LA COMPASION QUE HACE HERMANOS

1. “He visto, he oído, voy a bajar”

Los israelitas, esclavizados, gemían y clamaban y sus gritos de socorro llegaron hasta Dios desde su esclavitud. Dios escuchó sus lamentos y recordó la promesa que había hecho a Abrahán, Isaac y Jacob. Dios se fijó en los israelitas y comprendió su situación” (Ex 2,23-25). Es curioso: mientras Dios parece alejado del pueblo sufriente, parece olvidado al mismo tiempo de su propio nombre. El Dios indiferente ante el dolor de su pueblo es un Dios olvidado de sí, de su nombre propio: “Dios de Abrahán, Isaac y Jacob”. Pero hay más: mientras Dios no se acuerda del dolor de su pueblo, tampoco éste, el pueblo, existe en verdad. Dios revela su identidad y pronuncia su auténtico nombre cuando dice: “He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he oído el clamor que le arrancan sus opresores y conozco sus angustias. Voy a bajar a librarlo del poder de los egipcios” (Ex 3,7-8). Y así empieza el pueblo a ser Israel.

El comienzo del libro del Exodo pone de manifiesto de manera impresionante no sólo que la identidad del pueblo y la identidad de Dios están indisolublemente ligados entre sí, sino que la compasión en el dolor es la matriz de esa doble identidad: Dios es Dios cuando com-padece con el pueblo, y el pueblo esclavizado es pueblo cuando la esclavitud se hace clamor común y cuando sienten que su clamor tiene eco en Dios. Dios es Yahvé en la medida en que liga su ser y su destino al ser y al destino del pueblo esclavo; el pueblo esclavo es Israel cuando viven la esclavitud en el com-padecimiento mutuo y en la conciencia de la compasión de Dios.

Así ratifica y encarna Israel la honda intuición presente en toda experiencia humana y religiosa profunda: el hombre existe en tanto en cuanto es capaz de sentirse solidario con un pueblo que sufre, y Dios existe en tanto en cuanto es capaz de ligarse con el dolor humano. Dicho en forma negativa: la persona que se desentiende del dolor ajeno es in-humana y huye de sí; un Dios “ocioso” e indiferente ante la historia dolorida es un dios sin memoria, sin identidad, sin credibilidad.

Dios es creíble porque “ama cuanto existe” (Sab 11,24), porque “su amor llena la tierra” (Sal 33,5), porque su “compasión llega a todo viviente” (Si 18,13), porque promete y jura: “¿Acaso olvida una mujer a su hijo y no se apiada del fruto de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré” (Is 49,15). En esa ternura y compasión de Dios ha reconocido Israel la divinidad de Dios en cuanto poder que salva.

El poder que no se compadece es un poder débil que necesita defenderse e imponerse para ser; el auténtico poder es aquél que carga con el dolor ajeno y de esta manera lo cura. Así, la compasión de Dios no es signo de debilidad, sino máxima manifestación de poder salvífico: “Tú tienes compasión de todos, porque todo lo puedes” (Sab 11,23). Sólo la omnipotencia que se hace compasión salva al que padece: “Sólo un Dios que sufre puede salvarnos” (D. Bonhöffer).

2. “Al ver a la gente, sintió compasión”

Lo que más impresiona en la figura de Jesús es su compasión. Basta leer el evangelio y hacer la lista de las gentes a las que se entregó, de las que se hizo “próximo”, que fueron sus “preferidos”: los pobres, los ciegos, los lisiados, los leprosos, los hambrientos, los afligidos, los pecadores, las prostitutas, los recaudadores, los poseídos por el mal espíritu, los perseguidos, los presos, los cansados y abatidos, los mendigos, las viudas, los huérfanos, los últimos, los niños, las ovejas perdidas de la casa de Israel… “Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abatidos como ovejas sin pastor” (Mt 9,36). Con razón se ha escrito: “Lo más estructurante de la vida de Jesús es la misericordia” (J. Sobrino).

Y nada encarna mejor la misericordia-compasión de Jesús que esos gestos de curación que conocemos como milagros. Los relatos evangélicos lo señalan expresamente y repetidamente: “Vio mucha gente y, compadecido de ellos, curó a sus enfermos” (Mt 14,14). Jesús curaba porque sentía compasión, es decir, porque “se le removían las entrañas” ante el enfermo y el poseído. Los milagros de Jesús no son prodigios “sobrenaturales” (una palabra a la que la ciencia y la teología difícilmente encuentran hoy un sentido), sino gestos de compasión. Lo más “sobrenatural” de los milagros es la compasión, esa maravilla del hombre que se hace cargo y carga con el dolor del otro. Esa compasión de Jesús, encarnación concreta del Dios que “ve, oye y baja” a la humanidad sufriente, era lo que realmente curaba a los enfermos.J

esús murió literalmente “de compasión”, por haberse puesto del lado de esa larga lista se sufrientes, por haber denunciado con su palabra y su gesto a la religión y al Imperio que niegan a Dios haciendo sufrir al hombre. Se puso del lado de los sufrientes no porque valoraba el sufrimiento, sino porque lo combatía; no porque lo considerara meritorio, sino porque le resultaba blasfemo; no porque creyera que agradaba a Dios, sino porque sentía que nada era más contrario a Dios que el que su criatura sufra y muera. Jesús murió de compasión, porque Dios mismo “muere de compasión” (Nietzsche).

Pero de la muerte por compasión surge la vida que no acaba. La Cruz de la compasión se convierte en paso, en Pascua. El amor resucita allí donde muere de compasión. La Resurrección de Jesús es, para la lógica cristiana, la confirmación definitiva de esta ley que afecta a Dios mismo: Dios es, en Jesús, poder que se abaja hasta la muerte de su criatura; amor que resucita de la muerte a todas las víctimas cuyo destino comparte; esperanza que alienta a las víctimas y activa su lucha contra el sufrimiento.

3. “Un samaritano que iba de camino”

Ante las preocupaciones teóricas y espirituales del escriba, Jesús centra la cuestión en lo único que cuenta: “¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores? … El que tuvo compasión… Vete y haz tú lo mismo” (Lc 10,36-37). Como lo fue para Jesús, “el principio-misericordia” o el principio-compasión debe ser también el fondo y la trama de la vida del discípulo.

La compasión es no desviar, como el sacerdote y el levita, la mirada y el camino, no pasar de largo; es hacerse próximo, acercarse al herido, mirarle en los ojos, vendar sus heridas; es sentir en mis entrañas el dolor del otro y acordarme así de quién soy, nacer a la conciencia de mí desde el dolor del otro; es hacerme “rehén” y “responsable” del otro que sufre (E. Levinas). “La plenitud del amor del prójimo consiste simplemente en ser capaz de preguntarle: ‘¿Qué te atormenta?’” (Simone Weil).

Tal compasión no es indigna del hombre noble, no es “virtud de esclavos”, sino la marca propia de la dignidad humana; ésta no existe sino en cuanto negada por el dolor y, por consiguiente, en cuanto compasión con el dolor y lucha contra el dolor. Y ésa es la verdadera religión: hacer visible la compasión de Dios para con la criatura que sufre. Y ésa es nuestra vocación de “religiosos”: ser sacramentos de la compasión divina que comparte, alienta y libera del dolor.

4. “Se me tornó dulzura de alma y de cuerpo”

Pero la compasión no es un sentimiento blando, no es un favor otorgado, no es un “gesto de generosidad” para con unos pobres seres inferiores. Las “obras de compasión” son muy ambiguas, esconden muchas trampas sicológicas y espirituales; a menudo resultan ser una coartada para enmascarar nuestras propias necesidades afectivas, un camino de huida de nuestras propias heridas, un falso medio para ganarnos el pan del reconocimiento ajeno.

Cierto, la vida del discípulo no consiste en análisis y autodiscernimientos. El clamor de los que sufren nos impide pasarnos la vida en autocuestionamientos narcisistas. Pero, precisamente por ello, es bueno ser lúcidos y preguntarnos de vez en cuando: ¿me estoy haciendo de verdad próximo o estoy huyendo del otro en su verdadera alteridad, quizás porque el otro no es sino lugar de refugio y huida de mis propias heridas?

Hay un criterio que no falla. Francisco de Asís lo formula así en su Testamento: “Cuando vivía mundanamente, me era muy amargo ver a los leprosos; luego me acerqué a ellos y lo que antes era amargo se me volvió dulzura del alma y del cuerpo” (Testamento). Aunque suene a paradoja, la “dulzura del alma y del cuerpo” es el mejor criterio para saber si somos buenos samaritanos o escribas en permanente y torturante búsqueda de autojustificación.

Quien se acerca a los dolientes buscando la propia “dulzura”, no la podrá hallar, ni podrá aportar dulzura a los amargados; pero quien fija su mirada realmente en el otro que padece y se siente movido a compartir su dolor, compartirá al mismo tiempo su razón de vivir y de esperar, recibirá y dará aliento y consuelo. Es que “hay más dicha en dar que en recibir” (Hech 20,35), si bien esto solamente se verifica en aquél que está dispuesto a renunciar a su propia dicha por compartir la desdicha ajena. Ahora bien, paradójicamente, sólo se puede renunciar a la dicha, cuando en ello se encuentra una dicha mayor, cuando nos mueve a ello el corazón, el afecto, dicho de otra forma, una auténtica compasión, la compasión que nos hace hermanos. En efecto, la compasión auténtica es siempre al mismo tiempo “congratulación”, pues el ser humano es capaz no solamente de perderse dándose, sino también de salvarse perdiéndose.

OTROS TEXTOS PARA LA REFLEXION

1. LOS CRISTIANOS PERMANECEN CON DIOS EN LA PASIÓN

Los hombres en su dolor llegan a Dios,imploran ayuda, felicidad, pan,que salve de la enfermedad, de culpa y muerte a los suyos.Eso lo hacen todos, todos: cristianos y paganos.Los hombres se acercan a Dios en el dolor de Diosy lo hallan pobre, insultado, sin abrigo, sin pan,lo ven vencido y muerto por nuestro pecado, ¡oh Señor!Los cristianos permanecen con Dios en la pasión

(D. Bonhöffer)

2. LA COMPASION DESCIENDE DE DIOS ((SIMONE WEIL, A la espera de Dios, Trotta, Madrid, 1993).

La caridad para con el prójimo, al estar constituida por la atención creadora, es análoga al genio.

La atención creadora consiste en prestar atención a algo que no existe. La humanidad no existe en la carne anónima e inerte al borde del camino. El samaritano que se detiene y mira, presta sin embargo atención a esa humanidad ausente y los actos que se suceden a continuación dan testimonio de que se trata de una atención real.

La fe, dice san Pablo, es la visión de cosas invisibles. En ese momento de atención, la fe está tan presente como el amor.

Del mismo modo, un hombre que es­té enteramente a merced de otro no existe. Un esclavo no existe, ni a los ojos de su señor ni a los suyos propios. Los esclavos negros de América, cuando se herían por accidente en un pie o una mano, decían: «No es nada, es el pie del amo, es la mano del amo». Quien está enteramente privado de los bienes en los que se cristaliza la consideración social, cualesquiera que éstos sean, no existe. Una canción popular española dice con extraordinaria lucidez: «El que quiera volverse invisible no tiene medio más seguro que hacerse pobre». El amor ve lo invisible. Dios pensó lo que no era y, por el hecho de pensarlo, lo hizo ser. A cada instante, existimos solamente por el hecho de que Dios consiente en pensar nuestra existencia, aunque en realidad no existimos. Al menos, así nos representamos la creación, humanamente y, por tanto, falsamente, pero esta representación encierra una verdad. Sólo Dios tiene el poder de pensar realmente lo que no es. Sólo Dios presente en nosotros puede pensar realmente la condición humana en los desdichados, mirarlos verdaderamente con mirada distinta de la que se dirige a los objetos, escuchar verdaderamente su voz como se escucha una palabra. Ellos perciben entonces que tienen una voz; de otro modo, no tendrían ocasión de darse cuenta.

Es tan difícil escuchar verdaderamente a un desdichado, como difícil le es a él saber que es escuchado tan sólo por compasión.

El amor al prójimo es el amor que desciende de Dios al hombre. Es anterior al que asciende del hombre hacia Dios. Dios se apresura a descender a los desdichados. En cuanto un alma está dispuesta a dar el consentimiento, aunque sea la última, la más miserable, la más deforme, Dios se precipita hacia ella para poder mirar y escuchar a través de ella a los desdichados. Sólo con el tiempo llega el alma a ser consciente de esta presencia. Pero aunque no encuentre una palabra para nombrarla, allí donde los desdichados son amados, Dios está presente.

Dios no está presente, aun cuando se le invoque, allí donde los desdichados son simplemente una ocasión de hacer el bien y aunque sean amados en ese sentido. Pues están entonces en su papel natural, en su papel de materia, de cosas. Son amados de manera impersonal. Y es necesario aportarles, en su estado inerte y anónimo, un amor personal.

Por eso, expresiones como «amar al prójimo en Dios» o «por Dios» son engañosas y equivocas. Un hombre apenas tiene suficiente poder de atención para mirar simplemente ese trozo de carne inerte y despojada al borde del camino. No es el momento de volver el pensamiento hacia Dios. Así como hay momentos en los que se debe pensar en Dios olvidándose de todas las criaturas sin excepción, hay también momentos en los que, mirando a las criaturas, no hay por qué pensar explícitamente en el Creador. En esos momentos, la presencia de Dios en nosotros tiene como condición un secreto tan profundo que debe ser tal, incluso para nosotros. Hay momentos en que pensar en Dios nos separa de él. El pudor es condición de la unión nupcial.

En el amor verdadero no somos nosotros quienes amamos a los desdichados en Dios, sino Dios en nosotros quien ama a los que nos quieren bien. La compasión y la gratitud descienden de Dios, y cuando se encuentran en una mirada, Dios está presente en el punto en que las miradas se encuentran. El desdichado y el otro se aman a partir de Dios, a través de Dios, pero no por amor a Dios; se aman por el amor del uno al otro. Esto tiene algo de imposible. Por eso no se realiza más que por Dios. ( pp. 93-94 ) .

Así pues, la compasión para con los desdichados es una imposibilidad. Cuando verdaderamente se produce, es un milagro más sorprendente que el caminar sobre las aguas, la curación de un enfermo o incluso la resurrección de un muerto. (p77)

(FronteraHegian 8 [1995], p. 79-84)



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