Baruch Spinoza: una sabiduría de vida para nuestro tiempo
Rose-Marie Barandiaran – José Arregi
Baruch Spinoza nació en Ámsterdam en 1632, en una familia de comerciantes judíos portugueses que habían huido de la Inquisición.
Baruch (Bendito) estudió teología, pero también comercio. Después asistió a la escuela de Van den Enden, a quien podemos calificar de librepensador adelantado a su tiempo.
Excomulgado por su comunidad judía en 1656, Spinoza se trasladó a Leiden, continuó sus estudios de teología y se hizo también artesano, aprendiendo a tallar y pulir lentes ópticas.
En 1663 enseñó a un discípulo los principios filosóficos de Descartes y comenzó después a redactar la Ética. Se instaló en las afueras de La Haya.
Escribió en latín su Tratado teológico-político, pero no logró evitar la furia de las autoridades ni las críticas de Leibniz. ¡Las injurias llovieron sobre él!
La intolerancia en los Países Bajos se intensificó con Guillermo de Orange. Spinoza abandonó entonces la redacción de la Ética para dedicarse al Tratado político. Los pensadores de la época comenzaron a interesarse por su pensamiento; él los recibía, incluido Leibniz.
Murió a los 45 años de una enfermedad pulmonar. Su amigo Meyer publicó sus obras, lo que volvió a desencadenar un enorme escándalo
Rose-Marie Barandiaran: Mientras que en la segunda mitad del siglo XX se citaba poco a Spinoza, hoy encontramos cada vez más citas suyas. José, ¿qué piensas tú? ¿En qué sentido puede interesarnos hoy el pensamiento de quien ha sido apodado “el filósofo de la alegría”?
José Arregi: En Baruch Spinoza encontramos numerosos pasajes que expresan los anhelos más profundos de nuestra época, tan compleja, incierta y atormentada. Diría que la clave fundamental que lo hace especialmente «contemporáneo» es su profunda libertad de espíritu. Es un ejemplo admirable de hombre libre. Pensó y vivió libremente, frente a toda convención, creencia o superstición. Criticó todos los sistemas de opresión cultural, social y política. Fue particularmente libre frente al sistema religioso absoluto, dogmático y opresor. Asumió con una grandeza de alma asombrosa toda clase de condenas y prohibiciones, el precio inevitable de su libertad. Nunca agredió ni condenó a nadie; al contrario, comprendió incluso a quienes lo excomulgaron y lo odiaron. ¡Una libertad admirable! Spinoza es, sin duda, el mayor precursor de la modernidad en su mejor sentido: quien expresó mejor y encarnó antes de tiempo las aspiraciones más elevadas de la modernidad. Ciertamente, para ser profundamente libre tuvo que superar radicalmente, tanto en el plano vital como en el teológico, la imagen alienante de un “Dios” soberano supremo y omnipotente que dirige arbitrariamente el destino del mundo y de cada ser humano: ese dios-ídolo erigido y utilizado por los monoteísmos históricos para legitimar el totalitarismo religioso y político. Evidentemente, la libertad de Spinoza nada tiene que ver con el individualismo, el capricho o el desorden. Su libertad se tradujo precisamente en una vida y una filosofía moral integrales, basadas en una visión de la realidad en su conjunto —a la que él llamará “Dios o la naturaleza”— como una red universal de causalidades o, mejor dicho, de relaciones. Esta libertad lo condujo a la “verdadera alegría”, como diría Francisco de Asís, el hermano Poverello (véase la nota * al final).
Rose-Marie Barandiaran: Pero, precisamente, ¿crees que Spinoza puede ser hoy realmente un maestro de vida, capaz de enseñarnos un camino practicable hacia la alegría? ¿En qué sentido puede llamársele “el filósofo de la alegría”?
José Arregi: Es evidente que Spinoza quiso vivir habitado por la alegría, como todos los seres humanos. Para él, como para cualquiera, la alegría de vivir nacía del bienestar experimentado dentro de la red infinita de relaciones que nos constituye. Como todos los seres, experimentó hasta qué punto es precaria la conjunción de esos innumerables factores de bienestar. Por eso, como pocos de sus semejantes, desarrolló la sabiduría del buen vivir, de la verdadera alegría, a pesar de la precariedad, las privaciones, las desgracias, las condenas, los exilios y la soledad. Supo comprenderlo todo, asumirlo todo, mantenerse libre a pesar de todo y mirar a los demás con tolerancia y bondad. Podríamos decir que, de este modo, fue feliz a pesar de todo y conoció esa alegría que perdura, fruto y fuente de nuestras mejores potencialidades.
Rose-Marie Barandiaran: ¿Qué camino fundamental recorrió Spinoza para alcanzar una vida buena? ¿Y cómo definiría él la razón?
José Arregi: La razón fue el camino fundamental que Baruch Spinoza recorrió intensamente para alcanzar la sabiduría de la “vida buena”. Quiero decir que, aunque fue uno de los grandes pioneros de la racionalidad moderna, libre y crítica, su razón no es “racionalista”, sino integral y profunda: es la razón de la experiencia vital en toda su complejidad y profundidad; una razón inseparablemente intelectual y emocional, corporal, mental y espiritual, individual y política. Su razón no es en absoluto egoísta ni arrogante. Es la razón de los grandes maestros estoicos: inteligencia y conciencia inseparables, luz mental y espiritual al mismo tiempo, que lleva a armonizar el pensamiento, la conducta y la vida en general con el Logos, con el alma y la armonía que rigen el universo. El universo es un cuerpo formado por todos los cuerpos y todas las formas; un universo en el que todo está relacionado con todo y que busca su armonía. En este sentido fundamental, la razón de Spinoza es profundamente mística. El Logos cósmico se transforma en una luz que se enciende en lo más hondo de la razón y conduce la vida a su plena realización: a experimentar la plenitud a pesar de todas las privaciones y a vivir la libertad en medio de todas las estrecheces y las incomprensiones.
Rose-Marie Barandiaran: ¿Qué significa la máxima de Spinoza: Non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere (“No burlarse, no lamentarse, no detestar, sino comprender”)?
José Arregi: Spinoza expresó esta sabiduría vital de la razón integral y profunda en esa magnífica consigna que preside toda su enseñanza ética y espiritual, filosófica y práctica, teológica y política: comprender solamente. Comprenderlo todo. Esto no significa justificar ni permanecer inmóvil, sino comprender por qué cada persona es como es y hace lo que hace. Tampoco significa dejar a cada cual donde está, con su manera de ser y de comportarse, con sus errores profundos y con el enorme daño que se hace a sí mismo y causa a los demás. Se trata, más bien, de comprender racionalmente por qué las personas piensan como piensan, sienten como sienten y hacen lo que hacen. Y esto incluye también a quienes lo condenaron, lo marginaron y lo exiliaron. Así fue como Spinoza llegó a ser profundamente libre.
Rose-Marie Barandiaran: ¿Spinoza, profundamente libre? Pero ¿de qué libertad estamos hablando?
José Arregi: Spinoza no creía en la libertad entendida como “libre albedrío”: nadie actúa como resultado de un acuerdo, una decisión o una elección enteramente o parcialmente independiente e incondicionada. Spinoza era determinista, hasta un punto que puede parecer exagerado, pero que él consideraba plenamente razonable. Todo lo que sucede sucede por alguna razón, incluidas nuestras propias decisiones. Toda persona está completamente condicionada en todas sus acciones y decisiones, incluso cuando cree pensar, decidir y actuar al margen de todo condicionamiento, total o parcialmente, gracias a eso que se ha llamado “libre albedrío”. La libertad que se atribuye al libre albedrío, esa libertad de elegir de manera incondicionada, no existe.
Rose-Marie Barandiaran: ¿Cómo consigue Spinoza vivir bien negando el libre albedrío?
José Arregi: Spinoza no se siente inclinado al fatalismo ni a un determinismo ciego. La vida consiste en una sucesión de decisiones y elecciones. Y la vida «buena» consiste en decidir y elegir bien, no de acuerdo con un código divino revelado por Dios ni con normas impuestas por la religión, sino de acuerdo con la racionalidad integral, con la inteligencia mental y espiritual a la vez. Spinoza procuró dejarse guiar por la luz de su inteligencia y de su conciencia. Si contemplamos su vida desde el final, podemos decir que todas sus decisiones estuvieron determinadas por una infinidad de causas. Pero, si nos situamos al comienzo de su vida, también podríamos decir que pudo decidir “libremente”, siendo todo lo fiel que le era posible a su razón mental y espiritual, a su inteligencia y a su conciencia profunda.
Rose-Marie Barandiaran: ¿No resulta difícil para el común de los mortales adoptar la actitud de Spinoza ante las dificultades de la vida?
José Arregi: Cada uno de nosotros podría decir lo siguiente: si miramos al pasado, vemos que todo lo que decidimos estuvo determinado por infinitas circunstancias; pero, si miramos al futuro, deberíamos decir que todo es absolutamente posible e indeterminado. Todo el futuro depende de infinitas circunstancias, entre las cuales se encuentran también mi acción personal y mi decisión en este momento, unidas a todas las demás acciones personales y políticas y a todas las circunstancias físicas del cosmos entero. ¡De ahí la importancia de aprender a tomar las mejores decisiones! Baruch Spinoza nos diría: “Actúa como si todo lo que sucede en el universo dependiera de ti. Acepta todo lo que te ocurra, incluido todo el mal que te hagan sufrir los rabinos, los jueces y las autoridades, y todo el daño que te causen los seres humanos. No condenes a nadie como culpable; trata de comprender y haz cuanto puedas para transformar su mal en bien y tus sufrimientos en un camino de liberación y plenitud”.
Rose-Marie Barandiaran: Vamos a intentar adentrarnos en la visión teológica de Spinoza y ver cómo puede responder a las preguntas espirituales de nuestro tiempo.
José Arregi: Es necesario recordar, aunque sea brevemente, lo que caracteriza la filosofía de Aristóteles, que está en la base de la teología de santo Tomás de Aquino y de todos los que lo siguieron. Se trata de una teología que sigue vigente hoy: el mundo finito está formado por individuos, mientras que Dios es la sustancia infinita, exterior y superior al mundo. Esta teología, denominada escolástica, separa la materia y el espíritu. Dios y el mundo son dos realidades distintas. La teología de Spinoza es muy diferente. Él no concibe a Dios como un ser espiritual singular y superior. Para él, Dios no es alguien, una persona distinta e independiente, exterior al universo de todos los seres y causa de la existencia de cada uno de ellos.
Rose-Marie Barandiaran: ¿Quieres decir, José, que Dios no está fuera del mundo y de los seres, sino que habita en el corazón más íntimo de todo y de todos?
José Arregi: En cierto modo, sí. A decir verdad, la teología cristiana tradicional también ha afirmado siempre que Dios es, al mismo tiempo, trascendente e inmanente, aunque lo ha concebido, en cualquier caso, como un sujeto absoluto, distinto de todos los demás sujetos. Spinoza no pensaba en un Dios que fuera un sujeto trascendente, sino en un Dios presente en todo, inmanente, pero no como “sujeto” o como alguien presente en el interior. Para referirse al infinito, utilizó esta célebre expresión: Deus sive natura (“Dios o la naturaleza”, el universo). Pero aquí comienza también el malentendido acerca de Spinoza: se le acusa de panteísmo, es decir, de identificar a Dios con el mundo.
Rose-Marie Barandiaran: Cuando hablas de panteísmo, me imagino a un fauno peludo, con pequeños cuernos, erguido como un ser humano y saltando de árbol en árbol mientras toca la flauta, ¡precisamente la flauta de Pan! Y eso me hace sonreír. José, ¿cómo podrías explicarnos con mayor claridad el pensamiento de Spinoza?
José Arregi: Spinoza no considera a Dios como la suma de todas las partes del mundo. Para él, Dios es más bien Natura naturans: la naturaleza en cuanto hace nacer, en cuanto engendra. Esto equivale a decir que concibe a Dios como la creatividad del universo. Dios es el dinamismo o el aliento creador que hace vivir y moverse a todo cuanto existe. Pero la creatividad no es una sustancia distinta del mundo ni exterior a él. Dios y el mundo no son dos realidades separadas, pero tampoco son simplemente uno. Hay que pensar más allá de la dualidad y de la unidad.
Rose-Marie Barandiaran: ¿Podrías darnos un ejemplo?
José Arregi: El amor, por ejemplo, no tiene una sustancia propia: solo subsiste o se hace real a través de los seres que se atraen, se unen o se “aman”. Lo mismo sucede con la belleza, el sentido de las palabras, etc. Por eso, invirtiendo la fórmula escolástica antes mencionada, podríamos decir: “Dios no subsiste en sí mismo, sino en lo otro”. Pero no en el sentido de “otro” como algo opuesto a uno mismo, sino en el sentido de “todos los seres”, que siempre son “otro” frente a alguna otra cosa, algo o alguien frente a algo o alguien distinto. En consecuencia, ¡Dios y cualquier ser, o el mundo entendido como el conjunto de todos los seres, no son dos realidades distintas! Dios es el aliento vital, el alma, el espíritu, la conciencia o el fondo del ser. Dios no tiene otro, porque es el ser de todo.
Rose-Marie Barandiaran: Al traducir tus escritos, he encontrado a menudo una sensibilidad hacia las tradiciones asiáticas. ¿Podrías hablarnos un poco más de ello? ¿Cómo definirías brevemente los conceptos de Brahman, Dao y Arché?
José Arregi: En mi tesis doctoral, presentada en 1990 en el Instituto Católico de París, trabajé sobre el diálogo interreligioso. En 1987 había iniciado mi docencia teológica impartiendo las asignaturas de Cristología e Historia de las religiones. Fue la ocasión de interesarme más de cerca por las tradiciones orientales, tratando de superar las caricaturas teológicas que predominaban entre nosotros entonces y que todavía persisten hoy. También me permitió afrontar a fondo los desafíos que la filosofía asiática plantea a nuestra imagen tradicional y dualista de Dios. Brahman es, en la tradición hindú, el ser o la realidad última y eterna del universo, idéntica al Atman, el ser o la realidad última de cada ser individual. Equivale, en lo fundamental, al Shunyata (“Vacío”, “no-forma”) y al Nirvana (“extinción”, fin de la forma individual) de la tradición budista, así como al Dao de la tradición china. Incluso puede relacionarse con la Arché –fondo, principio o fundamento de todos los seres– de la filosofía mística de los pensadores presocráticos griegos, anteriores a Platón y Aristóteles y a su dualismo.
Rose-Marie Barandiaran: Quisiera retomar algunas expresiones que utilizas a menudo: “Dios como el ser que hace ser, como el aliento que hace vivir, como el eros que atrae, como el deseo y la confianza…” ¿Cómo nos permite esto concebir de otra manera la creación, de modo que Dios se vuelva “transparente”, según la expresión que empleas?
José Arregi: Dios se encarna y se manifiesta en todos los seres. El universo entero es eternamente diafanía (Teilhard de Chardin), transparencia de Dios. Nuestra vocación consiste en hacer que los seres establezcan relaciones justas y pacíficas, que creen comunión. De ese modo, dan forma a la creatividad, encarnan a Dios.
Rose-Marie Barandiaran: Esto resulta difícil de comprender porque nos han formado mediante un catecismo basado, sobre todo, en mitos de Oriente Medio. Pero me parece que la expresión “Dios, el Todo de todo” que he encontrado en tus escritos y que me resulta muy adecuada, tiene la ventaja de ser sencilla y de remitirnos a la idea de emergencia, que nos podrías explicar ahora.
José Arregi: El término emergencia me parece fundamental para vislumbrar la relación entre el misterio que llamamos “Dios” y la interrelación o comunión creadora de todos los seres que llamamos “mundo”. De las partículas emerge el átomo; de la unión de los átomos emergen las moléculas; de las moléculas emergen las células; de las células, los órganos; y de los órganos, el organismo. Todos los organismos relacionados entre sí constituyen el universo, que es como un organismo infinito y eterno. De él emerge esa misteriosa “totalidad que es más que la suma de las partes y cuyas propiedades no existían en las partes”: el Todo que está presente en cada ser y en la suma orgánica de todos los seres.
Rose-Marie Barandiaran: ¿Quieres decir que de lo “inferior” emerge lo “superior”?
José Arregi: Podría decirse así. Lo que llamamos “yo”, “espíritu” o “conciencia” es la totalidad que emerge del organismo que cada uno de nosotros somos. Y Dios sería, por tanto, esa totalidad misteriosa, esa presencia palpitante que emerge eternamente del universo.
Rose-Marie Barandiaran: ¡Ahora sí que comprendo la importancia que concedes al término emergencia!
José Arregi: El Todo, o Dios, no es divisible. No somos partes de Dios; eso constituiría el panteísmo burdo que ha sido condenado y que ni Spinoza ni ninguno de los grandes pensadores acusados de panteísmo sostuvo jamás. Dios no es la simple suma de las partes del universo, del mismo modo que un ser vivo no es la mera suma de las partes que lo constituyen. Dios es infinitamente más que la simple suma de las partes que componen el universo, pero solo existe como el Todo que emerge del universo eterno.
Rose-Marie Barandiaran: Entiendo que no ha habido un comienzo: el universo, como Dios, es eterno, aunque se transforme continuamente. Esta visión me parece acorde con el pensamiento científico.
José Arregi: Todos los seres, en sus infinitas relaciones mutuas, son la forma multiforme de Dios. Engendrado por la creatividad divina, el mundo, a su vez, engendra a Dios. Entonces puede surgir una pregunta: Dios, el pleno despliegue de la potencialidad que anima el universo ¿queda relegado al futuro? No. Pero sí podemos decir que Dios es un advenimiento eterno. También podemos decir que ese advenimiento eterno no se deja encerrar en nuestras categorías espacio-temporales: aquí, allí, antes, ahora, después. La plenitud está más allá del tiempo y del espacio, y se hace presente en cada instante, en cada lugar y en cada forma pasajera.
Rose-Marie Barandiaran: Comprendo que la realidad no es “sustancia”, sino relación. ¡Hemos recorrido un largo camino desde la filosofía escolástica!
José Arregi: Para resumir, digamos que “Dios es en todo lo que existe”. Dios es la relación amorosa, pura y plena, de todo con todo: una relación dinámica y creadora, inmanente, no exterior a cuanto existe. El mundo es la forma de Dios, y Dios es el alma del mundo, la presencia eterna que anima el universo.
Rose-Marie Barandiaran: Hace ya mucho tiempo que no puedo creer en el Dios del catecismo. Lo que tú explicas, José, nos permite comprender la realidad tal como la contempla hoy la ciencia y, al mismo tiempo, dar a Dios el lugar que le corresponde. ¿Podemos decir que Spinoza estaba tan adelantado a su época que apenas podía ser comprendido, pero que hoy tendría un lugar en el diálogo con todas las personas que buscan a Dios más allá del teísmo? Te dejo la última palabra.
José Arregi: ¡Bendito –Baruch en hebreo– Spinoza, pionero del pensamiento y de la religión modernos! Por supuesto, utiliza conceptos escolásticos heredados –no podía hacer otra cosa–: materia y forma, acto y potencia, esencia y existencia, sustancia y accidente. Pero, en el fondo, aunque no pudiera explicitarlo, apuntaba a un misterio o una presencia originaria que está más allá del teísmo y del ateísmo. Y, sin embargo, las imágenes y las ideas de la mayoría de quienes afirman a “Dios” y de quienes lo niegan siguen estando demasiado ligadas a esas dos posiciones.
* Nota: Francisco de Asís regresa de un viaje y se presenta en el monasterio durante una noche helada. El portero se niega repetidamente a abrirle la puerta. Francisco, el Poverello (“pobrecillo”), decide esperar pacientemente a pesar de la incomodidad. Este es un ejemplo de la capacidad de alcanzar la “verdadera alegría”.
Aizarna-Toulouse
Noviembre de 2025
(Publicado en francés, en versión resumida, en Golias Magazine nº 229, julio-agosto de 2026)
www.josearregi.com
