Una emoción profunda y dos cuestiones decisivas.Sobre la Vigilia de oración del papa en Barcelona

Ayer, como todos los días después de cenar, encendimos la tele para escuchar el noticiario mientras lavábamos los platos y recogíamos la cocina. En ese momento, una chica muy joven narraba su noche oscura de depresión que le llevó a un intento de suicidio. Conmovidos, en silencio, lo dejamos todo y nos sentamos para mirarla y escucharla. Era durante la Vigilia de oración con el papa León en el Estadio Olímpico Lluis Companys de Barcelona, dentro de su visita a España. Luego otra joven contó que, en su infancia, su padre, un hombre violento, intentó matar a su madre, que se salvó porque un chico se interpuso, y este murió. Su padre entró en prisión, su madre se refugió en el mundo de las drogas, y ella fue internada en un centro de menores. Una y otra expresaron ante el papa preguntas desnudas, rotundas, lacerantes. “¿Dónde estabas cuando era niña?, preguntaban a Dios. “¿Cómo puedo perdonar a mi padre? ¿Cómo puedo reconciliarme con Dios?”, preguntaban al papa, también él conmovido.

Nunca me había sucedido llorar ante un papa, hasta ayer. Y me llevaron a ello no solamente los relatos de las dos jóvenes, sino también las palabras que León XIV dirigió a cada una, en español y catalán. Les expresó muy cordialmente su gratitud por haber contado historias tan íntimas y tan dolorosas, y su alegría de que hayan podido levantarse y rehacer su vida. Y vino a decirles que sí, que siempre, incluso para las personas más heridas y abandonadas, puede abrirse una nueva oportunidad, la posibilidad de ponerse en pie y de recuperar la dignidad y el deseo de vivir; que es posible perdonar, que el perdón es una medicina sanadora, pero que es un proceso largo y nunca tiene por qué ser perfecto; que toda persona, aun en la noche más profunda, puede aprender a activar su energía regeneradora, pero que ello no depende solo de cada uno, que toda la sociedad y todas sus instituciones son responsables; que, hoy más que nunca, a todos se nos pide revisar a fondo nuestro sistema social, liberarnos personal y socialmente de la idolatría del beneficio y del rendimiento, del afán de producir y de ganar, y preguntarnos a dónde se encamina nuestra humanidad por ese camino.

El tono, la expresión corporal, el contenido de las respuestas, la naturalidad llena de sencillez y energía, la exquisita sensibilidad exenta de toda afectación, la empatía profunda sin paternalismo, el realismo libre de toda sublimación idealizadora… daban fuerza y autenticidad extraordinaria a cada una de sus afirmaciones. También las palabras del papa fueron conmovedoras, como la vía dolorosa de las dos jóvenes catalanas.

¡Gracias, hermano León! Pero permítame que, con la misma sinceridad, me refiera también a dos elementos que, a mis ojos y a ojos de muchísima gente –tal vez la gran mayoría de los espectadores de la Vigilia de oración–, fueron factores de distorsión. En primer lugar, la presencia exclusiva y abrumadora de varones en sotana y púrpura en el centro del escenario, una presencia que desentonaba y chocaba de lleno con la presencia de las dos jóvenes y su conmovedor testimonio, y contrastaba clamorosamente con la total ausencia de mujeres en el escenario central.

En segundo lugar, la frase de Jesús a Nicodemo, repetida: “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él” (Jn 3,18). ¿Pero no se han vuelto estas palabras, así a la letra, sin otro contexto ni explicación, totalmente incomprensibles, carentes de sentido y de poder consolador para la inmensa mayoría de quienes las oyeron ayer? ¿No es responsabilidad de la Iglesia anunciar el misterio absoluto del mundo en términos inteligibles a innumerables personas que necesitan adorar y confiar, pero no pueden creer en un Señor supremo que, en un determinado momento del devenir cósmico, habría enviado a su hijo al mundo para salvarlo con su muerte?

Sí, hermano León, entre otras cosas quizá más urgentes, esta humanidad herida también necesita otro modelo de Iglesia como comunidad de hermanas y hermanos, curada y liberada de su clericalismo deshumanizador, patógeno. Esta humanidad, hoy tan desorientada y amenazada, necesita también de nuevas palabras y metáforas abiertas para decir Dios, como aliento, fuente, posibilidad infinita, comunión cósmica…; aliento que anima al ser humano y al universo, fuente sanadora que brota del corazón de cuanto es, infinita posibilidad de confianza y de curación, comunión universal creadora y liberadora que, siempre y a pesar de todo, podemos adorar, invocar y encarnar.

Aizarna, 10 de junio de 2026

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