José Serna. Amor de los amores

PRÓLOGO

El Cantar de los cantares –modismo superlativo para decir “el canto más bello” o “el mejor cantar”– es un librito bíblico maravilloso de apenas 10 páginas, sin firma de autor ni fecha de composición. Es de todos los tiempos, y todos somos su autor.

Un librito sorprendente desde sus primeras palabras, a modo de preludio: “¡Que me bese con besos de su boca! Son mejores que el vino tus amores”. En esa tonalidad sigue hasta el fin este poemario de amor, delicado y atrevido, erótico y natural a la vez, que habla sin pudor ni morbo de pechos y de sexo, de cuerpos que se encienden y se funden, de “licor de granadas”.

Es tanto más sorprendente cuanto que no encontramos en él referencia “religiosa” alguna, y la palabra “Dios” brilla por su ausencia; solo una vez se emplea el adjetivo “divino” en una expresión metafórica referida a la pasión sexual: “llamarada divina”. Brilla, pues, Dios por su ausencia, pero brilla más que nunca, más que ninguna llama, más que la Zarza ardiente del Horeb.

No todos supieron ni aciertan todavía a verlo de este modo. Llaman Dios a lo que no es mundo, o llaman amor a lo que no es eros. Cuando estas dicotomías empezaron a imponerse, ya en la Antigüedad, hubo maestros judíos que juzgaban el poemario como demasiado carnal y profano, indigno de formar parte de un libro divino revelado, pero se impuso la sabiduría espiritual primera: un concilio de rabinos dictaminó que el canto más bello formaba parte de su libro más sagrado.

Pero se impuso igualmente, tanto entre los teólogos judíos como entre los cristianos, y durante muchos siglos, una lectura dualista en un marco de espiritualidad desencarnada: el Cantar de los cantares no era propiamente inspirado o revelado por ser un canto al amor humano, sino por ser alegoría del amor divino: el amor entre las divinidades Baal y Astarté, o entre Dios e Israel, o entre Cristo y la Iglesia, o entre Dios y el alma. Como si cupiera un amor humano sin presencia divina, o un amor divino sin cuerpo.

No cabe dicotomía alguna. Dios es el Fondo o el Misterio Fontal de todo lo que es, la entraña o el Misterio entrañable de toda vivencia humana. Dios y el amor humano, con su “erotismo necesario”, no son dos. Tampoco son uno y lo mismo, pues el amor que vivimos es apenas, todavía, sino un germen del Amor. Dios es el Amor “primero sin segundo” en que brota y florece y fructifica todo amor, también nuestro pequeño amor de cada día, tan incipiente y limitado, sacramento y profecía sin embargo del horizonte del Amor que nos atrae al Infinito.

“El que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él –escribió Juan, el discípulo amado–, pues Dios es Amor” (Jn 4,16). Quien ama, en la medida en que ama, con su amor incompleto y herido que nadie puede medir, vive en Dios. Vive, simplemente. Llamamos Dios a la Vida que alienta cuanto es, que mueve, une y transforma todo, desde los átomos a las galaxias, el universo entero, los diversos universos que haya, si los hay.

El amor es la plenitud que vibra en todo o que emerge de todo: la partícula desconocida y el átomo, la neurona y la hormona, el gen y la cultura. El amor es, en el Cantar, toda la naturaleza, el cosmos entero: desde el sol, la brisa y el fuego hasta los ríos, el desierto y el abismo; desde el cedro, el enebro y el ciprés hasta la viña, la palmera y el granado; desde las gacelas, los ciervos y las tórtolas hasta los cuervos, las raposas y las panteras.

El amor es todos los seres humanos con todas sus relaciones, oficios, lugares y prendas: madre, compañero y hermano; rey, concubina y doncella; mercader, pastor y aparcero; guardia, mensajero y soldados; ciudad, plazas y bodega; alcoba, muralla y torreón; túnica, corona y velo. El amor es todo el cuerpo: cabello, ojo y nariz; boca, lengua y labios; pechos, ombligo y sexo; rostro, brazos y entrañas. El amor también es todas sus amenazas, y las defensas nunca son suficientes: emboscada, combate y espada; centinelas, escuadrones y escudos. El amor es todos los adjetivos: sabroso y enfermo, fragante y terrible, florido y cerrado. Y todos los verbos humanos: buscar y encontrar, llegar y marchar, velar y dormir, guardar y perderse, desfallecer y descansar, agarrar y soltar, abrir y cerrar.

Todos estos términos y muchísimos más encontramos en el canto de amor, que es el canto más pleno, por su luz y su sombra, por lo dicho y lo indecible. El canto del amor es a la vez la sinfonía más inacabada, porque el amor, como el ser humano, no es aún del todo. Somos deseo incumplido: “Lo busco y no lo encuentro” (5,6). Somos el Amor que se busca. ¿O el Amor que nos busca? La evocación de la ausencia es lo que hace, al fin, al canto del amor el canto más emotivo y bello.

Descúbrelo tú misma/o, amiga/o lector, en este comentario poético del Cantar de los cantares, versículo a versículo, que tienes entre manos. ¿Un comentario del Cantar de los cantares? Solo podría hacerlo un poeta enamorado, valga la redundancia, y José Serna Andrés lo es. Enamorado del amor de su vida, amor de los amores, y enamorado del Amor universal, del ser verdadero de todos los seres, del “lado bueno de este mundo que tiene herido un costado”. Enamorado de un mundo libre de males, curado del todo. Enamorado y dotado de la palabra precisa para decirlo de la manera más natural y sencilla. Afortunado el poeta que ha encontrado el Amor y encuentra palabras para decirlo, pues no necesita poseer nada para tenerlo todo.

¿Todo? Cuenta Viktor Frankl que una mañana de invierno, en un campo de concentración nazi, marchando a trompicones a su trabajo forzado, se le volvió más real que nunca la presencia de su mujer, deportada a otro campo, de la que ni siquiera sabía si vivía. Comprendió mejor que nunca el Cantar de los cantares. Comprendió que “la salvación del ser humano está en el amor y a través del amor”. Supo y sintió que el ser humano, desposeído de todo, puede ser plenamente feliz. Le basta amar, porque “el amor –dice el Cantar– es más fuerte que la muerte” (8,6).

“Quien a Dios tiene nada le falta”, escribió Teresa de Ávila, también ella poetisa enamorada, poetisa mística y por ello tan realista, sabedora de que Dios habita entre pucheros, en la vida real, la única vida, si la vivimos a fondo, pues cuando entramos en el Fondo de nosotros entramos en Dios, “centro del alma”. Quien ama es en Dios, más, es Dios, que es Todo, aunque todavía no lo vemos así. Quien ama espera a pesar de todo, y esperar, como amar, es vivir anticipando lo que aún no es. Amar es ser plenamente en la finitud. Amar es encarnar, formar o crear a Dios.

¿Afirmaciones vacías? A quien ama nada le falta, ratifica José Serna, proyectando la luz de los versículos y de las figuras del Cantar sobre las escenas de la vida real y sobre las heridas del mundo en que vivimos. No es un comentario al uso, ni una interpretación propiamente dicha, sino una prolongación actualizada, con palabras viejas de siempre y con palabras nuevas de hoy, sin pretensión ni artificio. Es una prolongación del Cantar de siempre y de todos, “en el silencio del metro”, “en las prisas del asfalto”, “en las redes sociales”, entre “los delitos de lesa humanidad”, “en el fragor de la injusticia”.

¿Qué otra cosa puede hacer un poeta sino prolongar el poema o la creación por la palabra? “Seguir bregando”, dice el autor, para “romper el cerco”, para que “que el nuevo mundo se levante por la mañana y se reorienten todos los caminos”, “para que entre la luz, para que la vida irradie, para que nos arrastre la ternura hacia el más acá de lo sencillo”, “para que renazca el jardín del mundo”, para “que respiren los pueblos”.

Para tener a quién decir y responder a quien nos dice: “Llévame contigo” (1,4), “Déjame ver tu figura, déjame escuchar tu voz” (2,14), “Grábame como un sello en tu brazo” (8,6).

Para que el Amor tome cuerpo, se haga carne.

José Serna, Amor de los amores, Ed. El Perpetuo Socorro, Madrid 2018



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