Monjas del pasado en Bergara

“Busca la paz y corre tras ella”, reza el salmo bíblico. ¿Qué otra cosa busca y desea la vida en nosotros, sino la paz? Pero muy a menudo corremos en dirección errada. Y no es por maldad, ni por una decisión libre y cabal. Sucede más bien que aún no somos libres, que somos radicalmente incapaces todavía de secundar nuestro mejor deseo, de seguir el impulso de nuestro ser más profundo, que la confusión envuelve la luz de nuestro espíritu, apenas todavía emergente. Pero no desistamos. Si caes, que caerás, levántate y camina. Y di cada día, con otro bello salmo: “Alma mía, recobra tu calma”. Busca la paz y corre tras ella.

Estas cosas pensaba al mirar la imagen de unas chicas muy jóvenes corriendo juntas, haciendo footing por las calles de Bergara, con sus cerrados velos blancos y sus largos hábitos grises hasta los tobillos. ¿A dónde corrían? Cuando me lo dijeron por primera vez, no lo pude creer. Pero era verdad, y la incredulidad dio paso al asombro, el asombro a la desazón, la desazón a la pena. Y a muchas preguntas que quedan en el aire.

En noviembre del año pasado 2012, 19 chicas jóvenes de diversas nacionalidades, con una media de edad de 25 años, llegaron al antiguo monasterio de las Hermanas Clarisas de Bergara. Pertenecían a una Congregación, todavía en ciernes, llamada de las “Hermanas de San Juan y Santo Domingo”, y venían invitadas y patrocinadas por el obispo de la diócesis, José Ignacio Munilla. Han vivido mendigando, ante la mirada atónita del pueblo. Y hablo en pasado, pues la Congregación fue fulminantemente disuelta por el Vaticano a mediados de enero, apenas dos meses después de su llegada, por asuntos internos graves. Es una triste historia aún sin cerrar.

No fue triste que pocos meses antes las Hermanas Clarisas, ya muy pocas y muy mayores, dejaran su monasterio para integrarse en otras comunidades. Vivieron pobremente de su trabajo, quisieron al pueblo y el pueblo las quiso. Clara de Asís, amiga y “plantita” de San Francisco, las fundó en el siglo XIII y quisieron vivir como peregrinas en el mundo anunciando la paz al igual que Jesús, pero el Derecho Canónico de la época las encerró entre muros. Era otro tiempo, otro mundo, otra teología.

No es triste el que la Orden de las Hermanas Pobres de Santa Clara se extinga, sino el que muchos estén empeñados en seguir imitando las formas de hace 800 años con hábitos más largos y velos más cerrados. No es triste el que un monasterio quede vacío y se conviertan en espacio aconfesional para cuidar la vida y la paz, sino el que a toda costa se quiera llenarlo con monjas y formas religiosas del pasado. Lo triste es que estas jóvenes se hayan dejado seducir por teologías integristas que asfixian la vida. Lo triste es el desarraigo familiar y cultural al que se les orientó, el desamparo y la incertidumbre en el que quedan ahora. Lo triste es que la institución eclesiástica no esté ofreciendo hoy a Bergara, villa símbolo de la modernidad vasca, ni a la diócesis de Gipuzkoa ni a la sociedad occidental en general estímulos y formas para una nueva espiritualidad, como si solo existieran dos opciones: o religión del Medioevo o muerte de la espiritualidad. El obispo Munilla debe una explicación. E insisto: la cuestión principal no es por qué se van estas monjas ahora disueltas, sino por qué vinieron.

Pero el espíritu y la vida siguen. Brota una nueva espiritualidad sin muros. Conozco una familia en que todas las noches, hacia las diez menos cuarto, la madre con sus hijos de corta edad dejan sus tareas, apagan sus aparatos, se sientan en círculo sobre la alfombra del salón y hacen cinco o diez minutos de silencio y de paz. El sencillo salón del hogar se convierte en un pequeño monasterio lleno de calma y quietud. Luego se abrazan muy juntos, hablan y juegan un poco, y se van a la cama en paz, aunque la paz no siempre sea plena. Pero mañana volverá a amanecer, y anochecerá en paz. Seguirá la vida santa y sagrada sin cánones ni votos, en el claustro abierto del mundo.

(Publicado el 3 de marzo de 2013)



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