si creemos en la bondad, no podemos decir que “las cosas hermosas” de las que el ser humano es capaz “son una pequeñez en un océano de horror”, que la maldad es superior y que “y la mierda de cultura cristiano-humanística nos ha confundido al respecto”[22]. Me temo que el pesimismo ácido del autor acabe en acatamiento de la ley pura y dura del más fuerte.

Ser buenos consiste en reconocer que somos esencialmente desvalidos y crear lazos que curan, en reconocer que somos esencialmente necesitados y urdir redes de solidaridad y de cuidado. Encerrarnos en nuestras heridas y en las estructuras que hieren, y seguir hiriéndonos: en eso consiste la “maldad”. Ser bueno es quererse con todas las heridas y curarse en cuanto sea posible. Ser bueno es querer al herido y curarlo. Ésa es la causa y merece adhesión, aunque no prospere en el futuro. Hacer el bien, sin otra razón ni causa, merece la pena, aunque fracasemos. Una madre no busca razones para cuidar a su hijo enfermo; no se pregunta si merecerá la pena o no; y aunque sea seguro que volverá a enfermar o a morir, lo cuida; y aunque haya tantos hijos de tantas otras madres que sufren, ella cuida al suyo. Son sus entrañas de madre las que le inclinan a su hijo sufriente, y el fracaso de su empeño no la apartará de él, sino que la acercará aun más. El dolor del hijo es para ella la razón suprema del universo.

Así fue para Jesús y así es para nosotros. Jesús no hizo el bien “por Dios”, ni “por la esperanza”, ni por la recompensa divina, ni por ningún “objetivo” ajeno, sino porque sus entrañas compasivas le empujaban irresistiblemente a ser bueno, a ser samaritano, y porque eso le llenaba profundamente y le hacía feliz. Así encarnó a Dios. La bondad gratuita es el máximo interés de Dios, pues Dios gana dándose, es feliz siendo bueno. No hemos de ser buenos samaritanos por Jesús, ni por Dios. No hemos de ser buenos porque esperamos, sino que, más bien, esperamos en la medida en que somos buenos y hacemos triunfar al bien. Ni siquiera hemos de ser buenos para transformar el mundo, sino que el mundo se transforma si obramos sin otro motivo que la compasión con el que sufre y el gozo de compartir. No es la certeza de un futuro mesiánico la que sostiene la generosidad del presente, sino es la generosidad del presente sin cálculo la que lo transforma y tal vez construye un futuro mesiánico. La auténtica bondad no necesita ningún fundamento “externo” y ninguna “razón” ideológica o religiosa, como la bondad de Dios no necesita ninguna razón de ser fuera de su propio ser.

Sin duda, la bondad requiere muy a menudo hacer el bien aunque sea inútil y fracasemos. Pero, globalmente hablando, no creo en la pura gratuidad contrapuesta al interés. ¿Qué es lo útil y qué es el fracaso? Habríamos que preguntárselo a quien sufre y espera una mano que le tome y le alivie. Hacer el bien, en realidad, nunca es inútil y nunca es un fracaso. Y, de todos modos, si todos hiciéramos el bien, la bondad no fracasaría. Y aun cuando no todos hagan el bien, si lo hiciéramos muchos, el presente se transformaría, y todos acabarían haciéndose mejores. Creo que la solidaridad, la bondad, la gratuidad es a medio y largo plazo lo más útil y lo más razonable, tanto a nivel personal como a nivel planetario. Es tarea de la educación que cada persona se convenza de ello. Es tarea de la política que los países se convenzan también de ello. Es la tarea de la cultura. Y es la gran, la única tarea de la religión.

9. La ignorancia y la anticipación del futuro

Vivimos una gran sensación de incertidumbre respecto del futuro. A pesar de la acumulación de saberes, o precisamente por ella, el futuro es más imprevisible hoy que nunca. Lúcidamente reconoce I. Sotelo que “se ha desplomado la racionalidad de la historia, concebida a la manera hegeliana, como un proceso de liberación, que reproduce obviamente una visión cristiana secularizada. Perdida la confianza en que al final Dios salva a las víctimas, nos sosteníamos en la creencia de que el socialismo era el futuro y, por mucho que debatiéramos sobre los caminos a recorrer, las tácticas a emplear, los obstáculos que vencer, no dudábamos que algún día alcanzaríamos la ‘meta final’. (…). De pronto, el futuro también ha terminado por evaporarse como categoría significativa. No sabemos lo que nos espera; hasta ahora, todos los pronósticos se han mostrado falsos”[23].

Peor aún, hay muchos motivos para el pesimismo: “Contamos con los medios para destruir el mundo, luego lo destruiremos. La incógnita es sólo cuándo. Ahora bien, porque sabemos que podemos destruir el mundo, cabe que nos esforcemos en salvarlo, y hasta que lo consigamos. No hay modo de salir de la incertidumbre, ni, por tanto, de la provisionalidad que conlleva”[24].

Estas palabras de un agnóstico pueden valer también para nosotros, cristianos. También para nosotros, el futuro es impredecible. Y es bueno asumir esta ignorancia. La ignorancia del futuro es, como insiste Duquoc, la huella de un Dios que no arrolla ni se impone, sino que se revela como compañía de gracia en el corazón de cada tiempo y de cada criatura. “El Dios que se ha revelado como comunión trinitaria asume la incertidumbre de nuestra historia”[25].

Tenemos, eso sí, una confianza, una esperanza contra toda esperanza, contra todos los motivos para ser pesimistas. Pero la confianza no es sin más optimismo, ni nos proporciona razones, ni nos desvela el porvenir. “La teología no es una teología de la historia universal, sino una teología histórica de la lucha y de la esperanza. Por tanto, no enseña como la ingenua creencia moderna en el progreso (ese milenarismo secularizado del tiempo presente que todo irá siendo cada vez mejor en el futuro, ni tampoco que todo irá siendo cada vez peor en el futuro, como hace la apocalíptica moderna, igualmente ingenua”[26]. Efectivamente, “nadie puede asegurarnos que no sucederá lo peor de todo. Sucederá, según todas las leyes de la experiencia. Podemos confiar únicamente en que incluso en el final del mundo hay oculto un nuevo comienzo, si es que confiamos en Dios, que llama a la existencia a las cosas que no existen y crea de la muerte nueva vida”[27].

Es bueno asumir en nuestra esperanza la incertidumbre y los interrogantes de los hombres y de las mujeres de hoy. Es bueno renunciar a tener la última palabra sobre la verdad y sobre el bien para el presente y el futuro. Es bueno no querer “controlar el devenir del mundo”[28], sino empeñarse en hacer el bien en compañía y en diálogo abierto con quienes piensan, creen o actúan de diversa forma. “Esta situación inédita, lejos de llevar a la fe a sus desaparición, la obliga a llegar a ser lo que ella es: una confianza incondicional en un Dios que nos respeta lo bastante como par no imponernos un programa planificado de nuestro futuro”[29].

Tampoco Jesús conocía el futuro, ni pretendió ligarlo a un programa preciso de acción. Confiaba en Dios y en su presencia oculta, bondadosa, indefectible. Y dedicó su vida a encarnar esa presencia activa de Dios. No conocía el futuro, pero lo creó por adelantado haciendo el bien. La bondad hace presente el futuro, abre camino hacia él. Eso es lo que nos toca hacer. Vivir en esperanza no significa tener ensoñaciones sobre el futuro, sino anticiparlo, es decir, actuar aquí y ahora de acuerdo al mundo de justicia y de paz que anhelamos y esperamos, a pesar de todas las apariencias de fracaso. Por la fe en Dios esperamos un futuro para todas las víctimas del pasado. Y por la esperanza transformamos el presente, anticipando el futuro esperado.

Mencionemos a unos testigos “laicos”. “No esperen nada del siglo XXI advirtió Gabriel García Márquez. Es el siglo XXI el que espera todo de ustedes”. En consecuencia, como dice F. Mayor Zaragoza, “hay que trabajar, desde la esperanza, por lo inesperado”[30], pues de nosotros depende que se realice o no. En cualquier caso, hemos de obrar para que se realice, o como si fuera a realizarse, como ha afirmado Diego Gracia: “Soy bastante pesimista, pero trabajo como si todo fuera a salir bien. Le echo a la vida optimismo, y trabajo con todo el optimismo, pero si me pregunta si las cosas van a salir bien, ya no estoy tan seguro… Pero yo he de trabajar como si evitarlo dependiera de mí o como si eso no fuera a ser así”[31].

En el Memorial del convento de José Saramago, el padre Bartolomeu Lourenço, un sacerdote de ideas libres e inventor de máquinas, dice a Blimunda, santa laica de ojos penetrantes: “Dejemos a Dios el campo de Dios, no atravesemos sus fronteras, adorémoslo desde este lado de acá, y hagamos nuestro campo, el campo de los hombres, que estando hecho de querer Dios visitarnos, y entonces sí será el mundo creado”[32].

Eso es. Dejemos a Dios su campo, y hagamos el nuestro. Sucede, sin embargo, que el campo de Dios es el nuestro, pues nada podrá hacer Dios sino a través de nuestras manos y de la oculta energía de su creación, que es otro nombre del Espíritu. Nos toca, pues, cultivar y transformar una parcelita de tierra en nuestro campo, en nuestro tiempo. Y hemos de hacerlo sin querer controlar el desenlace de todo y sin poseer de antemano la prenda del éxito, la garantía del fin. Si lo hacemos así, estaremos anticipando el futuro de Dios que ignoramos pero esperamos.

Termino con una mención de J.A. Marina. Hace unos meses publicó un libro de enorme interés para los cristianos: ¿Por qué soy cristiano? Un libro lleno de lucidez y de calor. Junto a ciertas posiciones que cabría matizar, encontramos numerosas observaciones críticas que considero pertinentes, pero encontramos sobre todo afirmaciones y confesiones del autor confortadoras para nuestra fe. En el epílogo, que él califica de “breve confesión de confianza”, nos confiesa que la fe cristiana consiste para él en confianza sencilla y profunda en la promesa de Jesús. Y la promesa de Jesús la resume en que Dios en cuanto bondad creativa acabará por imponerse en el mundo: “La bondad la acción amorosa, la agapé, la búsqueda de la justicia es la manifestación y realización de la divinidad. Quien actúa creadoramente participa de la divinidad. Actuar creadoramente significa convertirse en la providencia de Dios. Por ser el despliegue real de la divinidad, la agapé es todopoderosa”[33]. Y escribe: “Si Jesús tiene razón va a ser posible mi gran sueño: transformar en todos los registros de nuestra vida el esfuerzo en gracia. Amén”[34]. A la realización de ese sueño confiesa Marina querer entregar su confianza y su acción. ¡Ojalá todos los que nos llamamos cristianos entregásemos a ese mismo sueño nuestro “amén” cordial y nuestro compromiso práctico!

(Publicado en Lumen 54 [2006], pp. 439-465)

  1. F. Fukuyama, “Inasumible evolución del neoconservadurismo”, El Mundo (24-2-2006).
  2. A. Pérez Reverte, Entrevista en XL Semanal 956 (19-2-2006), p. 28. A propósito de su nueva novela El pintor de batallas, “el libro más descorazonador, más duro y más triste de Pérez Reverte” (J. M. Sánchez Ron, en El País del 4-3-2006).
  3. U.B. Müller, El origen de la fe en la resurrección, o.c., p. 35. No se trataba tanto de fe en el “mesianismo” de Jesús, sino en la presencia del Reino. Asegura este autor que, desde un punto de vista psicológico e histórico, “el único motivo plausible de la ‘fe en la resurrección’ es la perspectiva que ya les había comunicado realmente Jesús sobre la irrupción de un señorío divino capaz de imponerse contra todas las fuerzas negativas del mundo” (ib. p. 111).
  4. Es verdad que el tono de la esperanza cristiana cambió pronto. Progresivamente, y a medida que el cristianismo se difundía en el imperio y se expresaba en las categorías helenísticas, al esperar la parusía no esperaban tanto la liberación y la renovación del mundo que Jesús anunció, sino más bien la salvación entendida como perdón de los pecados y vida inmortal. Y no sólo eso: pronto pasaron incluso de esperar la Parusía a temerla, y de orar por su llegada a orar por su retraso. Esos desplazamientos de la esperanza acompañaron al proceso de acomodación de los cristianos en el imperio romano. El peligro de olvidar el potencial de lucha y rebeldía que contiene la esperanza de la parusía ha acechado y sigue acechándonos hoy.
  5. J. Moltmann, El camino de Jesucristo, Sígueme, Salamanca 1993, p. 196.
  6. J. Moltmann, El camino de Jesucristo, o.c., p. 115.
  7. J. Moltmann, El camino de Jesucristo, o.c., pp. 329-330.
  8. J. Moltmann, El camino de Jesucristo¸ o.c., p. 289.
  9. J. Moltmann, El camino de Jesucristo, o.c., p. 289.
  10. J. Moltmann, El camino de Jesucristo, o.c., p. 407.
  11. J. Moltmann, El camino de Jesucristo, o.c., p. 452.
  12. J. Moltmann, La venida de Dios, Sígueme, Salamanca 2004, p. 162.
  13. J. Moltmann, La venida de Dios, o.c., p. 328.
  14. “La naturaleza no se orienta hacia la historia humana…, sino que esta historia humana se consuma en la ‘resurrección’ de la naturaleza” (J. Moltmann, El camino de Jesucristo 345).
  15. J. Moltmann, El camino de Jesucristo, o.c., p. 412.
  16. J. Moltmann, El camino de Jesucristo, o.c., p. 268.
  17. J. Moltmann, La venida de Dios, o.c., p. 180.
  18. J. Moltmann, El camino de Jesucristo, o.c., p. 259.
  19. J. Moltmann, La venida de Dios, o.c., p. 417.
  20. J. Moltmann, La venida de Dios, o.c., p. 340-341.
  21. J. Moltmann, El camino de Jesucristo, o.c., p. 440.
  22. A. Pérez Reverte, l.c., p. 28.
  23. I. Sotelo, en ¿Sin Dios o con Dios? Razones del agnóstico y del creyente (en colaboración con J.I. González Faus), Ed. Hoac, Madrid 2003, p. 214.
  24. I. Sotelo, en ¿Sin Dios o con Dios?, o.c., p. 216.
  25. Ch. Duquoc, Cristianismo: memoria para el futuro, Sal Terrae, Santander 2003, p. 135.
  26. J. Moltmann, La venida de Dios, o.c., p. 264.
  27. J. Moltmann, La venida de Dios, o.c., p. 303.
  28. Ch. Duquoc, Cristianismo: memoria para el futuro, o.c., p. 110.
  29. Ch. Duquoc, Cristianismo: memoria para el futuro, o.c., p. 135.
  30. Federico Mayor Zaragoza, Conversación con Santiago Nogaledo Álvarez, en Iglesia Viva 206 (2001), 104.
  31. Diego Gracia, Entrevista con Milagros Pérez Oliva, en El País Semanal 29 de enero de 2006.
  32. J. Saramago, Memorial del convento, Santillana, Madrid 2001, p. 67
  33. J.A. Marina, ¿Por qué soy cristiano?, Anagrama, Barcelona 2005, p. 151.
  34. Ib., p. 149.


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