LA ENCÍCLICA “LAUDATO SI” Y ECOLOGÍA INTEGRAL

Se me ha propuesto como título: “La Encíclica Laudato Si y ecología integral”. La ecología por naturaleza es integral. Es mucho más que una mera ciencia, que una mera moda, que una mera sensibilidad romántica, que el mero cuidado del medio ambiente. La ecología es un nuevo paradigma, una nueva manera de ver el mundo y de concebir al ser humano, una nueva manera de mirar, de sentir y de vivir.

La Encíclica “Laudato si” del papa Francisco es un hito en la historia del magisterio jerárquico: por primera vez, la ecología se convierte en objeto de exposición global, sistemática. ¡Gracias, papa Francisco! ¡Bienvenida su Encíclica! ¡Y bienvenido su título directamente tomado de Francisco de Asís! Es muchísimo más que un guiño de simpatía: es un programa espiritual, eclesial, político.

No creo que sea exagerado afirmar, además, que nos hallamos ante un acontecimiento eclesial y político de envergadura mayor, por el tono profético, el aliento espiritual, la denuncia abierta de las estructuras vigentes y el alcance y la concreción de las propuestas… Y por la esperanza que respira y emana: “La injusticia no es invencible (74[1]). “¡Basta una persona buena para que haya esperanza!” (71). “El amor puede más (149)”. Me gustaría mantener ese tono en mi intervención, y que os llegara al corazón alguna de las chispas que abundan en la Encíclica.

La crisis en la que el planeta se halla sumergido es una crisis ecológica integral que afecta a todas las manifestaciones de la naturaleza y de la vida que compartimos. Son inseparables la ecología ambiental, económica y ecología social (138-142), la ecología cultural (143-146) y la ecología de la vida cotidiana (147-155), la educación y la espiritualidad ecológica (202-246). La crisis económica es una crisis política. La crisis política es una crisis ética. La crisis ética es una crisis cultural. La crisis cultural es una crisis espiritual.

Todas estas crisis son inseparables, como son inseparables “el clamor de la Tierra y el clamor de los pobres” (49), una expresión que el papa toma del conocido título de Leonardo Boff “Grito de la Tierra, grito de los pobres”[2]: también eso constituye mucho más que un guiño fugaz; creo más bien que las líneas maestras y las mejores páginas, numerosas, son hechura del hermano Leonardo, un hijo de San Francisco al que Juan Pablo II hizo callar; el Espíritu no calla, no cesa de inspirar, transformar, crear. Si las crisis son inseparables en sus causas, solo podrán tener una salida conjunta. Solo cabe una solución integral, que la Encíclica propone: la “ecología integral” (137-162). No habrá solución mientras no transformemos las estructuras políticas y económicas del mundo y mientras no nos transformemos. Mientras no convirtamos nuestra mirada, nuestra sensibilidad, mientras no plasmemos nuestro ser verdadero en otra forma de vida y de acción.

Mi intervención se centrará, como se me ha pedido, en la vinculación estrecha que la Encíclica establece entre el grito de la Tierra y el grito de los pobres. Pero extenderé algo la perspectiva: la “ecología integral” es ese amplio y nuevo horizonte, nuevo paradigma, nueva manera de pensar, de mirar y de vivir que permite atender a todos los gritos como un solo grito, liberar todas las opresiones como una única opresión. En cualquier caso, opto por dejar hablar a la Encíclica misma con sus mismas palabras, ahorrando al máximo comentarios, y reduciendo al máximo las notas y referencias bibliográficas complementarias.

1. El clamor de la tierra y el clamor de los pobres

Laudato si describe un panorama desolador de “deterioro del mundo y de la calidad de vida de gran parte de la humanidad” (18). Baste mencionar algunas heridas sangrantes del planeta señaladas por el papa Francisco: sobrecalentamiento (23,24,26, 51), cambio climático (26,52, 168), contaminación en general (111, 175), contaminación del agua (48) (con mercurio en la minería del oro o con dióxido de azufre en la del cobre: 51), contaminación atmosférica que “provoca millones de muertes prematuras” (20), pérdida de la biodiversidad (38,39), “desertificación del suelo” (89), conversión del maravilloso mundo marino en cementerios subacuáticos (41), la tierra convertida “cada vez más en un inmenso depósito de porquería” (21). La encíclica es tajante: “Nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los últimos dos siglos” (53). Como super-organismo organismo viviente que es, formado de infinidad de organismos micro-organismos vivientes, podemos decir que la tierra siente y reacciona: la hermana madre tierra “clama por el daño que le provocamos” (2).

Y claman los pobres excluidos de la mesa común: “un veinte por ciento de la población mundial consume recursos en tal medida que roba a las naciones pobres y a las futuras generaciones lo que necesitan para sobrevivir” (95[3]). El lujo de una ínfima minoría contrasta con la “miseria deshumanizadora” (109) de una inmensa multitud, con su “degradación humana y social” (48); infinidad de pobres carecen de agua potable y padecen sequías, sobre todo en África (28, 29, 30), y “en algunos lugares avanza la tendencia a privatizar este recurso escaso, convertido en mercancía que se regula por las leyes del mercado” (30). Muchas culturas milenarias están siendo extinguidas (144). “Miles de millones de personas, la mayor parte del planeta” (49), son excluidos de la mesa común, mientras “se desperdicia un tercio de los alimentos que se producen” (50). ¿Qué significa entonces “no matarás”? Desechar es robar; robar es matar. El grito de los pobres sube desde la entraña de la tierra y del mar.

Pues bien, ambos clamores se unen en un solo clamor provocado por la misma causa: la “cultura del descarte” que todo lo que no sirve a su provecho inmediato lo convierte rápidamente en basura (22). Así, “la degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas (56), y se ceba en la parte más débil de la naturaleza y de la humanidad, como dijo la Conferencia Episcopal Boliviana en 2012: “tanto la experiencia común de la vida ordinaria como la investigación científica demuestran que los más graves efectos de todas las agresiones ambientales los sufre la gente más pobre”, afirmación que el papa Francisco hace suya en la Encíclica (48). Se podría decir también a la inversa: la agresión a los más pobres se traduce siempre en agresión a la naturaleza; “entre los pobres más abandonados y maltratados está nuestra oprimida y devastada tierra, que ‘gime y sufre dolores de parto’ (Rm 8,22) (2). En realidad, somos la misma naturaleza. Y la codicia que nos destruye también es la misma. En las periferias de las ciudades se levantan montañas de basura o centros de incineración, y en los basureros rebuscan los excluidos de la ciudad.

¿Qué nos pasa a los humanos? Es como si se hubiera apoderado de nosotros un delirio destructivo que es a la vez autodestructivo: “si alguien observara desde afuera la sociedad planetaria, se asombraría ante semejante comportamiento que a veces parece suicida” (55). Es una locura que arrastramos en nuestros genes desde hace milenios y que en los dos últimos siglos nos ha traído hasta el límite crítico en que nos hallamos.

Lo hemos llamado progreso, desarrollo, crecimiento. Pero, justamente, “las raíces más profundas de los actuales desajustes tienen que ver con la orientación, los fines, el sentido y el contexto social del crecimiento tecnológico y económico” (109).

Las causas de este panorama desolador tienen nombre, o muchos nombres que apuntan a la misma sinrazón: es la globalización del paradigma tecnocrático (101), o la tecnología al servicio de los más poderosos y ricos. Es el “tremendo riesgo” de que el poder “resida en una pequeña parte de la humanidad” (104). Es una economía centrada en la especulación financiera (56). Son los intereses económicos de las corporaciones transnacionales (38). Es el uso intensivo de los combustibles fósiles: el carbón, el petróleo, el gas (165). Es la depredación de los recursos por una visión inmediatista de la economía centrada en producir más para ganar más (32, 180). Es el sometimiento de la política a las finanzas, una de las denuncias más recurrentes de la Encíclica (54, 57, 109, 129, 175, 189, 196, 197). Es la ideología de un crecimiento ilimitado (46, 106, 193), basada sobre la mentira de la disponibilidad infinita de los bienes del planeta (106). Es un “desenfreno megalómano” (114). Hemos crecido pensando que éramos “propietarios y dominadores” de la tierra, “autorizados a expoliarla” (2). “Olvidamos que nosotros mismos somos tierra” (cf. Gn 2,7) (2).

Pues bien, este sistema mundial es insostenible, además de inhumano. Es preciso “escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres” (49). Ese clamor doble y único deja patente que “paz, justicia y conservación de la creación son tres temas absolutamente ligados” (92)[4].

2. Otra política, otra economía, otra forma de vida

Nos hallamos en una encrucijada planetaria sin parangón hasta ahora, debido a la responsabilidad humana. No sabemos si aún estamos a tiempo para evitar lo peor, pero sabemos que no podremos evitarlo si no tomamos ya medidas drásticas[5]. Y sabemos que la solución no puede venir del mismo paradigma que ha causado el problema. La solución, si la hay, solo puede venir del paradigma de la ecología integral, profunda. “Lo que está ocurriendo nos pone ante la urgencia de avanzar en una valiente revolución cultural” (114), reclama de la humanidad “una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático” (111).

Enumeraré algunas medidas estructurales concretas e imperiosas que la Encíclica señala. Pero, antes, traeré a colación la enérgica y reiterada denuncia que hace contra la pasividad de los grandes poderes fácticos para revertir la situación en esta emergencia planetaria: “Llama la atención la debilidad de la reacción política internacional (…)” (54). ¿Por qué? Sencillamente, porque no interesa a los poderosos. Francisco no se anda con rodeos y señala con el dedo: “El poder conectado con las finanzas es el que más se resiste a este esfuerzo, y los diseños políticos no suelen tener amplitud de miras” (57). “Muchos de aquellos que tienen más recursos y poder económico o político parecen concentrarse sobre todo en enmascarar los problemas o en ocultar los síntomas, tratando sólo de reducir algunos impactos negativos del cambio climático” (26). “Hay demasiados intereses particulares y muy fácilmente el interés económico llega a prevalecer sobre el bien común y a manipular la información para no ver afectados sus proyectos” (54; cf. 52). “Unos se desesperan solo por el rédito económico y otros se obsesionan sólo por conservar o acrecentar el poder” (198). Ellos dominan y falsean el debate, de manera especial a través de unos medios de comunicación que les están sometidos (cf. 49). Y eso es lo que explica “el fracaso de las Cumbres mundiales sobre medio ambiente” y el cambio climático (54, 166, 167); la razón salta a la vista: “las posiciones de los países que privilegian sus intereses nacionales sobre el bien común global” (169). Es trágico y cínico. Es asesino y, al fin y al cabo, es suicida.

Hay que cambiar radicalmente de rumbo. “La humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo” (23). Urge abandonar de una vez “la idea de un crecimiento infinito o ilimitado”, desenmascarar “la mentira de la disponibilidad infinita de los bienes del planeta” (106). Urge “desacelerar un determinado ritmo de producción y de consumo” (191), “detener un poco la marcha”, adoptar un “desarrollo sostenible” (193); es más, “ha llegado la hora de aceptar cierto decrecimiento en algunas partes del mundo” (193). En definitiva, urge “cambiar el modelo de desarrollo global” (194[6]), “eliminar las causas estructurales de las disfunciones de la economía mundial y corregir los modelos de crecimiento” (6[7]).

Concretamente, se impone “adoptar un modelo circular de producción que asegure recursos para todos y para las generaciones futuras, y que supone limitar al máximo el uso de los recursos no renovables, moderar el consumo, maximizar la eficiencia del aprovechamiento, reutilizar y reciclar (22), sustituir progresivamente “y sin demora” “la tecnología basada en combustibles fósiles” (carbón, petróleo, gas) (165). Y defender los océanos, que contienen “la mayor parte de la vasta variedad de seres vivientes, muchos de ellos todavía desconocidos para nosotros y amenazados por diversas causas” (40); y preservar “las barreras de coral, que equivalen a las grandes selvas de la tierra, porque hospedan aproximadamente un millón de especies”, pero muchas de ellas “hoy ya son estériles” (41); y proteger “esos pulmones del planeta repletos de biodiversidad que son la Amazonia y la cuenca fluvial del Congo, o los grandes acuíferos y los glaciares”, contra “los intereses económicos de las corporaciones transnacionales” (38); proteger también los humedales y los manglares (39). Y, por supuesto, cuidar “las riquezas culturales de la humanidad” y “prestar atención a las culturas locales a la hora de analizar cuestiones relacionadas con el medio ambiente” (143).

Para que todo eso no se reduzca a una serie de buenos deseos vacíos que si lo fueran dejarían de ser buenos, es indispensable “crear un sistema normativo que incluya límites infranqueables y asegure la protección de los ecosistemas, antes que las nuevas formas de poder derivadas del paradigma tecnoeconómico terminen arrasando no sólo con la política sino también con la libertad y la justicia” (53). La libertad es una farsa mientras la libertad económica sea solo “declamada”; no hay libertad sin igualdad de oportunidades, y por lo tanto sin poner “límites a quienes tienen mayores recursos y poder financiero” (129); no es libre el pequeño agricultor al que la agricultura a gran escala, los latifundios y monopolios fuerzan “a vender sus tierras o a abandonar sus cultivos tradicionales” (129; cf. 180). Y no habrá solución mientras no haya “una política que piense con visión amplia” (197), y mientras la política planetaria siga sometida a los intereses económicos de unos pocos. Con razón y contundencia afirma el papa Francisco: “Urge la presencia de una verdadera autoridad política mundial (175).

Pero la condición primera es que seamos honestos. Hace falta “honestidad para poner en duda modelos de desarrollo, producción y consumo” (138). Y honestidad, en particular, para reconocer la “deuda ecológica”, un concepto nuevo lanzado por algunos movimientos populares del Sur, como el Instituto de Ecología Política de Chile, con ocasión de la Cumbre de Río de Janeiro de 1992, y que la Encíclica hace suyo. La “deuda ecológica” se refiere a que los países industrializados del Norte se han enriquecido gracias a las materias primas expoliadas en los países del Sur, empobrecidos por las relaciones comerciales y las políticas de precios, y víctimas principales, además, de los desastres “naturales”, del cambio climático, de la elevación del nivel del mar, debidos en realidad, en buena parte, al cambio climático (25, 48, 51, 52)[8]. Hay que invertir los términos para ser honestos: la deuda ecológica de los países ricos es mucho mayor que la “deuda externa” que ahoga a los países pobres.

La deuda mata. La economía regida por reglas impuestas por los más poderosos y sus intereses mata. Y legitimar este desorden asesino apelando al derecho de propiedad privada es una impostura. La Encíclica afirma tajantemente: “Dios niega toda pretensión de propiedad absoluta” (67), y recuerda la prohibición bíblica de vender la tierra a perpetuidad (Lv 25,23); la tierra solo es de Dios, es decir: es de todos, ha de ser para todos por igual. La Encíclica reafirma “el principio de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes” (93), principio fundamental de la doctrina social de la Iglesia, reiterado a menudo por Juan Pablo II. “La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada” (93).

Ésas son las líneas y las concreciones fundamentales del cambio estructural profundo que estamos llamados a realizar: una revolución política, económica, civilizatoria que la hermana madre tierra, los seres más vulnerables dentro de ella, la propia vida dentro de nosotros mismos nos reclaman a gritos. Pero no podemos limitarnos a reivindicar el cambio sin cambiar nosotros en nuestras pequeñas opciones de cada día.

Laudato si señala una serie de ejemplos que están al alcance de cualquiera y que no deberían faltar en la vida de nadie: “evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el consumo de agua, separar los residuos, cocinar sólo lo que razonablemente se podrá comer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público o compartir un mismo vehículo entre varias personas, plantar árboles, apagar las luces innecesarias. Todo esto es parte de una generosa y digna creatividad, que muestra lo mejor del ser humano” (211).

El papel, el plástico, el hardware y el software de nuestros ordenadores y todo el mundo fabricado del vivimos rodeados también son hermana y madre tierra, pero hemos olvidado demasiado el contacto directo con la tierra. No estamos hechos para vivir “inundados de cemento, asfalto, vidrio y metales, privados del contacto físico con la naturaleza” (44), sin pasear por el campo, sin pisar la tierra con reverencia, sin observar y admirar cómo crece en ella la vida multiforme. Es preciso que lo redescubramos y lo incorporemos de nuevo en nuestro estilo de vida cotidiana. Y “un cambio en los estilos de vida podría llegar a ejercer una sana presión sobre los que tienen poder político, económico y social” (206).

3. Otra mirada, otra sensibilidad, otra espiritualidad

La ecología integral no se reduce a un cambio de estructuras políticas globales, por urgente y necesario que sea. Tampoco se reduce a un cambio de hábitos de conducta y de vida en el día a día personal, por indispensable que sean. La ecología integral requiere otra forma de mirar y de sentir: una mirada y una sensibilidad hecha de gratitud y humildad, de admiración y respeto. La ecología integral requiere o conlleva, en definitiva, una espiritualidad. El problema es en el fondo de tipo espiritual y la solución ha de ser espiritual. ¿Una nueva espiritualidad? ¿Otra espiritualidad? Simplemente, espiritualidad.

Una espiritualidad que podrá expresarse dentro o fuera de un marco religioso, pero, de cualquier modo, deberá transcender todo marco religioso institucional, hecho de creencias, ritos y normas[9]. Una espiritualidad, sin embargo, que no desdeña “ninguna forma de sabiduría…, tampoco la religiosa con su propio lenguaje”, tampoco “ninguna rama de las ciencias”, y acude “a las diversas riquezas culturales de los pueblos, al arte y a la poesía” (63).

Una espiritualidad eco-liberadora, una liberación espiritual y ecológica, una ecología espiritual y liberadora. Una espiritualidad capaz de inspirar y dotar de “su sentido más hondo” la cultura y la ética ecológica (210).

Una espiritualidad que nos enseñe a estar “plenamente presente” ante sí, ante el otro, ante todo ser, a vivir cada momento “con serena atención”, “plenamente”, “sin estar pensando en lo que viene después” (226).

Una espiritualidad que nos lleve a dar el “salto al Misterio” en el que todo vive, se mueve y es. Una espiritualidad que nos abra todos los sentidos para percibir cómo “el Espíritu, lazo infinito de amor, está íntimamente presente en el corazón del universo animando”, creando, transformando, “suscitando nuevos caminos” (238).

Una espiritualidad que nos haga admirar “el misterio del universo” (76-83) y captar “el mensaje de cada criatura en la armonía de todo lo creado” (84-88); que nos enseñe a descubrir que la naturaleza que nos rodea y somos “está llena de palabras de amor” (225), y a leerla como “un libro precioso” escrito por Dios (85), el libro más sagrado, muy anterior a todos los libros sagrados; que nos descubra el Misterio o lo divino “en una hoja, en un camino, en el rocío, en el rostro del pobre” (233).

Una espiritualidad capaz de ver que “el suelo, el agua, las montañas, todo es caricia de Dios” (84), o de la Vida o del Misterio que Es. Una espiritualidad que mire y acepte “el mundo como sacramento de comunión” (9[10]).

Una espiritualidad que mire a los seres no como “eventuales ‘recursos’ explotables”, sino como valiosos en sí (33, 140). Una espiritualidad que suscite en nosotros “un respeto religioso de la integridad de la creación” (130[11]).

Una espiritualidad que mire el mundo no como “un problema a resolver”, sino como “un misterio gozoso que contemplamos con jubilosa alabanza” (12). Una espiritualidad que perciba “a cada criatura cantando el himno de su existencia”, lo que equivale a “vivir gozosamente en el amor y la esperanza” (85[12]).

Una espiritualidad que nos haga ver y sentir que “todo está relacionado” (92, 117, 138), que “todas las criaturas están conectadas”, que “cada una debe ser valorada con afecto y admiración, y todos los seres nos necesitamos unos a otros” (42), que también son necesarios “los hongos, las algas, los gusanos, los insectos, los reptiles y la innumerable variedad de microorgamismos” (34), que “así como los distintos componentes del planeta –físicos, químicos y biológicos– están relacionados entre sí, también las especies vivas conforman una red que nunca terminamos de reconocer y comprender” (138), y que “la interdependencia nos obliga a pensar en un solo mundo, en un proyecto común” (164).

Una espiritualidad que “renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio” (11), que nos lleve a dejar atrás, como propias de tiempos pasados, las actitudes “del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos”, a vivir en sobriedad y en actitud de cuidado, a sentirnos “íntimamente unidos a todo lo que existe”, a hablar “el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo”, a dar a todas las criaturas, como Francisco de Asís, “el dulce nombre de hermanas” (11[13]).

Una espiritualidad que contempla a todas las criaturas como un coro que alaba y da “gloria a Dios con su existencia” (33). Así las miraba el Poverello de Asís y así lo expresa en su Cántico de las Criaturas o del Hermano sol, cuyo estribillo da nombre a la Encíclica del papa Francisco: Laudato si. “Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas. Loado seas por el hermano sol y la hermana luna, por el hermano viento y el aire y nublado y todo tiempo, por la hermana agua y por el hermano fuego, por la hermana madre tierra, y por la hermana muerte”. Y estaba profundamente convencido de que las diversas criaturas de la tierra conocen y alaban a Dios mejor que nosotros[14].

Una espiritualidad que nos enseñe a buscar la calidad de vida en la sobriedad, nos conduzca naturalmente a “un estilo de vida profético y contemplativo”, nos haga capaces de “gozar con poco”, pero “profundamente”, nos lleve “a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo pequeño, a agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos” (222). “La sobriedad que se vive con libertad y conciencia es liberadora” (223). Una espiritualidad que nos enseñe a “necesitar poco y vivir mucho”, disfrutando del placer de la relación, del “despliegue de los carismas”, de “la música y el arte”, del “contacto con la naturaleza” y la “oración” (223). Solo puede ser feliz quien es pobre y hermano, como Francisco de Asís.

Una espiritualidad que, en un mundo tan frágil, abra “nuestra inteligencia para reconocer cómo deberíamos orientar, cultivar y limitar nuestro poder” (78).

Una espiritualidad del descanso de la tierra, de los seres humanos y de todos los seres: “El descanso del séptimo día no se propone sólo para el ser humano, sino también « para que reposen tu buey y tu asno” (Ex 23,12) (68).

Una espiritualidad del respeto y del cuidado, o “una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad” (231). Una espiritualidad que nos enseñe “a recibir el propio cuerpo, a cuidarlo y a respetar sus significados” (155).

Una espiritualidad que nos brinde “la capacidad de admiración que lleva a la profundidad de la vida” (225), y así la “capacidad de vivir sabiamente, de pensar en profundidad, de amar con generosidad” (47).

Una espiritualidad que nos descubra la calma en medio del “ruido constante”, que nos libere del activismo y las prisas que nos invaden, “de la distracción permanente y ansiosa”. Una espiritualidad, en definitiva, que permita vivir “en paz consigo mismo” (225).

4. Ni centro ni corona de la creación

La descripción de la realidad que presenta la Laudato si es vasta y documentada, nítida y enérgica, tan nítida y enérgica como el grito de la Tierra y el grito de los pobres. El diagnóstico que ofrece es incisivo y certero, y sólidamente documentado: el gran responsable de la situación es la codicia insaciable de las grandes empresas y del capital financiero. La terapia que propone es tan apropiada como urgente: cambiar de rumbo y de cultura, de paradigma de progreso, de modelo de economía; es preciso adoptar el paradigma de la ecología integral[15].

Por todo ello, como he afirmado al inicio, esta Encíclica del papa Francisco me parece un hito en la historia del magisterio eclesial católico. La Tierra y los pobres se lo agradecen desde el fondo de su dolor y de su esperanza.

Pero la Encíclica en su conjunto sigue anclada en una cosmovisión antropocéntrica, y ésta me parece una laguna fundamental de este texto por lo demás espléndido. Permítaseme expresar esta crítica y plantear esta pregunta radical: ¿es coherente con la ecología integral seguir considerando, como hace, al ser humano centro y corona de toda la creación? ¿No mantendríamos así la antropología de fondo que nos ha traído hasta el lugar en que estamos? Me parece sintomático que despache como lo hace el gravísimo problema de la superpoblación humana del planeta, limitándose a criticar la reivindicación del control de la natalidad.

Denuncia, sí, las consecuencias del antropocentrismo en general (115-121), pero no supera a mi modo de ver una cosmovisión, una filosofía o una teología antropocéntrica. No solamente no considera la pertinencia del biocentrismo, sino que lo desautoriza (118). Reivindica, sí, una ecología integral (ambiental, económico-social, cultural) (137-162), pero creo que establece unos límites ideológicos que impiden su desarrollo coherente.

Señalaré algunas afirmaciones de la Encíclica que, en mi opinión, siguen sosteniendo una cosmovisión excesivamente antropocéntrica y que, por lo tanto, son incompatibles con una visión y una praxis ecológica integral:

1) Hace suya la afirmación tradicional, basada en la Biblia, de que “Dios le encomendó el mundo al ser humano” (5). ¿Qué será entonces cuando desaparezca la especie humana, que algún día, por la ley de la evolución y más probablemente por la acción humana sobre su propio genoma, desaparecerá?

2) Afirma que “el ser humano, si bien supone también procesos evolutivos, implica una novedad no explicable plenamente por la evolución de otros sistemas abiertos (…). La novedad cualitativa que implica el surgimiento de un ser personal dentro del universo material supone una acción directa de Dios” (81). Resulta bastante inexplicable que, a estas alturas, siga afirmando que la “novedad” humana sea inexplicable “por la evolución de otros sistemas abiertos” y que siga reivindicando una “acción directa de Dios” en el surgimiento del ser humano…

3) La Encíclica declara, sí, que “hoy la Iglesia no dice simplemente que las demás criaturas están completamente subordinadas al bien del ser humano” (69), que también “los demás seres vivos tienen un valor propio ante Dios”, “un valor en sí mismas” (69) y que “sería equivocado pensar que los demás seres vivos deban ser considerados como meros objetos sometidos a la arbitraria dominación humana” (82). Pero, a la vez, afirma que el ser humano “tiene una dignidad especialísima” (43), e insiste en el “valor peculiar” y la “preeminencia” (90) del “ser humano por encima de las demás criaturas” (119). En realidad, todo ser posee su propio “valor peculiar”, cosa que la Encíclica no niega. Pero ¿qué significa “por encima”? Es una pretensión peligrosa.

4) Declara que “un antropocentrismo desviado no necesariamente debe dar paso a un ‘biocentrismo’, porque eso implicaría incorporar un nuevo desajuste que no sólo no resolverá los problemas sino que añadirá otros” (118). Es cauteloso al decir que el paso al biocentrismo no ha de darse “necesariamente”. Pero a continuación afirma rotundamente que el biocentrismo implica un “nuevo desajuste”. No se dice por qué.

5) Sostiene que “debe reconocerse que el crecimiento demográfico es plenamente compatible con un desarrollo integral y solidario” (50) y critica a quienes sostienen que “conviene reducir su presencia [la del ser humano] en el planeta” (60). Me parece irresponsable y, en cualquier caso, incompatible con una ecología integral.

Es verdad que la Encíclica no se adentra en discusiones de tipo filosófico. Y, ciertamente, el debate filosófico o teológico en torno a la antropología no es lo que más hubiera interesado a los lectores de la Encíclica. Lo más decisivo es que llama a la humanidad, en tono enérgico y en términos muy concretos y claros, a hacer frente a su responsabilidad histórica y a revertir la historia, a pasar del dominio del mundo al respeto y al cuidado de todos los seres. Eso es lo fundamental. Pero también aquí se aplica aquello de que lo más práctico es una buena teoría. Si hemos llegado al borde de este precipicio no es solamente por la ambición individual y grupal de esta especie humana invasora, sino también por la antropología, la filosofía y la teología que la han acompañado y sostenido: la idea de que el ser humano es el centro y el sentido de todo lo que existe.

Al igual que los crímenes de género no habrían sido tales y tan numerosos de no haber existido el patriarcalismo, la antropología patriarcal, la idea de que el varón puede y debe dominar a la mujer, tampoco la humanidad hubiese llegado hasta estos extremos de expolio y destrucción de no haberse creído superior en dignidad a las demás especies, de no haberse considerado como dueño legítimo de cuanto es, de no estar convencido de que todo existía para él.

Nada cambiará si no cambiamos de cosmovisión. No pasaremos del dominio al cuidado si no superamos el estrecho paradigma antropocéntrico en el que todavía nos movemos. El ser humano no constituye el centro de la tierra, ni la tierra el centro del sistema solar, ni el sistema solar el centro de nuestra galaxia, ni nuestra galaxia el centro del universo. Aun si otorgáramos mayor valor a la vida inteligente, deberíamos reconocer que la inteligencia o ni siquiera la conciencia son patrimonio exclusivo del homo sapiens actual, que aún estamos en los inicios de un desarrollo infinitamente más grande de la inteligencia o de la conciencia en el futuro y que tal vez existen ya seres tanto o mucho más inteligentes que nosotros en alguno o en innumerables rincones de un universo en el que todo está relacionado con todo[16].

5. Pero ¿es posible esperar todo eso?

¿No es demasiado para que sea factible? ¿Podemos esperar tanto cuando observamos la falta de interés de los poderosos y el poder que acumulan en sus manos? Sería ingenuo pensar que los grandes poderes con sus inmensos intereses y sus insolubles rivalidades vayan a ceder. Y una esperanza ingenua puede convertirse en lo más ineficaz y alienante, en la mejor aliada de los poderes empeñados en que nada cambie.

Pero no llamemos esperanza a eso. Esperar no es aguardar. Esperar no es estar a la espera. Esperar es tener el aliento y el espíritu para seguir caminando, anticipando el futuro deseable y necesario, haciéndolo posible cada día. Esperar es crear otro mundo. Esperar es dejarse mover por el Espíritu creador del Génesis, el Espíritu que ha movido a todos los profetas y místicos religiosos o laicos[17].

Así esperó Jesús el Reino de Dios. No simplemente anunciándolo para el futuro, convencido de que algún día más próximo o más lejano tendría lugar, sino viviendo cada día lo anunciado: infundiendo aliento a los desahuciados, animando y movilizando a los pobres contra su miseria, compartiendo la mesa con los excluidos sociales y religiosos, compadeciéndose activamente de los heridos y hambrientos, curando a los enfermos, diciéndoles “levántate”. Jesús no fue optimista ni pesimista, sino un hombre movido por el Espíritu que consuela y transforma, remueve y recrea, el Espíritu que hace que “del seno mismo de las cosas pueda brotar siempre algo nuevo” (80), el Espíritu que “está íntimamente presente en el corazón del universo animando y suscitando nuevos caminos” (238).

Así esperó Francisco de Asís. En el leproso y el Crucificado se descubrió a sí mismo, su deseo más profundo, y en los Evangelios halló las palabras para expresar su sueño: un mundo sin señores feudales ni caballeros ni castillos ni siervos miserables, un mundo libre, justo, fraterno, y una nueva Iglesia, sin palacios ni ejércitos, sin clérigos ni laicos, una Iglesia libre, fraterna, pobre, hermana de los últimos. Y emprendió su camino con un puñado de hermanos sin reglas ni complicadas estructuras. Solo querían ser “hermanos menores”, los últimos. Iban por los caminos de aldea en aldea, sin casa ni dinero ni nada propio. Su vida era una denuncia radical del desorden existente, pero anunciaban la alegría de vivir: la fraternidad en la pobreza. La paz, el perdón, la esperanza.

Como toda esperanza, también la esperanza de Francisco atravesó la prueba y fue más allá del optimismo y del pesimismo. Su alegría primaveral se vio sometida a la prueba más dura: la del éxito. Los hermanos aumentaron y se fueron instalando en conventos de piedra, en el corazón de los burgos. La fraternidad se volvió Orden de religiosos clérigos, doctos, importantes, poderosos. Entonces, la duda, el desencanto, el sentimiento de soledad fueron apoderándose del corazón de Francisco. No era eso lo que había soñado. Pero no se sentía capaz de cambiar aquel rumbo ni quería enfrentarse con sus hermanos. En 1220, dimite de su responsabilidad al frente de los hermanos. Cuatro años más tarde se retira a una montaña, lejos.

En la primavera de 1225, la crisis de Francisco es total. Tiene 44 años. Está gravemente enfermo: el estómago le sangra, le duelen el hígado, el bazo, los ojos, sobre todo los ojos. Presiente la muerte. Se siente solo y fracasado, al borde de la desesperación. Pero entonces, en el fondo de su ser, se enciende la luz: recibe la seguridad de la “salvación eterna”, del “cielo”. Es el lenguaje del tiempo. Traduzcámoslo: siente el milagro de vivir, de ser uno con todos los vivientes, todos los seres. Se siente envuelto en el Bien Infinito. Despojado de todo, es libre de todo y de sí mismo, de todos sus deseos, de todas sus angustias. Y rompe a cantar: Laudato si, mi Signore[18].

Es el canto de un pobre, hermano y juglar. Su esperanza desapegada de toda expectativa, su sentimiento de ser hermano de todos los seres, el hermano menor de todos los menores le permite descubrir el auténtico gozo de vivir. Lo que le era amargo se le volvió dulzura de alma y cuerpo. Y se convirtió en juglar. Estaba convencido de que el gozo y el canto de la vida pueden transformar el mundo más que todos los poderes. Para eso compuso el Cántico de las Criaturas o del Hermano Sol.

Creo que esa misma convicción le impulsó a Jorge Bergoglio a llamarse Francisco, y le ha inspirado la Encíclica Laudato si. Dice: “Creo que Francisco es el ejemplo por excelencia del cuidado de lo que es débil y de una ecología integral, vivida con alegría y autenticidad… En él se advierte hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior” (10).

Vivir en autenticidad y alegría cuidando lo débil, eso es ecología integral, y eso es esperanza. La esperanza conlleva creer que “las cosas pueden cambiar” (13), que “la injusticia no es invencible (74), que “el amor mueve el sol y las estrellas” (77).

Pero conlleva sobre todo respirar de modo que podamos vivir de otra forma, vivir de una manera que cambie el mundo. Por eso afirma la Encíclica: “¡Basta un hombre bueno para que haya esperanza!” (71). Es decir, para que el mundo cambie un poco. “El amor puede más” (149).

“Como nunca antes en la historia, el destino común nos hace un llamado a buscar un nuevo comienzo […] Que el nuestro sea un tiempo que se recuerde por el despertar de una nueva reverencia ante la vida; por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad; por el aceleramiento en la lucha por la justicia y la paz y por la alegre celebración de la vida” (207[19]).

¿Será todo esto algo más que palabras, sueños y buenos deseos? De nosotros depende. Haz como Francisco de Asís. Basta un hombre bueno para que haya esperanza. La injusticia no es invencible. El amor mueve el sol y las estrellas. El amor puede más. “Caminemos cantando –escribe el papa Francisco–. Que nuestras luchas y preocupaciones por este planeta no nos quiten el gozo de la esperanza” (244).

Caminemos cantando, como vivió y murió a pesar de todo Francisco de Asís, el pobre, el hermano, el juglar de la esperanza.

(Estudios Franciscanos n. 462, Enero-Agosto 2017, p. 52-66)

  1. Las cifras entre paréntesis indican los números de la Encíclica.
  2. Ecología: grito de la Tierra, grito de los pobres, Trotta, Madrid 1995.
  3. Cita a la Conferencia Episcopal de Nueva Zelanda, Statement on Environmental Issues, 2006.
  4. Citando a la Conferencia del Episcopado Dominicano, Carta pastoral Sobre la relación del hombre con la naturaleza, 1987)
  5. Cf., por ejemplo: L. Boff. El planeta Tierra. Crisis. Falsas soluciones. Alternativas, Nueva Utopía, Madrid 2011; J. Araújo, XXI: siglo de la Ecología, Espasa, Madrid 1996; Riechmann, J., Economía ecológica: reflexiones y perspectivas, Círculo de Bellas Artes/CIP Ecosocial, Madrid 2009) (en colaboración); G. Müller-Fahrenholz, El Espíritu de Dios. Transformar un mundo en crisis, Sal Terrae, Santander 1996.
  6. Citando a Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2010.
  7. Citando a Benedicto XVI, Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, 2007.
  8. “Este mundo tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable” (30).
  9. Cf. R. Panikkar, Invitación a la sabiduría, Círculo de Lectores, Madrid 1998; De la mística. Experiencia plena de la Vida, Herder, Barcelona 2005.
  10. Citando el discurso “Global Responsibility and Ecological Sustainability: Closing Remarks”, pronunciado por Benedicto XVI en Estambul el 20 junio 2012.
  11. Citando el Catecismo de la Iglesia católica, n. 2415.
  12. Citando a los obispos de Japón.
  13. Citando a San Buenaventura, Legenda maior, VIII, 6.
  14. Cf. Admoniciones espirituales de Francisco de Asís (5,2).
  15. Cf. la “Declaración Universal del Bien Común de la Tierra y de la Humanidad”, presentada a la Organización Mundial de las Naciones por Miguel d’Escoto y Leonardo Boff.
  16. La existencia de vida, incluso inteligente, aunque en formas que no podemos imaginar, es una hipótesis con la que cuentan una mayoría creciente de científicos de diversas especialidades (astrofísicos, biólogos…). Cf. Hubert Reeves – Joël de Rosnay – Yves Coppens – Dominique Simonet, La historia más bella del mundo, Anagrama, Barcelona 1997; Juan Luis Arsuaga – Manuel Martín-Loeches, l sello indeleble. Pasado, presente y futuro del ser humano, Debate, Barcelona 2013. “El reciente descubrimiento de más de1.200 planetas multiplica las posibilidades de encontrar vida en nuestra galaxia”, afirmaba hace unos días (11-05-2016) en Madrid la astrofísica Jill Tarter.
  17. Cf. J. Arregi, Invitación a la esperanza, Herder, Barcelona 2015.
  18. Cf. C. Paolazzi, El Cántico del hermano sol, Efarantzazu, Oñati 2014 ; J. Dalarun, Le Cantique de frère Soleil : François d’Assise réconcilié, Alma éd., Paris 2014.
  19. Citando la Carta de la Tierra, 29 junio 2000, 159.


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