Luis Pernia. Abajarse

Prólogo

Amigo, amiga lectora: por circunstancias insondables, ha caído este libro en tus manos. No lo dejes de lado. Es una historia que sabe a Jesús de Nazaret, a Francisco de Asís. Que sabe a Dios o a la Vida, hecha de tierra y de hermandad.

Si amas la vida, si vibra la compasión en tus entrañas, si las certezas te aburren, si deseas mantener viva la llamita de la esperanza de Jesús, subversiva y no-violenta, este libro, de sencillez luminosa, te hará bien. Te alegrará el corazón, te animará a seguir.

Es la historia, tan bella por ser tan real, de una fraternidad franciscana a lo largo de 12 años decisivos. Un relato ágil y ameno, transparente y natural, de unas vidas enlazadas, de hombres y mujeres del pueblo, de su risa y su pena diaria, de su lucha común de cada día por la vida y la justicia. ¿Hay algo más bello? Gracias, Luis, franciscano, sacerdote, cartelista, celador, enfermero, jubilado, escritor, profeta, hermano. Gracias por haber transmutado la condición clerical en relación de igualdad y los votos religiosos en cuidado vital. Gracias por habernos ofrecido este relato, seguido de un esbozo de otra teología, la que hoy necesitamos, sobre Dios, Jesús, la Iglesia, la vida religiosa… Narración y teología. Teología narrativa.

Primavera de 1975. Bella y maltratada Andalucía, verde y blanca. Málaga, barrio del Tiro Pichón, Calle Cisne 19, sin asfalto ni luz eléctrica. Allí se instalan –si a eso podemos llamar instalarse– cuatro jóvenes hermanos franciscanos, que luego serán cinco, deseosos de revivir aquella primavera de Francisco y sus primeros compañeros junto a la ermita de la Porciúncula, a las afueras de Asís, allá por 1209, cuando el mundo feudal y la Iglesia imperial tocaban a su fin, cuando alboreaba un tiempo nuevo –lleno de contradicciones, ciertamente– para la Europa cristiana y, por extensión, para el mundo.

Se llaman Cholo, Vicente, José Ramón y Luis (autor del libro), a los que más tarde se unirá Pepe. Como Francisco de Asís y sus hermanos, querían “abajarse” de los conventos y de las parroquias, del “estado de perfección” y de los poderes clericales. Eran tiempos duros. Eran también tiempos hermosos de génesis. De 1975 a 1986: doce años que son parábola de todo un cambio de época en España (la transición), en la Iglesia (doble transición: la primera conciliar seguida del invierno posconciliar), en el mundo (auge del capitalismo neoliberal financiero, cuyas secuelas planetarias estamos padeciendo y a cuya crisis definitiva ojalá estemos asistiendo).

Sus nombres son inseparables de otros nombres de sacerdotes como Carlos, Diamantino, José María… O de laicos como Rogelio, Paco, la María, Antonieta, Antonio, Paco y Amelia… Pero este lenguaje – sacerdotes, religiosos, laicos – ya no tenía sentido para ellos. Había que abajarse de él.

Les inspiraba y enamoraba Jesús, con su buena noticia subversiva y sanadora. Les seducía Francisco, el Poverello de Asís, hermano menor de los últimos. Les empujaba el Concilio Vaticano II. Reinventaban la vida religiosa “a ras de suelo”, a ras de los pobres en todos los sentidos. Estrenaban una Iglesia sin clérigos ni laicos, sin “religiosos y seculares, una Iglesia pobre y para los pobres, más aun, una Iglesia de los pobres.

Se arriesgaron. No se abajaron como profetas y héroes, sino como hermanos menores. Se hicieron prójimos –hasta las últimas consecuencias– de los obreros, campesinos, jornaleros, parados, enfermos mentales. Codo a codo con ellos en manifestaciones, huelgas de hambre, protestas y pintadas. Compartiendo la vida en la fábrica y el campo, en la chabola y en la mesa, en la familia y en la iglesia, iglesia de la buena. Fue una experiencia de libertad, de fraternidad y de gusto de vivir. Naturalmente, fueron incomprendidos por sus propios hermanos: tachados de “curas comunistas” y acusados de “temporalismo”, como si la causa del mundo y de Dios fueran dos. Pero mereció la pena.

Han pasado 30 años. La fraternidad franciscana de la Calle Cisne, como tantas comunidades cristianas populares, se “disolvieron”, pero como lo hace la sal en los alimentos, la levadura en la masa. Nada se perdió. Se reencarnó. El espíritu se hizo cuerpo, la palabra se hizo carne. La historia que tienes en tus manos, su generosidad y su aliento, no ha perdido nada de su actualidad, después de que la forma adoptada en la Calle Cisne llegara a su fin. Las formas cambian para que la Vida perdure. Aquellos hermanos tuvieron la libertad de promover ellos mismos la transformación de su proyecto, fieles al Espíritu que recrea sin cesar.

De entonces a hoy, los cambios socio-políticos y socio-religiosos han sido rápidos y profundos. Las amenazas planetarias son mayores que nunca. El desarrollismo descontrolado, la loca carrera por la máxima explotación, producción y ganancia está destruyendo la Comunidad de los vivientes que es la Tierra. El Espíritu del Génesis, que fue también el espíritu de Jesús, el espíritu de Francisco y el espíritu de la fraternidad de la Calle Cisne, es más necesario que nunca. Incluso más presente que nunca en nuestro mundo amenazado.

El Espíritu sigue aleteando sobre las aguas de la creación en marcha, fecundando el mundo. Se manifiesta en formas que trascienden los esquemas religiosos milenarios a los que estábamos habituados: el viejo dualismo de materia-espíritu o profano-sagrado, la antigua figura de un Dios Ente separado del mundo, la arcaica imagen de un cosmos antropocéntrico, el tradicional modelo de una Iglesia jerárquica con sus dogmas y sus “sacramentos de salvación” controlados por un clero. Son fósiles de la vida que fue. Pero el Espíritu sigue latiendo en el corazón de la vida y de todos los seres. Donde hay paz, gratitud, respeto, donde hay comunión fraterno-sororal de todas las criaturas, en formas religiosas o laicas, allí está el Espíritu.

Y esta historia que tienes en tus manos es un testigo viviente del Espíritu en génesis permanente.

Luis Pernia, Abajarse, Ed. Círculo Rojo, 2014



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