La fe radiante de Dietrich Bonhoeffer (y II)

Rose-Marie-Barandiaran“Dios no está más allá de los límites de este mundo, sino en el centro del mundo en vida y bondad”. Para el pastor alemán, este centro es la Realidad misma, es decir, “Dios es el centro absoluto de la realidad”. ¿Te resuena esta idea, José?

José Arregi: Sí, es una de las expresiones de Bonhoeffer que me resultan más sugerentes. “Dios en el centro de la vida”, “en el centro del mundo”, “centro absoluto de la realidad”. Pero que Dios sea “centro” no significa que sea el punto central de algo más grande, ni el eje o el núcleo de la vida personal, de la historia humana o del universo entero. Ni que Dios sea el poder decisivo, o el factor determinante, o el valor supremo. Dios no es algo ni alguien que crea, actúa, habla, interviene, sirve para algo, necesario para explicar el origen del mundo o para garantizar la vida eterna.

Tal “Dios” sería, dice Bonhoeffer, un deus ex machina, como aquellas divinidades que sobre el escenario del teatro griego “salían de una máquina” e intervenían para resolver una situación embarazosa. Es lo que hacen las religiones o las personas religiosas, afirma el pastor teólogo en párrafos brillantes: recurren a “Dios” para solventar sus problemas, sus limitaciones, la ignorancia, el sufrimiento, la angustia, la culpa, la muerte… o la sequía. Postulamos la “hipótesis Dios”, llamamos “Dios” a lo que nos falta y que necesitamos, y lo sacamos de nuestra maquinaria mental-emocional para resolver nuestros problemas. Es un proceder “fraudulento” y “deshonesto”, denuncia Dietrich. Y una estrategia de corto alcance, advierte, porque el “Dios necesario” retrocede o muere en la misma medida en que avanza nuestro saber o poder.

No es que muera, es que no existe sino en cuanto constructo de la mente humana. “No hay un Dios que hay” (“einen Gott den es gibt gibt es nicht”) sentenció Bonhoeffer; no “hay Dios” como hay energía, átomos o animales; no hay un “Dios” que se pueda contar como algo o alguien, como Ente Superior de una suma de entes o el Ente Supremo necesario más allá de todos los entes. Nos lo sacamos de nuestra maquinaria cerebral y social como remedio engañoso en nuestra necesidad.

Ahora bien, Dios no es lo que nos falta, es SER y el poder ser de todo, el potencial abierto y emergente de bondad en la evolución del universo sin comienzo ni fin. No es “una realidad”, es lo Real absoluto de toda realidad, que es una e interrelacionada, y toda ella inseparablemente física, viviente, sintiente, inteligente, emocional, consciente…, de la que el ser humano no es ni centro ni culmen ni fin. Claro que la teología de Bonhoeffer era todavía ajena a esta visión ecológica integral; su visión del mundo y, por lo tanto, su ética y su teología son antropocéntricas, están profundamente centradas en el compromiso socio-político por la justicia y la liberación. Y así inspirará directamente la teología política de Metz y de Moltmann, y a través de éstos, indirectamente, la teología de la liberación. Ciertamente, no hay contradicción de principio entre la teología de la liberación política y la teología de la liberación ecológica. Pero Dios no es, insistiría Bonhoeffer, ni la razón ética ni la garantía de éxito de la acción liberadora política o ecológica: es su centro y su verdadera manifestación, su dinamismo y su realización profunda, su cruz y su gloria, independientemente de credos y religiones.

Dios no es, pues, “nada”, a saber, no es algo que forme parte de algo –energía, materia, organismos vivientes, seres conscientes…– ni la suma de todas las partes: es la bondad creadora que late en cuanto es, la comunión de todos los seres desde la partícula atómica todavía invisible hasta las galaxias en constante formación; es el latido profundo de todo; es el impulso originario que mueve la vida, el amor, y todas las luchas humanas por la paz en la justicia, y todos los dolores de parto de la naturaleza o del universo o multiverso emergente. Dios no es tampoco “nadie”, alguien junto a alguien: es el Tú profundo que se nos revela en el tú que somos cada uno para nosotros mismos, y en el tú que son para cada uno todos los seres (agua, árbol, pájaro, refugiada africana con un niño en brazos…); y es el Yo profundo que funda todo yo, todo organismo, cuerpo, forma y conciencia en sus innumerables grados y formas.

Por eso, tampoco “experimentamos” a Dios como experimentamos el sabor de una fruta, la presencia de una amiga, la pasión de un compromiso, el placer y la belleza de una música o del silencio de un bosque o de un atardecer. Solo experimentamos a Dios en nuestras experiencias humanas, mundanas. Cuando respiramos, respiramos a Dios; cuando contemplamos el campo, contemplamos a Dios; cuando gozamos de una comida, gozamos de Dios; cuando padecemos una ausencia padecemos la ausencia de Dios; cuando sufrimos por una causa perdida, sufrimos la pérdida de Dios, cuando vivimos la esperanza activa de la paz y de la justicia, vivimos la esperanza activa en Dios. O también podríamos decir: Dios mira, huele, saborea, goza, sufre y llora, confía y espera en nosotros, en todo… Es necesario aprender a mirar y sentir la realidad a fondo, venerar e invocar y confiar en el fondo de lo real. Así entiendo la afirmación de Bonhoeffer de que Dios es el centro absoluto (no relativo o parcial) de toda realidad, aunque bien me gustaría saber cómo recibiría él esta interpretación en la cárcel de Tegel o de Buchenwald. Y hoy, aquí.

R.M.B. : Vivimos de nuevo tiempos revueltos, difíciles para los más vulnerables, y el sufrimiento alcanza su punto culminante en una guerra que nos golpea de cerca. Nuestras oraciones y consagraciones no parecen surtir efecto. ¿Qué significa esto?

Si retomamos la imagen de que “el mundo descansa en la mano de Dios”, Dios, sin embargo, parece querer dejar al mundo su autonomía. Permanece “impotente y débil, clavado en la cruz”. ¿Es así como nos ayuda a vivir como seres humanos? ¿Significa esto que nos corresponde a nosotros actuar?

J.A.: Vivimos sin duda, a nivel planetario, los tiempos más turbulentos de los 300.000 años de la especie humana Sapiens. Es verdad que nunca han sido tantas las posibilidades de Bien Común de la humanidad –otra cosa es el Bien Común de la comunidad de todos los vivientes, que no parece que haya ganado nada con la aparición de los humanos ni parece que vaya a mejorar su situación, debido al creciente impacto humano en el planeta entero–, pero nunca ha habido tanta guerra, explotación y diferencias, nunca tan pocos han poseído tanta riqueza a costa de la miseria de tantos. La guerra de Ucrania es hoy la más mediática, pero ni siquiera hoy es la más mortífera.

¿Y Dios? Cientos y cientos de millones de creyentes preguntan aún por qué “Dios” permite estas cosas, o siguen organizando vigilias de oración para que “Dios” nos asista. El deus ex machina sigue vivo en el imaginario de mucha gente. Las advertencias de Bonhoeffer a la gente religiosa siguen vigentes: su religión es un peligroso autoengaño personal, social, político. Es verdad que la inmensa mayoría –en unas dimensiones que nuestro autor nunca pudo ni siquiera sospechar– ya no cree en tal divinidad, simplemente porque su visión del mundo o su sentido común o su sabiduría más honda les dicen que esa creencia no solo es absurda, sino también potencialmente perniciosa.

El teólogo pastor les daría la razón en lo que niegan. Ese “Dios” que se hace presente y actúa cuando quiera para socorrer a los pobres humanos creados por él no existe. Pero no se limitó a negar al “Dios” que niegan los ateos. Y nunca renunció a seguir utilizando la palabra Dios (Gott, God) para anunciar a “otro” Dios en quien pudieran creer también los ateos (sin dejar de serlo, me atrevería a decir). Bonhoeffer es –junto con Tillich– uno de los teólogos cristianos pioneros de la crítica del teísmo entendido como creencia en un Theos Ente Supremo creador y omnipotente que interviene en el mundo cuando así lo decide. Nunca afirma explícitamente que se deba superar dicho teísmo, ¿pero qué otra cosa dice en el fondo cuando denuncia la imagen “religiosa” de Dios, el deus ex machina, y habla del “Dios impotente” o del “Dios que nos abandona” a nuestra propia autonomía y a nuestros propios recursos?

¿Qué puede significar que “Dios es impotente y débil”, o que “Dios sufre”? Algunos Santos Padres (como Orígenes, s. III) ya se preguntaron sobre el sufrimiento de Dios y grandes teólogos como Hans Urs von Balthasar y Moltmann han escrito sobre ello de manera profunda. Pero ¿qué significa que “solo un Dios que sufre puede ayudarnos” o que podemos “descansar en las manos de Dios” cuando Dios nos abandona a nuestra suerte? ¿Qué significa que “debemos vivir como si Dios no existiera”? ¿Qué significa su consigna más paradójica y sorprendente, a la vez que seguramente la más bella y sugerente: “Vivir ante Dios sin Dios”? Todo ello apunta a la superación del teísmo, del “Dios” omnipotente que habla y obra, hace y deshace en el mundo como quiere. ¿Cómo entender todas esas expresiones? No basta con decir, aunque lo diga sin cesar la Biblia, que Dios pone a prueba a sus fieles permitiendo que sufran o haciéndolos sufrir o haciéndoles experimentar el abandono y el silencio absoluto de Dios. Tampoco bastan todas las disquisiciones más sutiles (y estériles) para compaginar la libertad humana con la omnipotencia de un Dios, pues tales disquisiciones no resisten a esta simple pregunta: ¿Por qué no nos hizo libres e impecables como, según el dogma, hizo a Jesús e incluso a su madre María, nacida sin pecado original?

Es mucho más sencillo reconocer que ya no podemos creer en un “Dios” Ente Supremo omnipotente y extrínseco. Tampoco Bonhoeffer podía creer en ese “Dios”. Sin embargo, descansaba en las manos de Dios: en lo más hondo de sí y del mundo tan turbulento que le había llevado a aquella cárcel, y en la luz vacilante de los ojos de sus compañeros de prisión percibía una Presencia segura, el deseo, la aspiración y la inspiración que todo lo mueve, el poder de la bondad más fuerte que la muerte. No hay “Dios”, pero podemos vivir en Dios, es decir, podemos vivir en paz y perderlo todo o darlo todo en paz a pesar de todo, y subir los escalones del patíbulo, como Bonhoeffer los subió, desnudo, libre y en paz. El secreto es saber mirar, percibir, sentir, compadecer, fraternizar, vivir más a fondo.

Pero queda la pregunta: ¿llegó Bonhoeffer lo bastante lejos en su reflexión sobre Dios más allá del teísmo tradicional? ¿Encontró el lenguaje adecuado, más allá de sus atrevidas y sugerentes expresiones paradójicas? Sinceramente, creo que no, y de ningún modo se lo podemos reprochar. ¿Habría llevado más lejos su reflexión con un lenguaje más claro y coherente, de no haber sido colgado en la horca a los 39 años? Sin duda lo hubiera hecho, aunque ni él habría logrado ni nosotros ni nadie logrará nunca decir el Misterio Indecible con palabras inequívocas. Pero lo fundamental es vivir a fondo, y Bonhoeffer vivió a fondo, y así experimentó a Dios, ayudó a Dios –la bondad creadora, fuente de la realidad– a manifestarse, a crear, a crearse. Y así se halló a sí mismo, halló descanso.

(Continuará)

Rose-Marie Barandiaran – José Arregi

(Publicado en GOLIAS Magazine 211, julio-agosto 2023, pp. 22-26)