Algo sobre mí


Nací en Azpeitia (1952), en un pobre caserío guipuzcoano sin luz eléctrica ni agua corriente ni carretera vecinal, rodeado de montañas y asomado al mar a lo lejos, hoy enteramente reconstruido y transformado.


Me crié en ese mundo tan remoto ya, aunque tan reciente todavía. Siempre me sentí uno con la tierra, las piedras, los árboles y los pájaros, sobre todo los pájaros, y en todo sentía la huella del Misterio. En eso no he cambiado.


A los 10 años, mi alma de niño y mis sueños de mayor me llevaron al Seminario franciscano de Arantzazu. A los 15 años ingresé en el Noviciado de Zarautz. A los 16 años, sin saber mucho lo que hacía (pero quién sabe…), hice los votos de pobreza, obediencia y celibato. Era otro mundo.


A los 18 años, cuando estudiaba filosofía, empecé a tener muchas dudas de fe, y no me liberé de la angustia de tenerlas hasta que supe que no puede haber fe sin dudas. Mucho más tarde aprendí que las dudas no afectan a la fe, sino a las creencias, salvo si la duda se convierte en desaliento.


En París me doctoré en teología, y a su docencia me dediqué en cuerpo y alma hasta que, en el año de gracia del 2010, me fue retirada la licencia, por no enseñar doctrina recta. Y tuve que abandonar el aula teológica, la Orden franciscana y el sacerdocio clerical. Y por todo ello bendigo a la Vida, a la Ruah o el Aliento que la anima, a la Luz que la enciende.
Luego se me reveló o se me regaló la Vida en los ojos de Itziar, en su luz y en su arcilla, que son también las mías. Y queremos caminar juntos, compartiendo sombras y umbrales de luz.


Si me preguntas si creo o no en Dios, te responderé que según lo que entendamos por creer y Dios. Si creer significa tener por cierta una afirmación, no creo en la existencia de un “Dios” Ente Supremo –Algo frente a algo, Alguien frente a alguien–, ni en ningún dogma en su significado literal.

 

Pero si creer significa, como su etimología sugiere, “entregar el corazón”, y si llamamos Dios al Fondo infinito de cuanto existe, la Fuente eterna e inagotable de la realidad, la Presencia buena y creadora que sustenta y mueve a todos los seres, en ese caso el corazón y la razón me dicen: “Cree en Dios”.

 

Quiero creer en Dios, hacerme uno con mi Ser profundo, Corazón indiviso de todo, Llama y Compasión universal, de la que todos los seres somos como chispas, y que yo miro y amo sobre todo en Jesús de Nazaret, bienaventuranza hecha carne.

 

Creer es crear o engendrar a Dios en este mundo doliente, y recrear el mundo encendiendo una chispita de luz en el fondo de sus sombras. Eso quiero humildemente también yo, como tú.

2020 Salamone 8
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