Francisco de Asís. LA ORACIÓN ANTE EL CRUCIFIJO DE SAN DAMIÁN

Oh alto y glorioso Dios,

ilumina las tinieblas de mi corazón.

Dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta,

sentido y conocimiento, Señor,

para cumplir tu santo y veraz mandamiento

Propongo un comentario sencillo y libre de esta “oración ante el crucifijo de San Damián” de San Francisco de Asís, simples indicaciones de relectura desde nuestra actual situación cultural y espiritual.

La oración se conserva en la lengua materna de Francisco, el italiano incipiente de la época. Resulta sugerente el hecho de que las únicas oraciones del Poverello que se conservan en italiano son ésta y el Cántico del Hermano Sol: la primera nos evoca los inicios vacilantes de su búsqueda espiritual, la segunda sus últimos años y meses en la tierra, cuando funde su último aliento con el de todas las criaturas en alabanza del Dios de la vida, como una alondra que no cesa de cantar mientras vuela y sube más y más. Ambas tienen una honda relación con aquella bendita capilla de San Damián, a las afueras de Asís. En ambas, Francisco se expresas desde lo más profundo y personal. Habla de lo que busca y vive, de lo que sufre y goza, y lo hace en la lengua que hablan sus entrañas.

La oración ante el crucifijo nos remite directamente al joven Francisco de 24/25 años, a un Francisco que busca un camino para su vida, allá por los años 1205-1206. A un Francisco indeciso en búsqueda de luz, en tesitura de discernimiento. No sabe lo que quiere, pero va sabiendo cada vez más lo que no quiere: ni ser caballero, ni ser comerciante. El encuentro con los leprosos le ha removido profundamente. Son los últimos, aunque no son los únicos. Y siente con fuerza que su destino no puede desentenderse del de estos desgraciados. Cuando mira a Jesús crucificado, los ve a ellos. Cuando los mira, ve en ellos a Jesús crucificado.

Pero, en realidad, la búsqueda de Francisco no duró sólo dos años, sino toda su vida, no muy larga pero intensa (murió a los 45 años). Siempre vivió en discernimiento, en búsqueda permanente de una voluntad de Dios que no está predeterminada y que nunca nos viene dictada desde fuera, sino que brota desde la raíz misma del propio querer y de los quereres ajenos. Formalmente, es un texto sumamente pulido y estilizado, de una precisión de vocabulario y de un ritmo que suponen una elaboración esmerada. No la compuso necesariamente a sus 24 años. Sabemos que la recitó a lo largo de su vida y la enseñó a sus hermanos para que la recitaran.

Francisco de Asís vivió de lleno en un tiempo fines del s. XII, comienzos del s. XIII de encrucijada histórica, cultural, social, eclesial. Y todo ello se le convirtió en encrucijada espiritual. Intuye que un nuevo tiempo está naciendo, y busca una forma de vida y una espiritualidad para los tiempos nuevos. Busca algo diferente. Quiere otra Iglesia. Vislumbra otro mundo. Vislumbra también “otro” Dios. Le atrae otra forma de vida, otra forma de seguimiento de Jesús, más allá de las fronteras entre monjes y “laicos”, entre monasterios y “mundo”, entre “vida religiosa” y “vida secular”. Y ora en la intemperie del campo, en el camino a los leprosos, en la soledad habitada de la ermita semiderruida de San Damián, ante el bello icono de Jesús crucificado, de estilo bizantino-umbro. Ora con las palabras que le salen del corazón y de la mente. La experiencia espiritual reverbera en las palabras, y las palabras suenan como latidos, irradian vida, nos animan a mirar y a sentir a fondo, y a buscar con la libertad del Espíritu nuestras propias palabras.

Es una oración profundamente actual, muy propia para nuestro tiempo de búsqueda. Se escucha con frecuencia que asistimos a un cambio cultural, a un cambio de paradigma, a la emergencia de una nueva época. “Según los estudiosos, estaríamos en otro tiempo axial. Panikkar diría que nos hallamos en el epicentro de una mutación cultural como pocas se han presentado en la historia humana. Algunos incluso se atreven a decir que nuestro cambio es similar al que se produjo en el paso del paleolítico al neolítico. Y otros van más lejos y dicen –como reconocimiento a Darwin que es un paso similar al que se produjo hace 2 millones de años en el paso del primate al ser humano”[1].

En esta nueva época en que previsiblemente estamos entrando, la espiritualidad no sólo no va a desaparecer, sino que va a recobrar nuevo vigor y creciente actualidad. Los hombres y las mujeres de la nueva generación necesitan y buscan espiritualidad, como necesitan y buscan aliento, paz, interioridad, belleza, hondura, armonía integral. Pero las profundas transformaciones culturales conllevan, requieren, transformaciones profundas en nuestra espiritualidad tradicional, en nuestras categorías teológicas, en nuestra manera de leer la Biblia, en nuestra manera de entender a Dios, en nuestra manera de mirar a las otras religiones.

La religión tiene futuro, pero no lo tienen necesariamente las religiones que conocemos hoy día. Muchos datos hacen pensar que el cristianismo de la cristiandad, con la interpretación tradicional de sus dogmas y su institucionalización clerical jerárquica, se está agotando y carece de porvenir, porque resulta incomprensible en la cultura actual. “Muchos grupos, muchas instituciones van a aparecer y desaparecer. Sin embargo en medio de todos ellos hay algo que se está buscando. Jesús no fundó ninguna religión, dejando la puerta abierta para que sus discípulos crearan la religión más adaptada à su cultura, lo que se hizo inconscientemente, o sea, sin que nadie supiera que estaba construyendo una religión nueva. Por eso esa religión que conocemos y practicamos, se formó dentro del Imperio romano, y es una posibilidad histórica. Otras pueden aparecer. Estamos al comienzo de la historia del mundo y de la evangelización. Hasta ahora el cristianismo sólo penetró en una sola cultura (con dos variantes) a partir de lo que había en el Imperio romano. Es sólo un comienzo, una primera etapa”[2].

“Una religión es necesaria. Pero nada exige que sea la misma en Occidente, en África, en la India, en China o en el Japón. En esos países hay mucha simpatía por el cristianismo, pero poca simpatía por las Iglesias. Es una señal para el futuro”[3].

Me sitúo en esta perspectiva, y desde ella presento algunas reflexiones libres en torno a esta bella oración, o con ocasión de ella. Una oración que nos invita a redescubrir la paz en la pregunta, la paz en la búsqueda de nuevos lenguajes y paradigmas de espiritualidad. Una oración propia para un tiempo de cambio epocal y de “nueva” espiritualidad. No me propongo leer y comprender a Francisco desde su época, sino desde la nuestra. No me interesa tanto descubrir la imagen de Dios y las categorías espirituales que maneja Francisco en su época, sino las imágenes y categorías que nos sugiere para la nuestra. Toda lectura es una reinterpretación desde una nueva situación. La cuestión que ante todo me interesa es: ¿Qué significa la espiritualidad hoy? ¿A qué espiritualidad nos invita hoy el Espíritu? ¿A qué transformaciones de espiritualidad nos llama la profunda transformación cultural que estamos viviendo?

1. Oh alto y glorioso Dios

Así empieza Francisco esta oración y así empezará otras muchas: invocando con admiración. Invocando y admirando. La invocación y la admiración constituyen la fuente y el fondo de la espiritualidad, constituyen lo más genuino de la experiencia religiosa. Es la dimensión mística, y es, junto con la compasión “política”, lo esencial de toda religión.

La invocación y la admiración son lo más importante y verdadero de la oración. No es importante lo que estamos pensando, no es importante lo que estamos diciendo, no es importante lo que estamos pidiendo.

Francisco tiene, eso sí, una imagen de Dios y utiliza unos términos concretos para designarlo. Se sirve de imágenes y términos propios de su época. Pero eso no es lo esencial. Cuando habla de Dios, Francisco hace estallar por dentro todas las imágenes y categorías. Designa a Dios “alto y glorioso”. “Altus” en latín significa a la vez alto y profundo. Francisco lo imagina en la altura, pero es llamativo que insista sobre todo en la bajura de Dios, en su proximidad humana, en su solidaridad crucificada; Dios es para Francisco “Jesús pobre y crucificado”. Imagina a Dios en la altura, y no podía menos de hacerlo así desde su cosmovisión (el cielo está arriba, la tierra está abajo), pero, en realidad, sitúa a Dios sobre todo en la bajura; en una época en la que, tanto en la sociedad feudal e imperial como en la Iglesia clerical (también ella feudal e imperial), todo remite al poder, es muy significativo que Francisco nos hable tan insistentemente de la “humildad” de Dios. Dios está sobre todo en la bajura, en la hondura, en lo más pequeño y en lo más profundo de sí y de todas las criaturas.

Dios es también calificado de “glorioso”. ¿Qué significa “glorioso”? Nos sugiere el sentido de “celeste”, “excelso”, “espectacular”, “grandioso”, “importante”… Sin embargo, para Francisco la “gloria” de Dios se revela ante todo en lo pequeño e insignificante. La gloria de Dios es la irradiación de su divinidad, de su belleza y bondad, en el mundo, pero ¿dónde irradian en el mundo la belleza y bondad. de Dios? Irradian en todas las criaturas. Irradian también en las más humildes e insignificantes, sobre todo en las más humildes e insignificantes. Irradian sobre todo en el rostro de Jesús pobre y amigo de los pequeños, en el cuerpo crucificado de Jesús hermano de todos los crucificados. Dios se hace pobre y menesteroso en todo lo pobre y menesteroso, y ahí se revela al máximo su gloria.

¿Qué es Dios para nosotros? ¿Cómo lo imaginamos? Me atrevo a decir que todavía lo seguimos imaginando con los rasgos milenarios de la vieja cultura agraria y piramidal, como “Dios del cielo”, como Señor altísimo, como rey soberano. Seguimos aplicando a Dios los atributos clásicos que la filosofía o teología natural aplicaba al Ser Supremo, al Super Ente cósmico. Seguimos llamando a Dios omnipotente, inmutable, impasible. Lo imaginamos como Padre, Legislador y Juez supremo, que interviene en el mundo cuando quiere para hacer aquello que quiere, que tiene un proyecto predeterminado para cada uno, que se revela cuando le viene en gana y calla cuando no, que permite el dolor por alguna razón ininteligible, que elige sólo a unos con exclusión de otros, que cuando quiere castiga y cuando quiere perdona.

Para mucha gente y para muchos creyentes, con razón, ese Dios no existe. Ya murió. Si alguna vez ha sido, murió en Jesús, murió en la cruz de Jesús y, mucho antes, en todas las cruces. En realidad, nunca ha existido. Solamente, lo hemos imaginado así. Pero ya no es posible seguir imaginándolo así. Nietzsche selló su muerte en la cultura actual. El Dios de la filosofía y de la teología tradicional que aún seguimos imaginando hace tiempo que murió: murió en el lenguaje, murió en el pensamiento, murió en el imaginario. De hecho, la gente ya no cree en él. Hasta la mayoría de los niños que asisten a catequesis dejan de creer en él desde los cinco años. Y es normal, pues no existe. El Dios que niegan los ateos simplemente no existe. Niegan porque lo imaginan como alguien “increíble”. Y Dios nunca es como lo imaginamos ni siquiera los que decimos creer “Si comprendes, no es Dios”, dice san Agustín, pero menos aún como lo imaginan los que dicen no creer en Dios. Dios es más grande y más pequeño, es presencia cálida, es corazón amante, es palabra reveladora, es manifestación bella, es bondad transformadora, es el tú de todo yo, es el yo más íntimo de todo tú.

Muchos hablan de “espiritualidad sin Dios” (Comte-Sponville), o de “espiritualidad laica” (M. Corbí), y se entiende lo que quieren decir. Pero me parece preferible restaurar la imagen de “Dios”. ¿Cómo podemos afirmar la espiritualidad y negar a Dios, que es “Espíritu” que alienta en todo y renueva la faz de la tierra? Donde hay espiritualidad, donde hay admiración de la Realidad, ojos para el Misterio, sentidos para la belleza, corazón para el reconocimiento y la compasión, allí está Dios. Donde hay Dios, allí hay espíritu y espiritualidad. Y está en todas las religiones, y también más allá de todas las religiones. Todas las religiones no son más que lenguajes y caminos del Espíritu universal. Cuando dejan de serlo, tienen una alternativa: o transformarse o morir.

“Como millones de plantas y especies animales, muchas religiones se han extinguido a lo largo del tiempo. Estudiando este fenómeno de obsolescencia, el teólogo alemán Wolfhart Pannenberg hizo esta punzante observación: ‘Las religiones mueren cuando fallan sus luces’, es decir, cuando su doctrina ya no ilumina la vida tal como sus miembros, de hecho, la viven. En estos casos, el modo de encontrar lo Santo se ve frenad, no siguiendo el ritmo de los cambios en la experiencia humana. El dinamismo de la historia es inexorable. Algunas personas se aferrarán a la antigua visión, pero eventualmente la mayoría avanzará buscando un sentido último coherente con sus experiencia actual de la vida. Entonces las luces de la antigua religión se oscurecen; la deidad se vuelve irrelevante”[4].

No queremos ni podemos dejar de creer en Dios en nuestro tiempo. Pero no hemos de tener miedo de desprendernos de viejas imágenes, en la medida en que no nos resultan bellas, creíbles, sugerentes, liberadoras. No hemos de aferrarnos a categorías e imágenes que no nos ensanchan el corazón y la mente. Hemos de “inventar” imágenes y metáforas de Dios que nos permitan respirar, librarnos de la angustia y vivir en paz. Hay mucha gente son cada vez más que no sabe si cree o no en Dios, porque quieren creer en “algo” o “alguien” así lo reconocen, pero no creen en un Ser Supremo que rige los destinos del mundo desde fuera, según su designio y su voluntad inescrutable.

Nuestro tiempo nos invita a revisar en buena parte nuestra representación de Dios, tanto imaginaria como conceptual. Buena parte de la teología busca desde hace muchos años otro lenguaje para Dios. “Los conceptos de Dios rancios, simples u obsoletos ya no satisfacen. Sin embargo, nacientes ideas de diversos contextos del mundo recogidas en la teología se prevén mucho más sabrosas”, escribe E. Johnson[5]. Y, a lo largo de los capítulos de su libro, recoge de entre las diversas teologías actuales aquellas imágenes de Dios que responden mejor a la demanda espiritual de nuestro tiempo: el Dios crucificado de la compasión, el Dios liberador de la vida, Dios en femenino, el Dios que rompe las cadenas, la compañía del Dios de la fiesta, el generoso Dios de las religiones, el Espíritu creador en un mundo en evolución, la Trinidad: el Dios vivo del amor. Y afirma: “La fe cristiana actual no cree en un nuevo Dios, sino que, al encontrarse en situaciones inusuales, busca la presencia activa del Espíritu divino o precisamente ahí, en medio de ellas (…). “¡Oh belleza, siempre antigua y siempre nueva, te he amado demasiado tarde!”, exclamaba el obispo norteafricano Agustín en el s. V”[6].

Volvamos a la invocación admirada y agradecida de Francisco. En eso consiste lo más verdadero de la espiritualidad. Es la expresión de una espiritualidad mística. No es una fe preponderantemente institucional, o ideológica, o moral, sino una fe profundamente mística, a través y más allá de todas las creencias, de todos los ritos, de todas las normas. El cristianismo a pesar de muchas resistencias institucionales se está despidiendo de su figura moral y dogmática tradicional, y se ve impulsada a ser ante todo un camino de espiritualidad mística. Necesitamos una espiritualidad mística, nutrida no por experiencias paranormales, sino por “la experiencia Dios en toda experiencia” (R. Panikkar, E. Schillebeeckx), por la experiencia de ser y de estar cada vez más profundamente enraizados en el misterio de Dios como misterio que nos envuelve y nos origina, nos funda y nos regenera, nos ama tiernamente y cura las heridas y conflictos ligados a todo lo que conocemos y llamamos “amor”.

No es el Dios de la metafísica. No es el Dios exterior, separado. No es “otro” respecto de nosotros, como uno cualquiera de nosotros es “otro” respecto de los demás. Es “totalmente otro” y, por lo tanto, es “no-otro” (Nicolás de Cusa). Es el crucificado en una pequeña ermita semiderruida de las afueras de Asís. Es el Dios en la entraña de nuestra temporalidad, de nuestra caducidad, de la finitud, del dolor, de la muerte (E. Jüngel). Ahí está Dios. El Dios que es compasión en la entraña de todo dolor.

Y yo subrayaría todavía otro rasgo al que la cultura actual es especialmente sensible y que considero muy verdadero en el sentido de revelador, sugerente, fecundo, transformador: el Dios de la comunión ecológica de todos los seres. Dios es en el corazón del mundo, es el corazón del mundo y de todas las criaturas sin distinción jerárquica. Francisco lo intuyó adelantándose a los tiempos. Él vivió, naturalmente, en una cosmovisión antropocéntrica, compartió una cultura y una teología profundamente geocéntrica y antropocéntrica, en la que el ser humano es la cima de la creación y el motivo último de todo el obrar divino y de toda la “historia de la salvación”. Sin embargo, más allá de esa cosmovisión teológica, Francisco no se sentía de hecho superior a las demás criaturas, no se sentía corona y centro de la creación; se sentía simplemente hermano, profundamente hermano de todos los seres. Hermano del sol, del fuego, del aire, de la tierra madre, del lobo, de la muerte que es hermana inseparable de la vida. Nos dice Celano que “abrazaba todas las cosas con indecible afectuosa devoción” (2 Cel 165) y que “la fuerza del amor le había hecho hermano de todas las criaturas” (2 Cel 172).

Dios es la relación, la interrelación, el respeto y el cuidado de todo cuanto es, desde las partículas subatómicas a las galaxias en expansión. Es bueno creer en el Dios que lo habita todo y en quien todo habita, el “Dios, en quien vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28). Un Dios que no es parte del mundo ni la totalidad del mundo, pero que tampoco es alguien ni algo exterior al mundo y separado de él. Un Dios que es como la “Totalidad” respecto de las partes de toda realidad (K. Schmitz-Moorman), como la “forma” que todo lo informa, como “el alma” que todo lo anima, como “la memoria” que todo lo mantiene vivo en el corazón de la vida.

En consecuencia, una espiritualidad de nuestro tiempo ha de ser profundamente ecológica, una espiritualidad ecológica de la comunión universal, del respeto y del cuidado de todos los seres. Como escribe L. Boff: “Cuando hablo de espiritualidad pienso en un nuevo sentido de ser, en un nuevo sueño colectivo, entretejido de valores infinitos como la cooperación, la solidaridad, el respeto a cada ser, el cuidado de toda la vida, la armonía con naturaleza, el amor a la Madre Tierra y la pluralidad de expresiones de lo Sagrado”[7].

2. Ilumina las tinieblas de mi corazón

En contra de una imagen muy extendida, Francisco padeció la amargura y el miedo de las tinieblas. Él, un joven alegre y afortunado de una ciudad luminosa, en una ladera orientada al sol ante un espléndido valle… experimentó la angustia de la oscuridad. Vivió en su cuerpo y en su alma la negrura de la noche. “Las tinieblas de mi corazón”. Y eso no solamente durante sus años de “búsqueda vocacional”, sino a lo largo de su vida, y sobre todo al final, cuando su cuerpo era una llaga, su fraternidad se alejaba de lo que él había soñado y muchos hermanos le daban la espalda.

Y con eso ora. No elude el reconocimiento de sus tinieblas, mira de frente la sombra, acepta sentir a fondo la noche que le rodea. Y sigue cantando, como la alondra, hasta el último aliento.

Vengamos a nuestro tiempo. No vivimos en una época tranquila y luminosa. Daniel Innerarity habla de una “intransparencia irreductible” o del “final de la evidencia y la visibilidad” o de “la falta de rotundidad” de la realidad en su conjunto y de la sociedad en particular[8]. Efectivamente, nada es rotundo y seguro. Y tiene razón Innerarity cuando afirma: “Quien presenta lo que dice como irrefutablemente verdadero, o no es sincero o no dice nada interesante”[9].

¿Qué puede ofrecer la espiritualidad en una época de desorientación como la nuestra? Ha de poner luz donde hay oscuridad, pero no podrá hacerlo a base de certezas doctrinales y morales. La espiritualidad auténtica no ofrece respuestas seguras a todas las preguntas, a ninguna pregunta. La espiritualidad ofrece más bien la libertad y la osadía para volver a cuestionar todas las respuestas, para seguir buscando, para seguir caminando en la noche. La espiritualidad consiste en adentrarse confiadamente en el misterio que envuelve toda la realidad y nos acoge a cada uno como único. La espiritualidad consiste en sentirnos a salvo en medio de la noche, acompañados en la intemperie por la presencia de Dios, como nube oscura y luminosa. La espiritualidad consiste en aprender a caminar en paz sin ver ni saber, sin dejarse paralizar por el miedo y la inseguridad, sin querer aferrarse a certezas, sabiéndonos sostenidos por Dios aun en el vacío. La espiritualidad es saber guiarse de noche “sin otra luz ni guía / sino la que en el corazón ardía”. “De noche iremos, de noche, / que para encontrar la fuente / sólo la sed nos alumbra” (Luis Rosales).

La espiritualidad comparte desde muy adentro las oscuridades, perplejidades e innumerables fragilidades de todos los hombres y mujeres, más allá de sus creencias e increencias. La espiritualidad recibe aliento precisamente de las personas desalentadas que caminan con nosotros, y se deja iluminar por la lámpara preciosa que llevan oculta en su interior las personas desorientadas con quienes compartimos la tierra de partida y la tierra de llegada de nuestra peregrinación. De este modo, la espiritualidad infunde aliento a los hombres y a las mujeres de hoy en un mundo cada vez más complejo, cada vez más sensible a las amenazas, cada vez más inseguro, cada vez más temoroso de tantas sombras que se ciernen.

Una espiritualidad así abre murallas y fronteras. No permite que nos convirtamos en secta. Nos cura de la amargura e impide que nos consideremos superiores a nadie. Nos hace humildes receptores de la luz que ofrecemos. Nos abre a la paráclesis y al consuelo de Dios en todos los demás, y hace de nosotros paráclitos y consoladores. Enciende una llamita de luz y de calor en las tinieblas más espesas del corazón. Es una bendición.

3. Dame fe recta, esperanza cierta, caridad perfecta

De la invocación y de la admiración, Francisco pasa a la súplica. ¡Qué bien lo comprendemos nosotros que nos sabemos tan necesitados! “Ilumíname”, “dame”. ¿Por qué pide Francisco? Porque se sabe radicalmente indigente. Quiso ser mendicante y vivir de limosna, una vez que él dio en limosna todo lo que poseía y dio también de antemano todo aquello que pudiera poseer. Y llama a Dios “el gran limosnero”: Dios no es solamente el que da en todo aquel que da, sino también es el que pide en todo aquel que pide.

Francisco pide a Dios. Toda petición a Dios es reconocimiento de nuestra limitación, de la conciencia radical de nuestra indigencia. Francisco se reconoce necesitado ante Dios. Al pedir que Dios le ilumine, reconoce su tiniebla interior; al pedir fe recta, esperanza cierta, caridad perfecta, reconoce que se siente inseguro en su fe, vacilante en su esperanza, imperfecto en su amor. Por eso pide.

Ora a Dios en forma de súplica humilde, de petición confiada. También aquí, hay que distinguir la forma y el sentido último. El sentido último no se encierra en el significado del enunciado. El sentido profundo de la petición de Francisco no reside en la petición como tal, es decir, no reside en el objeto que pide ni siquiera la fe, la esperanza y la caridad perfecta en cuanto objeto de petición, ni en el hecho de pedir como tal, sino que reside más bien en el hecho de que, en su sentimiento radical de necesidad, expresa ante Dios una confianza aún más radical. Y al expresar ante Dios su confianza radical, su vida se abre para que emerja Dios en su vida, como se abre la tierra para que broten la planta y el fruto. Lo esencial de su petición es que así se abre su vida para que Dios se manifieste y opere su acción transformadora.

¿Por qué pide el creyente? No pide para que Dios conozca nuestra necesidad. No pide para que Dios haga algo que de otra forma no haría, o para evitar algo que de otra forma haría. La oración no cambia a Dios, sino al orante. Oramos para expresar nuestra necesidad y nuestra confianza. Oramos para acoger y agradecer. Oramos para transformarnos. Oramos para dejar ser a Dios y para hacer que Dios sea en nosotros y en todas las cosas. Es como si Dios estuviera pidiendo en nosotros y nosotros sentimos que no podemos desatender la llamada del Gran Limosnero. Recordemos las conmovedoras oraciones de Etty Hillesum, en las que no pide nada, sino promete humildemente ayudar a Dios, prisionero en todos los corazones y en todas las cárceles como aquellos desdichados prisioneros destinados a Auschwitz: “Tú, Dios mío, no puedes ayudarnos. Yo te ayudaré, Señor, y así me ayudaré”. Cuando ayudamos a Dios, dejamos que Dios nos ayude desde nosotros mismos, pues somos providencia de Dios para nosotros mismos y todas las criaturas.

“Dame fe recta”. A Francisco le preocupó mucho la fe recta, la ortodoxia. Hay que entender la situación social y eclesial de su tiempo. Aquellos tiempos fueron también tiempos de un gran cambio cultural y social, tiempos de inquietud y de inseguridad, de necesidad de reforma social, eclesial, espiritual. Eran frecuentes los predicadores itinerantes de reforma cristiana y eclesial. El movimiento cátaro se había instalado en el Valle de Espoleto, muy cerca de Asís. Y había otros muchos movimientos, algunos en la frontera de la ortodoxia y del sistema vigente, otros claramente condenados como herejes, como era el caso de los cátaros. ¿A quién seguir? Por un lado, Francisco no se siente en absoluto identificado con aquella institución eclesial en su conjunto: una iglesia clerical, piramidal, poderosa, a veces aliada con el emperador, otras veces en guerra con el emperador. A pesar de ello, Francisco no quiere, no puede, alejarse lo más mínimo de aquella estructura eclesial y teológica: no cuestiona la “doctrina oficial”, ni el clero, ni la jerarquía, a pesar de muchos y flagrantes abusos. Piensa y está íntimamente convencido de que la fe y el seguimiento de Jesús se juegan en la fidelidad a la doctrina que enseña la iglesia oficial y en la fidelidad a los sacerdotes, por indignos que sean. En el fondo, y con toda decisión, él busca otra cosa, pero su mentalidad no le permite liberarse de aquellas formas. Y parece identificar fidelidad a la Iglesia con fidelidad al sistema clerical, la fe con la doctrina dogmática, el seguimiento de Jesús con la doctrina sacramental tradicional.

Hoy estamos en un momento cultural y espiritual distinto al de Francisco. Mucha gente, dentro y fuera de la Iglesia cristiana, está tomando conciencia una conciencia colectiva de que la fe no consiste en creencias dogmáticas, en la práctica ritual de los sacramentos, en la adhesión institucional a un sistema clerical. A diferencia de Francisco, nosotros podemos debemos pensar que la “rectitud de la fe” no depende de la sintonía mental con unas fórmulas dogmáticas. La fe no es recta porque crea firmemente en todos los dogmas, porque mantenga sin fisuras unas creencias, porque asienta plenamente a unas fórmulas. La rectitud de la fe no se juega ahí. No se juega ahí la gloria de Dios. La fe es recta cuando el corazón confía, desnudo y libre, cuando se abandona como un niño en brazos de su madre, cuando no necesita saber ni explicar nada, cuando no teme pensar libremente, cuando la confianza profunda le permite dudar de todo.

No se trata de incurrir en un relativismo superficial e irresponsable, sino de iniciarnos verdaderamente en la confianza vital profunda, más allá de todo sistema de creencias y certezas. “La fe no tiene objeto”, como insiste el sabio y místico R. Panikkar. Es decir: el objeto de la fe no son las ideas o los significados de las fórmulas de fe. El objeto de la fe es Dios como misterio más allá de toda palabra, imagen y fórmula. La fe recta en Dios consiste en aprender a confiar en Dios, aunque caminemos por un valle de tinieblas. Por eso, como bien escribió E. Biser hace ya bastantes años, “la verdadera antítesis de la fe no hay que buscarla en la incredulidad, sino en el miedo”[10]. La herejía auténticamente peligrosa no tiene que ver con la doctrina, sino con la confianza. La peor herejía es la “herejía emocional”, es decir, la falta de ánimo.

A eso apunta el fondo místico de todas las religiones. Eso es lo que nos une más allá de los credos y de los códigos. En eso consiste la “espiritualidad integral” de la que habla W. Jäger: “El término espiritualidad integral hace referencia a la búsqueda del fondo común que subyace en todos los caminos espirituales auténticos, en un esfuerzo de encontrar y defender todo lo que nos une, eliminando barreras y yendo al meollo de la práctica, con la diversidad que ésta se dé. Este centro o base común es la experiencia mística, que ha de desarrollarse como perspectiva en todos los aspectos y niveles de la vida humana. Por eso es espiritualidad integral, que no sustituye ni añade nada a los diferentes caminos, sino que realiza un esfuerzo de unión y de encuentro. Proponemos una nueva forma de ver las búsquedas esenciales del ser Humano, desde una perspectiva no dogmática, de aceptación y tolerancia de lo auténtico de los diferentes caminos y tradiciones espirituales, y desde la incorporación en la práctica de todos los niveles de la vida humana: cuerpo, energía, emociones, mente y espíritu, como el todo único que somos, en una convergencia trans-confesional que venimos a llamar Espiritualidad Integral. Para ello hemos de revisar los presupuestos de los que venimos. Vivimos un momento excepcional en Occidente. Es un momento de crisis generacional que muchos han calificado de cambio de época. Un nuevo fundamentalismo se extiende en las culturas con ánimo de confrontación, dando lugar a dogmas y cerramientos culturales”[11].

“Esperanza cierta”. Pero ¿la esperanza puede ser cierta? Parece un contrasentido, y lo es. La certidumbre de la esperanza no es del orden de nuestras certezas ordinarias. No es la certeza de que algo vaya a suceder en un futuro más o menos lejano. Es, más bien, la certeza o la decisión o la determinación de la actitud vital, del compromiso con el futuro. ¿Qué futuro? El futuro que Dios es para nuestra vida y que nosotros debemos encarnar, actualizar, anticipar. Es una forma de vivir que abre en lo antiguo la brecha de lo nuevo, que anticipa el futuro, que hace presente aquello que esperamos.

No se trata de ser optimistas o pesimistas respecto de un hipotético futuro más o menos incierto. Se trata más bien de “recuperar el futuro” en nuestra manera de ver el presente y de vivir[12]. No podemos decidir hoy sino pensando en el futuro que queremos dejar a la próxima generación humana y a las próximas generaciones de todas las especies. No vivimos en una época de optimismo respecto del futuro. Incluso a menudo parece que el futuro desaparece del horizonte en aras del presente, también él amenazado.

Francisco de Asís fue un temperamento más bien optimista, pero no faltaron en su vida circunstancias que acrisolaron su optimismo. En cualquier caso, su esperanza no consistió en su optimismo vital, sino en su forma innovadora de vida, creadora de futuro.

La espiritualidad es inseparable de esta actitud de esperanza anticipadora. Esta espiritualidad y esta esperanza no nos hacen más optimistas, sino más fieles y confiados. La fe no nos da un suplemento de seguridad respecto del futuro, sino que nos empuja a crearlo. Eso es esperar. Esperar es hacer que llegue el futuro que deseamos. La esperanza cierta es encargarse del futuro con determinación.

Esa determinación requiere una gran confianza y una gran generosidad. Ambas cosas. La generosidad que se apoya en la confianza y la aumenta, la confianza que nace de la generosidad y la suscita. Ahí está la sabiduría. La sabiduría de la vida que Diego Gracia expresa citando la lapidaria frase tallada en el palacio Rajoy de Santiago de Compostela: “Trabaja como si fueras a vivir siempre, vive como si fueras a morir mañana”[13]. Ahí se expresa la sabiduría de la esperanza.

En esta esperanza hecha de confianza profunda y determinación cierta no cuenta el éxito. No importa que fracasemos en nuestra apuesta. También Jesús fracasó, y supo que iba a fracasar, pero siguió “esperando contra toda esperanza”. Y lo esencial no es que siguiera esperando alguna intervención milagrosa de Dios a última hora que recondujera la situación. Lo esencial es que Jesús se mantuvo hasta el fin fiel a su compromiso por el reino de Dios: aunque él fracasara, la causa merecía la pena; tal vez, la causa exigía que él fracasara como han fracasado tantos mártires. ¿Han fracasado? ¿Fracasó Jesús? La fe pascual afirma que Dios está con todos los mártires y que todos los mártires están en Dios, que Dios estuvo con Jesús hasta el fin y “más allá” del fin, que Jesús vive en Dios, y que, a pesar del aparente fracaso, la bondad y la vida son más fuertes que el sanedrín y el imperio, porque Dios es vida y bondad.

“Caridad perfecta”. La caridad, o el amor, es lo que cuenta. (Caritas es la traducción latina del ágape griego, mientras que amor traduce más la filía griega; así, caridad ha sido entendido como “amor superior” y tiene una connotación más explícitamente religiosa que amor, pero cabe entenderlos perfectamente como sinónimos). Son términos desgastados por el uso y lastrados de equívocos. Pero ¿cómo renunciar a ellos? Somos cuanto amamos. Somos en cuanto amamos. Todas las grandes mujeres y hombres de espíritu lo han sabido en todos los tiempos, independientemente de sus adscripciones religiosas. Jesús lo supo y lo enseñó. Francisco también lo supo y lo enseñó.

Lo único que importa es la caridad o el amor, es sentir la herida del otro como propia, es sentirse responsable del destino del otro desde la compasión, es cuidar al otro a toda otra criatura porque me necesita. Y porque yo no puedo ser sin él; no puedo ser feliz sin quererle. Él/ella no puede ser sin mí, sin que yo le quiera y tampoco sin quererme.

La caridad, como también la ética en el fondo, sólo puede ser concreta: es dejarme atraer por el otro, por la otra, por toda criatura, por su ser maravilloso y herido; es unir mi destino al suyo porque “quiero”, por gusto, porque le quiero y me gusta (y muy a menudo aunque no me guste, pues nuestro gusto no es todavía suficientemente divino); es hacerme próximo, sentirme compañero y samaritano del que me necesita, gozar con toda criatura que goza y compadecer a toda criatura que sufre.

La caridad o el amor no es simple comportamiento que responde a un imperativo ético o a razones filosóficas o a sublimes razones teológicas: el valor de la persona, la semejanza de Dios… No. La caridad o el amor es una praxis inspirada por la presencia carnal del otro con su gracia y sus heridas. La razón es simplemente el otro en su concreta realidad, siempre indigente.

Así fue la conducta de Jesús. Simplemente, fue bueno. Creativamente bueno. Lo característico de Jesús es la “bondad creativa” (J.A. Marina). También la bondad de Francisco fue muy libre y creativa.

Así ora, pues, Francisco. Así pide. Yo no sé si la oración de petición tiene sentido. El sentido, en cualquier caso, no está tanto en la petición como tal, sino en la actitud del que pide. No pedimos a un Dios pasivo o arbitrario para que intervenga. La petición como forma sugiere que Dios puede dar o no dar: darnos fe o negarla, darnos esperanza o negarla, darnos caridad o negarla. Pero Dios es pura y plena donación, y no puede no darse, como nosotros no podemos dejar de respirar. Al igual que Dios se revela en todo, Dios obra siempre en todo, está siempre dándose del todo en todo. Es la dynamis que late en la realidad. Es la presencia operativa, creadora, transformadora, que habita todo cuanto es, desde las partículas hasta las galaxias. Y la realidad, que está abierta, inacabada e interrelacionada, necesita que la presencia de Dios emerja y se realice desde sus entrañas.

¿Qué es orar? Orar no es pedir, sino expresar ante Dios, en Dios, nuestro ser más profundo con palabras o en silencio. Orar es ahondar la conciencia de que somos en Dios y de que Dios es el aliento más profundo de nuestro ser. Orar es dejar que el corazón se esponje de confianza, se ensanche de esperanza, se ablande de caridad, de ternura.

Así oraba Francisco en el fondo, más allá de la forma de petición que adoptaba su oración. La oración le transformó a él, fue la forma de dejar que Dios le transformara por dentro, fue su forma de hacerse cada vez más libre y divino, más confiado y bueno.

4. Sentido y conocimiento, Señor

Junto a las tres virtudes teologales, es llamativo que Francisco pida sentido y conocimiento. Pide luz interior para discernir. Luz para distinguir lo que Dios quiere. Pero la voluntad de Dios no es un proyecto que Dios tiene escrito, sino el camino que vamos haciendo entre sombras y escollos. Dios no dicta nada desde fuera. Dios se va abriendo desde el corazón de la criatura, desde el corazón del átomo, y de todo organismo y de todo ser humano. Dios se va abriendo como una semilla que se abre desde la entraña de la tierra, atraída por la luz y empujada por un impulso misterioso. Crece la vida. Crece Dios en la vida.

Para eso es preciso que se despierte el sentido y el conocimiento. Hoy lo llamaríamos “discernimiento”. Francisco no cesa de insistir sobre ello.

Es muy actual esta insistencia de Francisco en el discernimiento interior. Se dice que vivimos tiempos gnósticos; de hecho, muchos movimientos de “nueva espiritualidad” presentan claros elementos “gnósticos”: el anhelo de interioridad, el acento en el despertar de la conciencia profunda, la búsqueda de la liberación a través de una nueva manera de mirarse y de mirar toda la realidad… La gnosis fue un poderoso movimiento de los orígenes del cristianismo, que la gran Iglesia no supo integrar y la reprimió con ahínco como la amenaza más grande de la fe. Pero, más o menos reprimida, la gnosis siempre ha estado presente en el cristianismo, particularmente en sus corrientes místicas. Se manifestó poderosamente en la Edad Media en el movimiento cátaro violentamente perseguido y ahogado en sangre y en otros movimientos de reforma espiritual contemporáneos de Francisco. El gnosticismo vuelve hoy con fuerza y contiene muchas intuiciones válidas para una espiritualidad del s. XXI. Haríamos mal en reprimirlas tachándolas de “gnósticas”.

Podemos comprender en esa línea esta insistencia de Francisco en el sentido y el conocimiento interior. El sentido y el conocimiento como luz interior que nos permite sentir el aliento divino dentro de nosotros y dentro de todas las criaturas. El sentido y el conocimiento que nos permiten confiar profundamente en nosotros y en el prójimo y en todos los seres.

El sentido y el conocimiento no tienen que ver con una interioridad espiritualista, sino con una sensibilidad integral, y con una espiritualidad integral. De manera especial, tienen que ver con en la espiritualidad de todos los sentidos. ¡Qué importante es que curemos el maniqueísmo que ha maltratado en nosotros la sensibilidad, la sensualidad y todos los sentidos! La espiritualidad conlleva “liberar el cuerpo de las represiones del alma, de las represiones de la moral y de las humillaciones debidas al odio de sí mismo, para conseguir su verdadera salud”[14]. El conocer y el sentir son inseparables. Y no solamente a nivel psicológico y gnoseológico, sino también a nivel teológico. Los sentidos tienen una relevancia espiritual y teológica. Dios siente en todos los sentidos y todos los sentidos sienten a Dios en todas cosas: la vista ve a Dios en todas las formas, el oído oye a Dios en todos los sonidos y en todos los silencios, el olfato huele a Dios en todos los aromas, el tacto palpa a Dios en todas las caricias, el gusto gusta el sabor de Dios en todo los sabores de la vida. La espiritualidad ha de ser, pues, necesariamente una “espiritualidad del cuerpo”[15]. Amamos como cuerpo, confiamos como cuerpo, oramos como cuerpo. Para ser espirituales necesitamos relajarnos, liberarnos de las tensiones físicas y mentales, respirar bien, sentirnos bien en nuestro cuerpo, lo que no significa que hayamos de tener un cuerpo perfecto y gozar de una salud perfecta.

Ana Mendiola, una mujer donostiarra profesora de danza, alejada de la Iglesia pero profundamente espiritual, escribe: “En este caminar, busqué los conceptos para despertarles la conciencia de la naturaleza de los elementos, que cada elemento iba ligado a una fuerza que nutre, formando parte de nuestro organismo vital y, va ligado al universo formando parte del Todo, tratando de despertar una nueva conciencia y comprensión de nosotros mismos y, de ese espacio supuestamente vacío que es nuestro sentir, (lo visible y lo invisible). Teniendo en cuenta el tiempo en el que nos toca vivir en donde la productividad sólo por un objetivo, el ocio y el entretenimiento nos aletargan, tuve la necesidad de buscar ese cambio, esa activación de nuestros sentidos como renovación de estos en redes activas y despiertas a una nueva conciencia colectiva; cada sentido nos lleva armonizar: mi visión, mi tacto , mi oído , mi gusto, y mi olfato en la medida que están sensibilizados voy a mirar al mundo con otros ojos, descubriendo y elevando la belleza interior de cada ser humano”[16].

Estas palabras tienen pleno valor para nuestra espiritualidad.

5. Para cumplir tu santo y veraz mandamiento

También es significativo que Francisco acabe la oración hablando de cumplir y de mandamiento. Los malentendidos nos acechan en estos términos, como en todos los términos, y el malentendido del moralismo es de los más graves. Naturalmente, Francisco está inevitablemente condicionado en su vocabulario y pensamiento por la teología moral de su época, por la mirada pesimista al mundo y al cuerpo, por la espiritualidad moralista. Pero la mirada de Francisco no es pesimista. Su espiritualidad no es en absoluto moralista.

Cumplir es mucho más que la mera praxis. Se trata de praxis, sí, pero de una praxis liberada por dentro por el sentido y el conocimiento, por la sensibilidad, la gratuidad, la ternura, la voluntad de cuidado.

Traduzcámoslo por vivir. Se trata de vivir. Cumplir no es acatar los mandamientos, observar las leyes establecidas, someterse al orden. Francisco fue una persona extraordinariamente libre, liberada por dentro. Él que insistía tanto en la obediencia, no se dejó atar ni siquiera por la fraternidad creada por él. Buena parte de su vida la pasó en soledad, guiado por la luz interior, muchas veces vacilante. Cumplir es ser fiel a esa luz interior. Es vivir en el querer de Dios desde el sentido y el conocimiento.

El mandamiento de Dios obsérvese que Francisco utiliza el singular, no el plural “mandamientos” es el mandamiento de la vida, es el mandamiento del Evangelio en cuanto buena noticia. El cristianismo no es ninguna religión lo es en el fondo un conjunto de creencias ni tampoco un código de conducta. La verdad del evangelio es la vida en todas sus expresiones. La vida necesita soportes, pero aspira a ser libre, para darse del todo.

No se trata de un mandamiento externo. Ciertamente, la alteridad es ineludible. Nadie inventa su propia luz. La luz nos viene de fuera. Y siempre nos viene en forma de interpelación del otro, del que goza y del que sufre. Pero esa llamada ha de prender dentro. De otra forma nos avasalla y estrecha, nos va llevando a una muerte lenta, se va extinguiendo en nosotros el espíritu, el aliento vital. El mandamiento es la llamada que nos viene del viviente, del herido, del otro, de lo otro. Él necesita mi cuidado.

Esa llamada ha de arraigar en las entrañas en forma de compasión, y ha de convertirse en impulso vital que brota de dentro. Dios no manda nada. Dios no es un señor que impone leyes y pide cuentas. El mandamiento de Dios no es más que la ley vital, la ley de la vida, que quiere desplegarse y ser feliz.

En el fondo, y más allá de sus esquemas teológicos más o menos moralistas, a eso llama Francisco “santo y veraz mandamiento”. Dos adjetivos. ¿Qué significa santo? No significa moralmente intachable, sino vitalmente sano, libre, generoso, abierto, confiado. Santo es sano. Santo es feliz. Sólo la bondad puede ser feliz. Sólo la dicha puede ser santa, buena.

Y sólo así el mandamiento es veraz, verídico, verdadero. La verdad no consiste en la adecuación de una idea o de una conducta a una norma inmutable. La verdad es creativa, es un camino compartido de liberación y de gracia.

Así concluye la oración: con la palabra “mandamiento”. Pero la última palabra sólo adquiere su sentido a la luz de la primera: “oh”. De otra forma, el mandamiento se convierte en yugo. El mandamiento de Dios nos viene del rostro del necesitado, pero ha de surgir dentro de nosotros mismos, como el impulso de la vida que acompaña a la admiración, la gratitud, la compasión, la libre confianza.

Así la vida comprometida se convierte en la otra cara de la admiración mística. La mística se hace práctica, y toda la praxis se hace mística. Son los “desposorios de Santa Teresa y Che Guevara” de que habla Frei Betto.

Ésa es la espiritualidad que vivió Jesús y que no cesa de renovar la historia. Ésa es la espiritualidad que vivió Francisco en los albores de una nueva cultura. Ésa es la espiritualidad que estamos llamados a vivir hoy en un mundo en profunda transformación que quiere seguir respirando.

(Selecciones de Franciscanismo 115 [2010], pp.65-85)

  1. Enrique Martínez Lozano, “La crisis del sujeto en un cambio de epoca”, en el XVII Foro Religioso popular de Vitoria (2009).
  2. J. Comblin, http://servicioskoinonia.org/relat
  3. Ib.
  4. E. Johnson, La búsqueda del Dios vivo, Sal Terrae, Santander 2008, p. 42.
  5. Ib., p. 18.
  6. Ib., p. 17.
  7. “Crisis y ejemplos-semilla”, en Atrio.com, el 3-04-2009.
  8. D. Innerarity, La sociedad invisible, Espasa, Madrid 2004, introducción.
  9. Ib., p. 22.
  10. E. Biser, Pronóstico de la fe, Herder, Barcelona 1994.
  11. Cf. Pedro San José, “Espiritualidad integral. Antecedentes y consecuencias”, en Atrio.com (mayo 2009).
  12. Cf. D. Innerarity, “Recuperar el porvenir”, El País (17-05-2009)
  13. Diego Gracia, entrevista con Milagros Pérez Oliva, en El País Semanal 29 de enero de 2006.
  14. J. Moltmann, El Espíritu de la vida, Sígueme, Salamanca 1998, p. 110.
  15. J. Moltmann, El Espíritu Santo y la teología de la vida, Sígueme, Salamanca 2000, p. 102.
  16. En la revista Hemen 22 (2009) (próxima aparición).


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